miércoles, 10 de febrero de 2016

Como un cerezo

Como un cerezo

Santos Rejas Rodríguez

Me hallaba sumergido en un arpegio suave, contemplando la puesta de sol desde el altozano de Las Vistillas cuando, de soslayo, la vi aproximarse.
En la cercanía que ya permite apreciar la gestualidad, mostró una sonrisa tan tenue como el arpegio. Quizás el mismo trasportado a su cara. Es mi costumbre, actual, mirar tras de mí si una mujer se aproxima sonriente. Ella, al observarlo, acentuó el gesto a la par que llegaba a mi lado y, en burbujeo indescriptible, dijo: -¿Hay un sitio libre a tu mesa? Pregunta retórica porque, a excepción de la silla que yo ocupaba, las tres restantes estaban de convidadas de metacrilato.
Sin esperar respuesta ocupó el asiento que permitía contemplar el ocaso, añadiendo: -No soy –cómo se dice- ¿buscona?, no. Tampoco estoy mal de la cabeza…bueno lo normal de mal…y derritió su sonrisa en tenue y contagiosa risa.




La conversación, como río entre su orilla y la mía, fluyó sin meandros ni torrenteras: Japonesa, con el atractivo de lo ignoto, edad madura –creo-, afincada en Madrid por su profesión de música y con el brillo de los almendros en flor en los ojos…
Se había esmerado en preparar una cena tradicional de su tierra: Okonomiyaki, Ramen y Sushi, entendí, y la habían dado plantón…-Así que he salido a la calle con la intención de invitar a un desconocido que me resultara agradable…y aquí estoy.
-De plato de segunda mesa, podemos llamarlo, ¡no?
-Pero el postre es exclusivo. Para ti tocaré mi guitarra…

Guitarra, guitarra…¡Papá! ¡Que me voy a clase de guitarra! ¡Que me dijiste que te despertara! –Gracias, hijo…
¡Jóder, señor Freud, si levantara la cabeza! ¡Ni en sueños se puede ya realizar un deseo!
-Pero siempre te quedara un arpegio suave como la noche, sin notas discordantes ni sobresaltos al despertar…-Sí, eso sí.
Y me quedé dormido de nuevo como un cerezo en invierno.


sábado, 6 de febrero de 2016

Conjuntos binarios

Conjuntos binarios

Santos Rejas Rodríguez


Cuando escribo a vuela pluma, o sea, el a mano de toda la vida, me gusta hacerlo en bar, cafetería, o terraza de uno u otra. El ordenar lo escrito, informáticamente, lo dejo para casa.

Escribo tanto al sol como a la sombra, en lugares ruidosos y en los de silencio absoluto. Y, hablando de silencios, he hallado un común denominador en los barrios elegidos para la escritura sea Lavapiés, Latina, Serrano, Centro o Moncloa y con independencia, también, de que el lugar sea tasca o cafetería lujosa: parejas en silencio de sepulcro.




Cuando me desconcentro de la escritura, hago una pausa para pensar en lo ya pensado, retomar un hilo o simplemente dar una ojeada a mi alrededor, topa mi mirar con alguna pareja llena de silencios, ausentes del mirarse; de manos, y seguro que también de cuerpos, en líneas paralelas, de las que no se encontrarán en el infinito…ni en el más acá, que es lo más tremendo.

Pienso que, alguna vez, quizás, compartieron besos y abrazos. E impaciencias de espera. Algún suspiro suelto y hasta hondo. Y puede que un brillar de ojos empañados del uno hacia el otro…
¿En qué recodo del camino se perdieron? ¿Qué senda transitó el uno, inaccesible para el otro?

Hace años, bastantes ya, a los coches nuevos era preciso hacerles ‘el rodaje’. En los kilómetros iniciales había que ser cuidadosos. Velocidad moderada. Ni pasarse ni tampoco quedarse corto. En una ocasión, un mecánico amigo, me dijo que era para que los cojinetes se ajustaran bien y no se produjeran desgastes iniciales y averías posteriores. Nunca tuve curiosidad por saber qué son los cojinetes, pero hoy, al observar a una pareja silenciosa, he intuido lo de las consecuencias de un mal rodaje.


O quizás esa no sea la causa. Tal vez la vida de dos es un conjunto de silencios. De un mirarse cada cual  el infinito de su propia soledad…

martes, 26 de enero de 2016

Los Nicanores del inconsciente

Los Nicanores del inconsciente


Santos Rejas Rodríguez

Hace unos días comenté que escribiría sobre los nicanores. Para ser sincero no esperaba hacerlo tan de inmediato, pero he dejado escrito en múltiples ocasiones que los sucesos se enraciman buscando emparejarse, quizás huyendo de la soledad.

El domingo, deambulando ociosamente por el Rastro madrileño, topé con don Nicanor y éste, tocando el tambor, me retrotrajo al de Boñar, precisamente sobre el que pensaba escribir en alguna ocasión, dulce singular, y de sabor especial cuando unas manos delicadas te lo ponen a tiro de boca.

Sentado en una terraza al sol de invierno, saboreando un transparente vino riojano de color de cereza madura, pedí disculpas al Nicanor, el de hojaldre liviano, por haberle desplazado desde su cuna leonesa a tierras granadinas, lapsus que en su momento olvidé analizar y que hoy, reverdecido el desliz, y propiciado por el estado semihipnótico inducido por el sol, y el vinillo, he decidido analizar mediante el ejercicio freudiano de hacer consciente lo inconsciente.

Y ha emergido Santa Fé, ofertándome en bandeja su pionono , sin rencor alguno por haberlo confundido inexplicablemente con su pariente leonés, y viceversa. Este dulce  me ha llevado de la mano a Lanjarón y a Trevélez, y más allá a Pampaneira, Órgiva y Pitres… a toda la Alpujarra, en suma. Un lugar para vivir, para soñar y amar, para envejecer sin prisas. Un lugar donde descubrí, donde me descubriste, el dulzor del pionono compartido…



Cuando se bucea en el ignoto adentro, que quizás únicamente sea un compuesto químico en disolución, no es aconsejable hacerlo a pulmón libre: Mascarilla anímica o mano protectora que tire del cordel para hacerte regresar a la superficie en el momento oportuno.

No ha sido una mano sino el hilo de una voz, de una mujer anónima que, sentada a una mesa contigua, decía a una amiga: ¡Le he dejado! ¡Quiero que me quieran como a alguien especial, única! ¡Ese es mi sentido del amor, mi necesidad de amor! Y él no lo hacía…o no sabía.


