jueves, 11 de junio de 2026

De la felicidad de Dios y de otras felicidades

 De la felicidad de Dios y de otras felicidades

Santos Rejas Rodríguez

Sí, ya sé que va «mu de seguío», como algunos dicen por mi tierra querida, pero quiero rematar lo dicho sobre la felicidad y Dios mientras que el Papa está en tierra española, porque después, cuando pise Vaticano, si te he visto no me acuerdo, como harán quienes yo me sé pese a tanto chocar sus manos durante varios minutos...

Mi amiga Geles, movida por su generosidad y cariño me dice:« más una mirada q mil palabras...  y tú eres capaz de dibujarlas en tus paginas como si estuviéramos viéndolas…consigues eso q no se ve, q solo se siente».

Y de ahí me condujo a darle vueltas a qué imagen representaría la felicidad…

La felicidad es uno de esos conceptos que rara vez se dejan atrapar por una sola imagen. Dependiendo de cómo la entendamos, pueden representarla escenas muy distintas.

Si la felicidad es paz interior: un banco vacío bajo un árbol después de la lluvia.

Si es amor: dos manos que se buscan.

Si es esperanza: un brote verde emergiendo de una tierra seca.

Y si hubiera una frase acompañando la imagen, podría ser: "La felicidad no es la ausencia de heridas. Es descubrir que aún queda luz para cicatrizarlas."

Pero…en el aquí y ahora, tratando la unión Dios-Felicidad, y para circunscribirme al asunto, he elegido imagen de la felicidad una instantánea del rostro del Papa, la que ilustra esta reflexión.




Lo que transmite no es una felicidad exuberante o eufórica. No hay sonrisa evidente. No hay fuegos artificiales.

Es algo cercano a la serenidad. A la paz interior, a la plenitud espiritual.

Aparece en actitud recogida, con la mirada baja… no se adivina qué hay detrás de ella.  Quizá unos árboles movidos por el viento, un horizonte lejano o una luz blanca que se pierde en el infinito…

En resumen: una expresión suave y concentrada. La paz que surge de la fe. La felicidad entendida como sentido y propósito… y la confianza en algo trascendente.

Sí, ya sé que se puede objetar, y con toda la razón del mundo, que esta perspectiva representa "la felicidad" bajo el prisma de la espiritualidad cristiana.

Y por esa objeción, certera,  quiero hacer protagonistas a todos los seres humanos que, al margen de ese prisma ideológico, han llorado alguna vez, han perdido cosas importantes, han conocido el miedo y la incertidumbre, y, pese a todo, siguen encontrando razones para mirar hacia delante y gozar de momentos de felicidad.

Colofón o algo así: Se trate de la felicidad en sentido religioso o de la felicidad en sentido general, yo diría que, sea desde la fe o desde la simple condición humana, la felicidad suele nacer allí donde encontramos razones para amar, para confiar y para seguir mirando hacia delante… la felicidad es algo que nos ayuda a seguir caminando.

                                                                               (Geles, amiga, gracias pero…en qué líos me metes.

Pablo, amigo, espero que este ‘no te haya sabido a poco’. Abrazos).

domingo, 7 de junio de 2026

La felicidad...y Dios

 

La felicidad…y Dios

Santos Rejas Rodríguez

Caras sonrientes, miradas brillantes, León XIV, Madrid…

Y una buena amiga me pregunta:

—¿Creer en Dios da la felicidad?

Sí, muchas personas son felices creyendo en Dios—, respondí y ya no paré.

La psicología ha mostrado que, para una parte importante de la población, la fe religiosa puede asociarse con mayor bienestar subjetivo, esperanza, resiliencia ante la adversidad, sentido de la vida y apoyo social.

No es la creencia en sí misma la que garantiza la felicidad, sino lo que esa creencia aporta a la persona: significado de vida, formar parte de una comunidad, compartir valores, recibir o dar consuelo y una forma de interpretar el sufrimiento.

También hay muchas personas que son felices sin creer en Dios. Encuentran sentido en el amor, la familia, la amistad, el trabajo, el arte, la naturaleza, la ciencia o el compromiso con los demás.



Desde la psicología, la cuestión no suele plantearse como «¿es necesaria la fe para ser feliz?», sino más bien «¿qué da sentido a tu vida y te ayuda a vivirla de forma plena?».

Para algunas personas la respuesta es Dios; para otras, no.

Como psicólogo he observado en pacientes oncológicos que en situaciones límite algunos encuentran una gran serenidad por su fe, mientras que otros la encuentran por sus relaciones, sus proyectos o simplemente por la decisión de vivir cada día con la mayor dignidad posible.

Quizá una pregunta aún más interesante que «¿se puede ser feliz creyendo en Dios?» sea: «¿qué tipo de felicidad buscamos?»

Si hablamos de una felicidad entendida como ausencia total de dolor, probablemente nadie la alcanza.

Si hablamos de una vida con sentido, amor, esperanza y capacidad para soportar el sufrimiento, muchas personas afirman haber encontrado eso precisamente a través de su fe en Dios.

Y otras, por caminos distintos.

Y aquí lo dejo por hoy.

Quedan pendientes otros temas relacionados con la felicidad, Dios y la vida, que también hablé con mi buena amiga, y que prometo comentarlos en breve.

Pues eso.

domingo, 26 de abril de 2026

Como una centella...

 

Como una centella…

Santos Rejas Rodríguez

Con la misma velocidad, o más, con la que cae una centella, penetra en la mente un pensamiento insidioso que se hace sentimiento. Y en el momento más inesperado e inoportuno. Como me ocurrió días pasados…

Pero vayamos al principio.

Hace pocos días asistí a la celebración de los Premios GEPAC convocado por el Grupo Español de Pacientes con Cáncer.

La mecánica para hacer entrega de los galardones en las diferentes categorías fue similar a la de los Oscar: En pantalla aparecían los nombres y méritos de los tres finalistas, estos subían al escenario y se abría la plica del ganador.

Así, unos tras otros subieron al escenario los nominados en las diferentes categorías. Quedaba la última. La del Concurso de Relatos. Y yo era uno de los finalistas…

Los premiados disponían de dos minutos para dirigir unas palabras: “agradecimiento”, “no me lo esperaba”. “labor de equipo”, “mi familia”…

¿Y yo que digo si soy el ganador? Me preguntaba al tiempo que con las mimbres de los anteriores agraciados intentaba tejer unas palabras…por si acaso.

Y aquí viene lo de la centella. Cuando estaba en el escenario, sostenía mi diploma de finalista y esperaba la apertura de la plica, restalló en mi cabeza la voz de La Mari, la de Chambao, y su: ”roé por la escalera”.

Sí, me vi, me sentí “roando” por la escalera al bajar del escenario. Creo, que de haber sido el ganador, no hubiera podido articular más de un “gracias a GEPAC” y “buenas noches” al público.



Ahora, desde mi sillón de la tranquilidad, sin escaleras a la vista, os cuento que mi relato, El peso de la mirada, narra una experiencia muy concreta y vívida: el momento en que la enfermedad empieza a hacerse visible. Cuando el cabello cae, cuando el cuerpo cambia, cuando el cansancio