Como es de mala educación inmiscuirse en las conversaciones ajenas, miré a don Nicanor. Me devolvió una mirada cómplice. Y nos encaminamos a casa. Sin prisas. Acompañados por el silencio de tambores muy lejanos, de cumbres de aromas inaprensibles…

martes, 19 de enero de 2016

¿Qué contestar?

¿Qué contestar?

Santos Rejas Rodríguez


-¡Qué estropeada te has quedado! ¡Cuídate! Te lo digo, como sabes, con todo mi cariño…-¡Chico, qué delgado estás! ¿Has ido al médico? ¿Estás enfermo?
Frases como las anteriores, y similares, he escuchado y, seguro, que quien esto lea también habrá oído…o recibido en sus carnes ¿Qué contestar?
Por naturaleza o (de)formación profesional no suelo señalar lo que veo de negativo en una persona ,si es que lo veo. O callo, o resalto alguna característica positiva, por ejemplo: ¡qué calcetines tan bonitos llevas hoy! Y cuando soy el sujeto pasivo acepto, moderadamente, la crítica o el comentario indebido o inoportuno…
Recuerdo una ocasión que invité a una persona de escaso conocimiento, y recién conocida también, a mi casa a tomar una copa. A los pocos segundos de llegar me espetó: ¡Qué limpio y ordenado está todo! -¿Para ser hombre? Iba a contestar. Pero no me dio tiempo. Conmiserativa, y maternalmente, añadió: ¡Cómo se nota que tienes a alguien que te lo haga! No repliqué, pero la serví Bacardí en lugar del Zacapa 15 que puse para mí. Y no la he vuelto a invitar…



Claro que otras veces el comentario sobrepasa la línea roja de la tolerancia. Como hoy. Esperando el ascensor de mi casa he coincidido con una señora que se ha identificado como vecina. Enseguida ha demostrado ser experta en interrogatorio: ¿Propietario o alquilado? ¿Reciente? ¿Jubilado o trabaja?...Como me cogió en un día no monosilábico, receptivo a la escucha y respondón educado, se bajó al llegar a mi planta para completar el escaneo. Y llegó a lo de la convivencia: –Comparto el piso con mi hijo, la informé. -¿A qué se dedica? –Va al instituto. ¿Profesor? --No. Estudia. Tiene dieciséis años…
En ese instante se distanció unos pasos. Me escudriñó, más, y al tiempo que se embutía en el ascensor, me soltó ¡Huy…pues qué mayor lo ha tenido! Dejándome con la media sonrisa de circunstancias.

Desde entonces deseo, con fervor, volver a coincidir con ella. Voy a restregarle por la propia cara lo de las raíces, profundas, de su teñido y panojo pelo; lo de sus uñas de porcelana, de gata vieja,  necesitadas de un buen restañeo y, en especial, lo de las bragas enterizas que le marcan lorzas en su gordo y flácido culo…Se lo diré. ¡Lo juro por esta! Por la cruz de mis dedos índice y pulgar... que beso.

jueves, 14 de enero de 2016

De cargas y niños...y viceversa

De cargas y niños…y viceversa

Santos Rejas Rodríguez

Utilizo una mochila en bandolera cuando transporto algunos libros, cuadernos y similares. Hoy es una de esas veces. Como pesa más de lo habitual he intentado alternar el hombro del sustento. Tarea inútil: a escasos segundos de colgarla del hombro izquierdo se desliza haciéndolo imposible. Una cosa trae a otra. En este caso de cuando a mi hermano, el pequeño, al tomarle medidas para confeccionarle su primer traje a ídem, el sastre le preguntó: ¿de qué hombro cargas, chico? Yo soy capuchón, contestó.



Y me hubiera seguido solazando en el recuerdo, riéndome en los adentros, cuando una imagen se interpuso: La del Congreso de los Diputados mostrando el primer plano de una señora, asentada en un escaño, acogiendo entre sus brazos a un bebé. Luego he sabido que el niño es su hijo. Y ella Diputada. Ha manifestado, la Diputada, que una madre debe llevar a su hijo al trabajo, mayormente por lo del ‘apego materno’.

Como psicólogo estoy de acuerdo con lo del apego del niño a la madre, y al padre, en especial en el primer año de vida del infante, e incluso más. En lo de que para conseguirlo hay que portarlo en el trabajo, tenerlo encima, amamantarlo in situ, acunarlo, cuidar su higiene…ya lo veo más complejo porque ¿y si la madre trabaja en un ambiente de riesgo químico o explosivo? ¿O en una cadena de montaje? ¿O en instituciones como las penitenciarias, de seguridad del estado, bomberos, sanitaria, del profesorado? ¿Y  si su ocupación es la recogida de residuos callejeros? ¿O conductora de autobús, piloto o taxista? Y así un largo etcétera que no quiero alargar para no ser cansino.

Si lo que pretendía esta madre era restar protagonismo a la constitución del Congreso, lo logró. Tampoco era tan difícil. Si su pretensión es añadir un privilegio más, una prebenda al ‘oficio político’, en este caso en su versión diputada, lo logrará…y con la connivencia de los votantes, añado.


Pero me pregunto: Formando esta madre-diputada parte del Congreso, que tiene la potestad legislativa, ¿no sería más eficaz, y justo, propiciar una ley que alargue la excedencia por maternidad? ¿Qué mantenga todos los derechos laborales y económicos? De esta forma se podría lograr el apego del hijo nacido a la madre, y al padre, y criarlo en un ambiente distante al de la toxicidad del Congreso, el de ‘sus’ diputados…¡Ay!  

martes, 12 de enero de 2016

El día a día...

El día a día…

Santos Rejas Rodríguez

 A través de Google estaba buscando un manual completo de terraja, en versión pdf, con el fin de documentarme e intentar el ajuste de un empalme de la lavadora que desde hace unos meses incrementa mi factura de agua y, además, supone un sufrimiento para algunas de mis vértebras lumbares en la tarea de enjugar los charcos con que se anega la cocina cuando, sea porque aún no estoy lo suficientemente motivado para emprender esa complicada labor, sea porque los tiempos de fijeza de la concentración ya van en declive, o, sea por lo que sea, el caso es que mi atención se desvió hacia la frase que un cliente acababa de espetarle al camarero.

‘-Tengo tan escasa vida en el hoy que puede decirse que mi vivir se centra por completo en el ayer, en el pasado, en lo ya vivido…’ ‘Como un rumiar sin fin’, continuó diciendo tras el sorbo a la bebida.




‘-Aunque he ido desbrozando las vivencias…Y me he quedado con aquellas que más satisfacción me produjeron; en especial las de los quereres. Rememoro cada vez más a quienes quise, a quienes me quisieron, son el alimento que me hacen seguir en el día a día…cada día’
Fijando la mirada en la taza de lo que estuviera bebiendo, añadió: ‘-Sin mi pasado no tendría ahora presente’ y tras apurar el líquido, finalizó: ´-Y disculpe, amigo, hoy necesitaba hablar con alguien que no fuera yo mismo’

Aunque todo fue dicho con un ritmo de voz pausado, en un tono que pretendía evitar cualquier tipo de modulación emocional, hasta mi llegó esa especie de dolor que cala los tuétanos.


Al llegar a casa,  y ver cómo me hacían guiños lagunares en el suelo de la cocina, recordé lo del manual de la terraja ¡ay!

martes, 5 de enero de 2016

Si hubiera sabido...

Si hubiera sabido…

Santos Rejas Rodríguez

‘Ah, si de joven ya hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, creo que hubiera vivido de otra manera’, escribió Rosa Montero hace unos días en un su Aviso a navegantes

‘Si alguien me hubiera anticipado que mi padre aún continuaría viviendo bien cumplidos los noventa años, yo, hoy, sería otra persona. Y, con certeza, no estaría escribiendo este diario, mi pobre diario’, tengo yo escrito en uno de mis Cuentos como besos

Y me puse a repensar uno y otro escrito por allá adentro, por lo hondo. ¿Qué nos ha hecho ser como somos? ¿Cómo hemos ido esculpiendo nuestra vida? ¿A qué golpe de qué cincel?




Rosa Montero si, desde los primeros andares de su arranque del vivir, hubiera sabido sobre la vida y la muerte, la propia, ¿Ahora sería otra rosa? ¿Más florecida o marchita? ¿De tonalidad roja, carmesí o desvaída? ¿Inaprensible en lo del querer? ¿Menos persuasiva en el amor?... Ya ella cubre la apuesta del vivir alternativo con un ‘creo…’

Mis inseguridades, miedos al abandono o a la falta de protección ¿hubieran sido huéspedes de un día en lugar de habitantes de quieto si hubiera sabido…?
Si yo hubiera sabido cuando la conocí que no iba a ser capaz de amarla -pese a teñirse de pelirroja-como ella deseaba ¿hubiera dejado el recorrer juntos un trecho del camino? Si alguien me hubiera anticipado que el amor que puse no sería correspondido con la misma intensidad ¿no hubiera amado y ahora carecería mi alma del poso del recuerdo?

No es que piense y crea, a pies juntillas, que lo escrito -hasta ahora- ya estaba escrito, pero sí que somos tan previsibles que si volviéramos a iniciar el camino de los amores eternos, infidelidades, afectos, huidas, dolores de alma, pasiones, brillar de ojos, reconciliaciones, lágrimas contenidas y de las otras, pérdidas irreparables, soledades…recorreríamos una senda tan semejante que para el observador ajeno le sería indistinguible de la primera, de tan igual, creo…
¡Qué rosales haces brotar, Rosa! ¡Ay!


lunes, 21 de diciembre de 2015

Mírame

Mírame

Santos Rejas Rodríguez

¡Le estoy dando bien! me decía, a la par que pedaleaba. Minutos antes había culminado la ‘cima alpina’ y por ella me mantenía a buen ritmo. Seguro, pensaba, que entre los líquidos que empapan la camiseta se encuentra parte de la glucosa que me sobra y, quizás, algunos de los goterones que resbalan desde la frente arrastran colesterol, por malo… todo ello bien aderezado por las endorfinas, que las siento brotar como setas tras la lluvia. Y el pedaleo, con ese estar tan arriba, se hizo más intenso haciendo crecer mi ritmo cardiaco a 118, o más.

Quizás, en la ascensión, habría alcanzado alguna nube volandera si en ese instante, a través de los auriculares, la música que me acompañaba en segundo plano no hubiera sido sustituida por una letra protagonista: ‘Sin ti/no existe un sol ni una flor…’ Por muy rápido que intenté saltar a la siguiente canción no pude impedir que el ‘sin ti’ resonara en la cumbre congelando hasta el aliento.

La bajada comenzó a rueda libre y la soledad del sin ti fue apagando la luz, helando la flor y regurgitando rencores hacia ese buen dios de improbable existencia.



Si. Es cierto. Hubo ocasiones del contigo ni sin ti; pero siempre, en los contigo, encontrábamos remedios para las mutuas penas. En los sin ti, nunca. De ahí que uno u otra, ambos, acortábamos la distancia que ineficazmente nos separara. Y poníamos remedio, y aventábamos penas...

¿Cómo recuperar, sin ti: la luz, el sol, una flor…la vida?
En el hoy de tu ayer… mírame ¡Tan sin ti!


jueves, 17 de diciembre de 2015

Miradas...

Miradas

Santos Rejas Rodríguez


-‘Perdón si les molesto…’
-¡Vaya! me dije ¿por qué cuando viajo en Metro me topo con músicos, pedigüeños y familias afines? ¿Por qué no con alguien que, mirándome, diga algo así como: ‘Para mí no hay soles, luceros, ni luna/no hay más que unos ojos que mi vida son…?
Pero claro, me seguí diciendo, no voy a caballo, no pido candela…así…Y hubiera continuado desbrozando causas ad infinitum cuando, el apoyado en el quicio, continuó la arenga:  -‘Si alguno de ustedes va leyendo, escuchando música o pensando en sus cosas y no desea que siga hablando, que levante la mano y me callo…’ 



Tras unos segundos de silencio: -‘Muchas gracias. Soy fontanero. Oficial de primera. En paro. Lo que buenamente puedan darme ustedes lo cojo: comida, ropa, dinero…Si ya le han dado antes a otro, como si me lo hubieran dado a mí.

Y así, sin prisas, a lo largo de cuatro estaciones, fue desgranando las suyas. Dolorosas. Nos contó que no quería dormir en albergues ni en casas contra el frío. Que son muy peligrosas. En ellas entraba a dormir uno como él, sano, y podían contagiarle múltiples enfermedades graves. Que ya había hecho un escrito para que las cerraran. Prefería dormir en la calle…o en un hostal de la glorieta de Atocha…

Al final nos deseo un buen karma y que pensáramos que íbamos a tener un buen día, que si así lo pensábamos, lo tendríamos, porque el poder de la mente….y aquí ya dudé si en realidad era  fontanero o psicólogo en paro.

No me adentré en la hipótesis porque mi mente retornó a lo que me preocupó al inicio: -‘será porque no tengo los ojos verdes? ¿verdes como el trigo verde? ¿ni como la albahaca? ¿Y ni siquiera tienen brillo de facas?

Y en pleno declive de autoestima… me pasé de estación ¡ay!

viernes, 11 de diciembre de 2015

Pinto, pinto...

Pinto, pinto…

Santos Rejas Rodríguez

Razones familiares y de otras índoles me han hecho transitar estos días diferentes barrios de Madrid. En todos ellos he hallado un común denominador: mierdas. No me refiero a suciedad que, en algunos, también, sino a excrementos orgánicos procedentes de seres diversos: perros, equinos, ovejas y otros inespecíficos. Además, y es a lo que voy, luciendo todos ellos, en su cima o así, otra característica igualitaria: huella(s) de pisada(s) humana(s).
Tras constatar que el hallazgo no era casual sino generalizado, pensé que si bien las cagarrutillas de oveja podían haber sido pisadas al descuido dado su tamaño e infrecuencia en la ciudad y que sobre las cacas de canes quien más o quien menos ha puesto el pie a lo largo de la vida, lo que no me cabía en la cabeza es que los montículos de estiércol caballuno, que los ve un anciano de cansada vista y los detectan los sagaces invidentes, estuvieran hollados por pies humanos de tamaños diversos.



Y en estas reflexiones he estado sumido hasta que hoy, a las cinco y veintiocho de la mañana, me desperté diciendo: ¡claro, coño! Que es mi Eureka personal: -Las oleadas que se mueven por Madrid en los últimos días, e imagino que por el resto del país también, buscan con ahínco la suerte para los dos sorteos en ciernes: los de los días 20 y 22. Si unos pretende el gordo de navidad,  otros la fortuna de gobernar y solucionarse la vida durante cuatro… o más años, que no es cuestión baladí y razón suficiente para ir pisando mierdas de toda índole.

Solucionado el enigma me dormí placenteramente hasta las siete, mi hora del café de inicio de jornada, en la que aún perduraba mi pensamiento exitoso…Y como lo uno lleva a lo otro, y por pura lógica, me hallé concatenando lo de la mierda con la política: ¿A quién voto? ¿Otra rumiación en ciernes? Pero no.  Tuve la respuesta antes de finalizar el moje de la galleta maría.

-Como todos los partidos garantizan: estado de bienestar, incremento de la economía, rebaja de impuestos, mejoras en sanidad y educación, fin de la corrupción, salarios máximos, subida de las pensiones y otras promesas también de valor incuestionable, me dije, acudiré al colegio electoral plantándome ante el mostrador en que se exhiben las papeletas de todos los grupos en liza y comenzando, al azar, por uno de ellos iré señalando uno y otros al compás del pinto, pinto, gorgorito…hasta llegar al final diciendo ‘y esta papeleta que se esconda’, metiendo la afortunada en el sobre y depositándola en la urna.

Engullí el resto de galleta, apuré el café y al grito, mental, de ¡¡Jerónimo!! Fuíme al WC…


domingo, 29 de noviembre de 2015

RECUERDOS...

RECUERDOS…

Santos Rejas Rodríguez

Al pie de un contenedor de restos inútiles se exhibían, con cierto pudor, hitos de vida que la fotografía que ilustra lo aquí escrito testimonia.

El encuentro, hoy, de camino hacia mi casa, me ha traído a la memoria el final de un viaje en el que la persona compañera del mismo iba arrojando a la papelera cosas que había ido acumulando a lo largo del itinerario: planos y guías, llaves magnéticas de hotel, entradas de museos…-¿Tiras todo?, pregunté. -¡Sí! No me gusta guardar recuerdos. Luego no sé dónde ponerlos.

Yo sí guardo algunos y sé dónde ponerlos: En una caja. En ella se mezclan entradas de algún concierto (el primero de Les Luthiers…), monedas diversas, llaves que en su día abrieron puertas, un mechero de gastada mecha, servilletas de bar con anotaciones apenas descifrables, algún posavasos con cerco de copas sin sentido, piedras del camino, una hoja seca, un corazón partío… O sea, contenido que se ajusta a lo etiquetado en la tapa: ‘Sin valor ajeno’.





Con el rótulo quiero facilitar la tarea, ‘cuando llegue el difícil momento’, como canta Sabina, a quien tenga que depositarla en el contenedor de residuos más próximo.

Añado que, con el paso del tiempo, la caja de los recuerdos se ha ido reduciendo de tamaño. En el momento actual se puede denominar cajita. La causa: he ido guardando menos y sacando más. Cuando casualmente –es decir por una causa u otra- la he tenido que abrir, algunas prendas habían perdido su valor intrínseco como recuerdo: ¡no recordaba qué me tenían que recordar! ¡ay! Y entonces, sin el menor pudor ni la menor duda, han ido a parar a la papelera de los olvidos.


De las experiencias de mi presente, más o menos mediato,  no guardo brizna en caja alguna: O las conservo  vivas y procuro disfrutarlas en el día a día o, si no han merecido la pena, las olvido. Enteras y veras…

jueves, 12 de noviembre de 2015

Quereres...

Quereres…

Santos Rejas Rodríguez

Desde mi casa vi el programa realizado en la casa del invitado de  Bertín. En esta ocasión no ha sido en su casa, o sea: ni en su casa, la de Osborne; ni en la mía, la de Santos; sino en la de él, en la de Arturo Fernández, el galán hispano de ochenta y seis años cumplidos. 

La simpatía de ambos, presentador y presentado, no enmascararon sino que resaltaron, por contraste, algunos de los momentos en los que la nostalgia y el recuerdo afloraron. En concreto la rememoración del querer solapado que  tuvo Arturo por su padre y también viceversa. Querer de escasas palabras y pocas expresiones de afectos. Y, sin poderlo evitar, más bien como estímulo desencadenante, me trajeron a mi padre al lado del sillón que en ese momento yo ocupaba frente al televisor….

Y confluyo con Arturo en que, quizás porque los tiempos así lo modaban, o sea no era costumbre, que el hijo le dijera al padre un ‘te quiero’ ni tampoco recuerdo haber recibido esa expresión nunca de él. Explícitamente, me refiero, porque en los adentros yo sentía el querer de mi padre, profundo y sin límites, y también mis hondones se lo devolvían sino con la misma intensidad del entonces,  sí acrecentado en el ahora.



Otra cosa son los besos que no nos dimos. Entre hombres, entre padre e hijo, en encuentros y despedidas, los besos eran – y creo que siguen siendo- al aire de mejillas, como al desgaire, como un ‘te beso pero no’, aunque en el alma sean besos de hondo calado que la ‘hombría’ no quiere reconocer…


He tenido la suerte de que pude despedirme de  mi padre en vida y no verlo en muerte, por lo cual la imagen, todas las imágenes que conservo de él, siguen vivas. Por esa fortuna puedo seguir conversando con él en el vivir de cada día. Y puedo decirle un ‘te quiero’. Y darle un beso todos los días. Cada día…

jueves, 5 de noviembre de 2015

Del ánimo y ánima

Del ánimo y ánima

Santos Rejas Rodríguez

Hay días que el amanecer te atrapa los bajos del estado de ánimo o, por decirlo por Celtas Cortos: ‘A veces llega un momento en que/te haces viejo de repente/sin arrugas en la frente…

Hoy ha sido uno de esos días. Tras el desayuno tempranero el cuerpo me incitaba al retorno a la cama, aún tibia. Si Newton no hubiera desvelado los secretos de la gravedad, sin duda este habría sido mi momento de gloria. La aceleración que experimentó mi cuerpo en las proximidades de la cama me hubiera conducido a elaborar teoría y práctica. Resistí. Dos fueron las razones: Lo dicho, más o menos, por Einstein, de que la atracción es una ilusión, y mi prescripción para las bajuras de ánimo ajenas: la acción. La huida presurosa de entornos de semipenumbras y de misas de réquiem por muy de Mozart que sean.

El gimnasio abrió sus puertas automáticas con la premura de mi paso acelerado, intuyendo mis necesidades. Las bicicletas automáticas, sin embargo, no estaban por la colaboración: todas ocupadas. Me adentré sin dudarlo en la sala de speeding, a esas horas solitaria…hasta que empecé a pedalear. ¡Ostias, me dije, que no se acerque! Pero se acercó y habló en torrentera, traspasando los auriculares que me había embutido al verle llegar. Era el pesado y tocón que ya me había tocado en suerte días atrás. Y se puso a pedalear a mi vera. Con ímpetu, como cogiendo carrerilla hasta que, en un momento de enajenación, me gritó: ‘¡Arriba compañero!’ al tiempo que se izaba sobre los pedales y me sacudía una palmada en el costado.




Le miré. Me miró: Si en ese instante me hubiera dicho un ¿por qué si me miráis, miráis airado? Le meto…
En la cinta sin fin diluí en sudor la adrenalina y limpié los bajos oscuros.

Dando fin a un cocido a la madrileña recordé que, a mi descenso de la bicicleta, vi caer del bolsillo del colega una cajita. La habrá visto, me digo, al finalizar el pedaleo. Cafinitrina me pareció que ponía. O algo así…

PD.- La pérdida de la ‘cajita’ es una invención, pero seguro que las múltiples interpretaciones sobre la ocurrencia hará las delicias de los psicoanalíticos.


(A mi padre. Siempre presente en mi recuerdo. En el día en que hubiera sumado otro año…)

martes, 27 de octubre de 2015

Automatismos

Automatismos

Santos Rejas Rodríguez


En lo cotidiano hemos generado múltiples automatismos, lo que nos permite dedicar la atención a otros procesos que, o son nuevos o precisan de habilidades cognoscitivas especiales. Andar es un automatismo. No necesitamos pensar en pié izquierdo, pié derecho para caminar, pese a la desconfianza que en este proceso tiene el ámbito militar y por eso quien dirige la tropa va ordenando lo de ‘izquierdo, derecho’…

Exprimir naranjas es otro automatismo. Al regresar del gimnasio, de manera mecánica, voy presionándolas sobre el exprimidor mientras pienso en otras tareas. Hasta hoy. Esta mañana, al exprimir la mitad de la primera naranja, casualmente, me fijé en las seis o siete semillas surgidas de ella. Las retiré. Al levantar la cáscara de la otra mitad, en la rejilla del exprimidor no había semilla alguna. Presté atención a la siguiente: primera mitad, ninguna semilla; segunda mitad, ocho semillas de diferentes tamaños…



Mi componente empírico, aunque no llega a tomasiano, me impulsó a exprimir una tercera naranja: idéntico resultado que en los casos anteriores. Una mitad era portadora de semillas y la otra, no.
Mientras bebía el zumo comencé el auto interrogatorio: ¿He ahí el secreto de la media naranja complementaria? ¿Una aporta la semilla y la otra más zumo? ¿Qué ocurre si hay naranjas cuyas dos mitades carecen de semillas? ¿Y  en las que ambas las tienen? Y el aroma ¿Es patrimonio de una de ellas? ¿Y su dulzor o acidez?

-¡¡¿La última?!! La interrogación afirmación, unida al toque recibido en mi espalda de la recién llegada a la cola del pan, me devolvió a la realidad. Ignoro cómo, por los automatismos sin duda, me había duchado, vestido y caminado hasta la panadería… –Sí…¡señora!, soy ‘el último de la fila’, respondí mientras la miraba preguntándome ¿Hay medias naranjas secas? ¿Y  complementarias a la sequedad ?


Pedí ‘una gallega’ y, pellizcándole un pico, me alejé.

lunes, 19 de octubre de 2015

Encuentros...

Encuentros

Santos Rejas Rodríguez


Los encuentros fortuitos, los que acercan momentáneamente a seres humanos que, con toda probabilidad, saben que no se volverán a ver, propician la comunicación íntima, el desvelamiento no diría que de secretos, pero sí de sentires profundos y, quizás, no compartidos hasta ese instante.

Transitaba una zona en busca de un repuesto. Nunca había estado por ella y posiblemente no tenga que volver. En un alto de mi camino, en una terraza de sol de otoño, sucedió. El nexo fue un perro. Su perro. Se acercó a olisquear mi zapato y, en contra de mi costumbre, acaricié su cabeza…




Resultó ser el acompañante de su soledad, de su vivir diario desde que decidió romper con ingratitudes, mentiras, infidelidades y desamores. Y lo fue desgranando con voz tenue pero firme. Convincente… si no fuera porque sus ojos lucían el brillo perdido por una devastación irrecuperable.

De nuevo acaricié la cabeza al perro, su perro. En despedida. No volví la vista atrás.

Soledades yuxtapuestas no hacen camino…

lunes, 12 de octubre de 2015

Otoño...

Otoño…

Santos Rejas Rodríguez


                Muy de mañana han llovido hojas. En vendaval. A ras de suelo, casi todas ellas, buscaban rincones donde arracimarse, pretendiendo el calor de las unas en las otras o, quizás, el reencuentro de la proximidad perdida por la violenta dispersión sufrida por el aire. Algunas, en su vagar incierto, habrán sentido en su savia –ya escasa- el desconcierto por la brusca desubicación, por la pérdida del sustento hasta ese instante seguro. Otras, escasas, y en revoloteo continúo,  disfrutan de los espacios inalcanzables hasta ese momento, tantas veces soñados desde la privilegiada atalaya que han estado gozando.



Ignoran, unas y otras –felizmente- que es un viaje sin retorno, que sólo una vez en la existencia se es parte del árbol; que tras las primaveras llegan los otoños, los vientos desoladores…y los barrenderos.


Mientras me alejo del parque me va inundando  el intenso olor a otra mañana de otoño. Tan igual. Tan diferente…

lunes, 5 de octubre de 2015

Amor, amores...y tal

Amor, amores…y tal

Santos Rejas Rodríguez

Al filo de la medianoche una persona, amiga, me pregunta si es posible volver a enamorarse…Pregunta  honda para cualquier humano que, habiendo estado enamorado en un único momento de la vida, tenga que responder.

Un ‘no’, a bote pronto, rotundo y sin matiz alguno me pareció respuesta inadecuada. En lo del amor hay matices…o sea, amores y posturas ante él y ellos, dije.

Y hablé de un: ‘te has quedado aquí/tan dentro de mí/que no tengo amor/para nadie más/En mi corazón/sólo cabes tú…’
 Tan único y diferente a: ‘Y mañana verás/que es mejor olvidar/que llorar por amor…/La vida es ancha/y estos golpes del amor/se olvidan/después de cada noche/nace un sol…’

Y así, intercalando para rematar el ‘ya lo ve,/yo no estoy loca/estuve loca ayer/pero fue de amor…,’ fui saliendo, 'peraleanamente', del paso…




Pero al despuntar el amanecer tras la sierra de la Mosca, emergiendo un perfil de corazón, sagrado o no, pero sangrante sí; a solas, sin necesidad de adornos escapistas, la vocecilla de la mismidad decía ¡Qué bonitas letras! ¡Qué estribillos tan pegadizos! Pero ¿y la música? ¿Por qué no has hablado de la música? ¿De cuándo la pérdida del amor conduce a la ausencia del YO? ¿De esa pérdida, ¡ay!, tan eterna ella; tan irrepetible?  ¿Dónde la has dejado? 


Y los posos del té, fríos ya, desprovistos de pasión, me hacían guiños indescifrables…y tal.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Vientos...

Vientos…

Santos Rejas Rodríguez

Cuando viajo en Metro, y el trayecto es largo, suelo ocupar el tiempo en leer o pensar. En esta ocasión ni lo uno ni lo otro. Mentalmente respondía a preguntas de una estúpida canción que, de forma insidiosa, me había invadido en un momento de descuido. “¿Y quién es él?” –A ti que te importa…”¿En qué lugar se enamoró de ti?” –Te estás desviando de lo esencial…”¿A qué dedica el tiempo libre?” –Te puedes imaginar a qué y con quién…

Y así hubiera continuado de no haberme interrumpido una voz surgida del fondo del vagón:-‘Perdón si les molesto…’ –Pues claro que molestas, dije, pero al ser mi respuesta mental, continuó: -‘Soy un chico que vive en la calle y no tengo casa…’ –Las políticas sociales, respondí también a mi coleto. –‘Duermo en cartones y plásticos…pero con el temporal se me han volado esta noche…’ y ahí me inundó un silencio interior. Muy espeso.


Los mecanismos de defensa están para algo. Mi ánima, de inmediato, sustituyó la ‘voladura’ por lo de ‘cuentan de un sabio…’ el que se decía pobre y mísero. Y comencé a disgregar: ¿pobre un sabio? – Sí, es posible, pero ¿mísero? Mísero lo es un desnortado. Uno que gime ¡ay, mísero de mí! en un cubil al que ha llegado sin saber porqué ni cómo. Que incluso puede añadir ¡ay, infelice!  Y preguntar a lo alto ¿qué delito cometí? Pero ¿un sabio mísero?...para mí que no…


En esto llegué a mi destino y me bajé a escape dejando en el vagón la tabarra de…”es un ladrón…que me ha robado todo” entre un revoltijo de cartones y plásticos...

Musitando al cierre de puertas: - ¡¡gil…que eres un gil!!…

lunes, 7 de septiembre de 2015

Inventario de verano

Inventario de verano

Santos Rejas Rodríguez


La proximidad de un nuevo año, cada año, se llena de propósitos: dieta saludable, ejercicio diario, aprender a tocar la guitarra e, incluso, practicar inglés para las escapadas a Londres aunque allí ningún nativo haga el menor esfuerzo para entendernos. Ni siquiera contigo lo hicieron…
Todos los propósitos son producto del invierno oscuro. Por ello las intenciones se pierden en la bruma, se disuelven con la lluvia o se congelan de frío.
El verano es diferente. El sol y el calor nos inunda  y hacen que la estación sea la de los despropósitos bajo el paraguas de ‘estoy de vacaciones y ya tendré tiempo en invierno de dietas en el comer, beber y…en lo que sea, además de aprender guitarra y practicar inglés’. Lo que toca ahora, pues, es darle gusto al cuerpo y, si queda hueco, al espíritu.
Y este verano vacacional, que hoy termina para mi, ha estado pleno de viajes: mar, montaña, patear lo urbano,  copas,  encuentros y reencuentros…y más copas. Alguno de estos últimos –los reencuentros- con personas que fueron muy queridas en primer plano y quedaron atrás a causa del río de la  vida que fluye en torrentera cuando le place y forma estanques a su capricho…  



Así ha ido cincelándose este verano especial. De vino y rosas a la luz del día, incierto en el atardecer y de creciente desolación con la llegada del crepúsculo, cuando la oscuridad de la noche comienza a traer tu ausencia y el frío de la nada. Tan insoportable…

viernes, 21 de agosto de 2015

Soledad

Soledad…

Santos Rejas Rodríguez

Del tendedero pende una braga solitaria. Lleva cuatro días de soledad. Quizás la usuaria se olvidó de ella; o está ausente; o la ha dejado colgada como castigo por una acción a destiempo: seguir protegiendo cuando no procedía o ausentarse en momento inoportuno…



Llamó mi atención cuando abrí la ventana de la habitación de hotel el día de mi llegada. Quizás por ser la única prenda del tendedero…o por su color, verde acanalado, que actuó como fase de semáforo permisivo al paso de miradas. Aun así la atención prestada fue fugaz, de ojeo rápido. Los pormenores fueron añadiéndose en los días posteriores por la persistencia de la braga pendiendo de la cuerda. Me resisto a denominarla ‘braguita’, término  que denota alejamiento vergonzante para eludir su verdadero nombre y que recibe aun cuando se trate de talla XXL…o más. Esta braga, sin el eufemismo innecesario, verde acanalada, es de una talla mediana – inferior. Para culo estilizado y ausente de adiposidades o estrías indeseadas, y, posiblemente, respingón. De los que a lo largo de caminarlo por la vida provocará dolores en los bajos  vertebrales de la usuaria. No se perciben hilachas, desgastes ni decoloraciones en las zonas más críticas. Es decir, y en resumen, tiene poco uso, y está limpia. Podría ser utilizada en el instante que su dueña la descolgara…

Han pasado seis días desde que dejé el hotel y continué viaje. En esta tarde incierta, pre tormentosa, la forma de una nube volandera me la ha traído a la memoria. Y mientras miro cómo va evolucionando hacia la montaña a la que finalmente llegará, me pregunto: ¿Seguirá colgada aún?  ¿Habrá encontrado monte en la que posarse y retornado al uso protector para el que fue creada? Y de ser lo último ¿sin rencores… o provocará escozores vengativos?


Destella el primer relámpago. Trueno tardío, muy lejano… quizás de allende donde cuelga una braga. Tan sola.

domingo, 16 de agosto de 2015

Contratiempo...

Contratiempo…

Santos Rejas Rodríguez

Al mismo tiempo que atravieso el Pisuerga a su paso por Valladolid aprovecho para calcular si, rebañando de aquí y de allá,  puedo reunir lo suficiente para crear un fondo buitre y cambiar alguna de mis actividades diarias de cara al próximo curso invernal. En especial para dejar de lado lo de acudir a las obras para ver cómo las ejecutan. Me es cada día más fatigoso ver  trabajar a lo físico.



Y en esas andaba cuando, tras haber atravesado el Parque de ‘el Catarro’ y adentrarme en zona urbana, casi me doy de bruces con una pareja, de ella y él, que salían de una tienda de telefonía. Fue él, en concreto, quien sustituyó mi hoja de cálculo mental por una frase que dirigió a la chica: ‘Te lo has gastado en un contratiempo que no te esperabas y encima en un móvil que es necesario’.

Frase que sin duda hará las delicias de los lingüistas por aquello del castellano en cuna vallisoletana. A mí me despertó unas neuronas psicoanalíticas que ya había dado por perdidas. Porque el joven la soltó de tirón, desde lo muy interior y con el tono de quien está tumbado en diván terapéutico y musita lo primero que ha pasado por su mente haciendo caso a las instrucciones recibidas por el profesional de la conducta…

El apoyo incondicional a la joven del contratiempo inesperado, la críptica frase y la intensidad con que la miraba, toda para ella, que casi me cuesta el desplazamiento de la acera, me hizo concluir que estaba presenciando un cortejo amoroso en su fase inicial, la del aturdido atontamiento del ser y no estar, o estar pero no ser...


También puede, y no lo descarto, que todo lo interpretado fuera producto del Pisuerga y del airecillo fino de un Valladolid agosteño. Así que con las mismas me senté en una plaza recoleta a gozar del momento, retomar la hoja de cálculo…y una cerveza fresquita.

sábado, 8 de agosto de 2015

Reflexiones al calor

Reflexiones al calor

Santos Rejas Rodríguez

El frigorífico ronronea como gato al que se acaricia el lomo. Feliz. Ignora que cuando se retira el cable que le une a la toma eléctrica, le corten el fluido al cordón umbilical que lo alimenta y da energía, irá perdiendo la cualidad para la que ha sido fabricado y se irán descongelando y calentando todos los alimentos que le fueron confiados para su conservación hasta llegar al deterioro que los hará inconsumibles.



Y en esta  meditación me encontraba para distraer el calor cuando la reflexión me condujo, ineluctablemente, al ser humano, individual… pero complejo. Porque lo uno lleva a lo otro. Y al  humano, cuando se le desconecta el cordón que lo tiene unido a la fuente de energía universal,   lo que porta en su interior se deteriora en tiempo variable según el estado de uso y la fecha de fabricación. 

El aprovechamiento de su contenido es escaso y el reciclaje del total, o su reconversión en un más allá del acá, se sigue ignorando tras más de dos mil años de indagaciones en las que ni se han podido obtener unas mínimas coordenadas para alimentar un GPS de lo eterno.


Distraído en estas lucubraciones, inútiles donde las haya, me quedé dormido de puro recalentamiento del motor interno y sus aledaños. Al despertar he ido a la cocina. Miro al frigorífico tomando mi café mañanero.  Lo dejo enchufado. En modo vacaciones, claro, veremos al regreso…

viernes, 31 de julio de 2015

La botella

La botella…

Santos Rejas Rodríguez

Al arrojar la botella en el contenedor para vidrios, y sin duda porque se hallaba casi vacío, se rompió y produjo un estruendo que llamó la atención de la señora que me precedía. Se giró y a la media vuelta me arrojó un ¡¡¡huyyy, señooor!!! como una bala del 45, magnum, que menos mal que ni siquiera me rozó y pude, ya frente a frente, darle réplica con un educado: -señora, hace un momento le ha dicho al señor que la acompaña que como le ha estado esperando tanto tiempo a la salida del ‘furbo’ la han estado comiendo viva los mosquitos porque este año no han ‘furmigado’…y yo no la he disparado un ¡¡¡huyyy, señooora!!!

Si las miradas fulminaran, en ese instante habría llegado el fin de mi recorrer este mundo. Sentí como si un florete atravesara mis carnes de pecho a cadera…



Ignoro, pero sospecho, que así miraban las Harpías de la antigua Grecia rezumando crueldad y violencia. Y sospecho, también, que puede que sea una de ellas redivivas, o una Euménide o pariente próxima, que los griegos han dado en prenda a la unión europea como garantía de que van a restituir al arca conjunta hasta el último euro recibido hasta la fecha.


Mi ignorancia no finaliza en ese punto sino en la duda de si en verdad se reciclan los vidrios que arrojamos en los contenedores ad hoc y si todo el proceso es competencia del Ayuntamiento de la capital. Si lo es, sólo decir que, ¡ay, señora alcaldesa, hasta aquí he llegado! La próxima botella en bolsa y a la basura…no más lanzamientos de riesgo. Al menos hasta que estas hijas de Zeus, o de quienes sean, retornen a su cubil.

sábado, 25 de julio de 2015

La Risa...

La risa…

Santos Rejas Rodríguez


El vehículo que me precedía aceleró dejándome en la primera posición de salida para cuando el semáforo retornara a su verde permisivo. Fregona en mano se aproximó veloz. Al tiempo en que me apresuraba en bajar la ventanilla le hice señas negativas. Inútil. Estampó la bayeta empapada sobre el parabrisas: ¡He dicho que no! Vociferé sacando medio torso. –No se ‘inrrite’ usted hombre, que con la edad que tiene puede darle argo malo, me respondió con naturalidad y sin detener su tarea. Tras un instante de desconcierto en el que me dije: ¡qué gracioso... el hijo puta! en connotación cariñosa andaluza, en una de cuyas ciudades se desarrolló el suceso, surgió la risa. Y la risa inhibió el cabreo, disfruté de la limpieza, le di una generosa propina…y las gracias.

La risa. Reductora de ansiedades. Generadoras de paz interna. Productora de endorfinas y benéfica para el sistema inmunológico del cuerpo y espíritu. Pero tan veleidosa y esquiva…




Porque la risa no es como el sol, con su hora de amanecer y atardecer, con bruma o nubes espesas que pueden ocultarlo, pero sabes que está. La risa no tiene hora. Si hay claroscuros no se deja intuir ni siquiera en su forma más tenue de sonrisa. Aparece en los tiempos de vino y rosas, pero cuando el vino se convierte en alcohol de quemar o los pétalos dejan al aire las espinas, su paradero es desconocido. 

Y en los atardeceres llenos de ausencias irrecuperables se enroca en lugares del inconsciente que ningún Freud puede alcanzar.

Quizás por esa huida, aprovechando su vacío, desde el confín del atardecer de mar, se cuela una vocecilla, tenue  en principio pero  creciendo conforme se aproxima hasta que, sin perder su cualidad de brisa suave, musita: ¡hoy daría yo la vida por tenerte aquí!


(Atardecer de verano en una cala perdida del mar de Peñíscola)

miércoles, 15 de julio de 2015

Y SONRÍE...

Y sonríe…


Santos Rejas Rodríguez


Los culturistas, y no me refiero, a expertos o aficionados a la cultura en sus múltiples aspectos literarios, pictóricos, musicales y demás, no; sino a quienes practican el fisioculturismo hasta la hipertrofia muscular, no precisan ventanales para observar el mundo exterior mientras practican su afición. Espejos que reflejen su espléndida musculatura en 3D les son suficientes… y necesarios.

Esa puede ser la razón por la que en los gimnasios las máquinas de ‘cardio’ suelan alinearse de cara a ventanales que mitiguen la soledad del corredor, pedaleador o incansable subidor de escaleras sin fin.

Aupado en una bicicleta he podido observar a menudo cómo, al otro lado del cristal, una mujer se encamina hacia la salida del gimnasio. La pierna derecha parece haberse independizado  del automatismo del andar y precisa la orden específica, cerebral, a cada paso. Porta un bastón en la mano izquierda, con seguridad para utilizarlo en caso de desobediencia extrema de la pierna rebelde. Es joven. Quizás ni en la cuarentena. Siempre, cuando se aproxima a la puerta de salida, se detiene. Espera la llegada de otra persona saliente. Habla. Y sale acompañada.

Hoy hemos coincidido a la salida y he sido el abordado: -Por favor ¿puedes acompañarme para salir? ¡Es que me da miedo que la puerta se cierre mientras paso!, añade, mientras presto atención, por primera vez,  a la puerta de apertura automática por sensor…

La acompaño hasta la calle y un trecho de camino coincidente. Su ritmo pausado propicia la conversación e impulsa mi curiosidad, escasa por lo general:  -‘Un accidente…hace dieciocho años…los dos primeros en coma…otros inmóvil total…hasta las intervenciones quirúrgicas…y la rehabilitación…y aquí estoy: ¡caracol en tierra y pez en el agua’!, me cuenta. Sin dramatismo. Y sonríe…



Durante el trayecto nos cruzamos con unos niños que juegan. Los mira y sonríe…Y a unas palomas que se disputan comida.Y sonríe... Mira hacia las copas de los árboles que van perdiendo el manto veraniego. Y sonríe…

En la despedida, al tenderme su mano para estrechar la mía, sus labios y sus ojos sonríen.


Tras caminar unos pasos que divergen de su camino me vuelvo para ver cómo se aleja con su bastón en la mano. La pequeña mochila a la espalda. La pierna indómita, doblegándose a duras penas. Y sonrío. Muy adentro…

miércoles, 8 de julio de 2015

GOZOS PROFUNDOS

Gozos… profundos


Santos Rejas Rodríguez



-¿Eres escritor? No giré la cabeza para mirar si la pregunta iba dirigida a alguien sentado tras de mí porque sabía que mi mesa era la última, la del rincón, con la cristalera guardándome la espalda. Además, hasta el instante anterior a la pregunta, estaba escribiendo. Así que miré con sorpresa, mal disimulada, a la persona que la había formulado.

 Mi mente intentó recopilar las veces que una mujer me abordaba fuera de acontecimientos sociales que, por lo general, consisten en preguntar: ¿eres el padre de…? Concluyendo que fueron muy escasas las ocasiones y esta la primera desde que trasmuté a la invisibilidad.

Como los cálculos alargaron el tiempo de reacción, la mujer añadió: -Perdona si he sido indiscreta… ¡Sí!, contesté…quiero decir, que sí escribo, e iniciamos un diálogo convencional que llegó al acuerdo de tomar una ronda compartida. En la barra, solicitando  las bebidas, pensé que conocer personas es refrescante y enriquecedor y que explorar, y ser explorado, conduce a descubrimientos novedosos revitalizantes. Además, si la mujer viste una blusa blanca, amplia, con encajes y transparencias que recuerdan la época hippy y unos pantalones  ajustados a sus piernas cruzadas, negros como una noche de luna nueva, y un rostro simpático enmarcado en un pelo pelirrojo cortado a lo garçon…




Intentando averiguar el color de sus ojos a través del espejo en que se reflejaba su imagen, sucedió. El dedo meñique de la mano derecha de la mujer se introdujo, como un berbiquí alocado, en su oído; y horadó y horadó como si estuviera ajustando un clavo sin fin en lo más profundo de su cerebro. Después, con parsimonia, el dedo pulgar de su mano izquierda investigó con dedicación el bajo teja del dedo que había oficiado de broca cromada y se frotó ambas manos como si estuvieran impregnadas de jabón o crema suavizante…

Los acontecimientos y charla que sucedieron hasta la despedida los tengo imprecisos. A intervalos, en flash, la visión del dedo prospector ocupaba mi mente. Martes y jueves, me dijo que acudía a esa cafetería, la que está en mi hoja de ruta cuando acudo a la revisión dental. Una vez al año.
Espero no olvidarlo porque cuando alguien tiene no solo afición sino que la ejercita con oficio de profesional, hay que respetarla. Y no inmiscuirse. ¡Martes y jueves! Martes y jueves…!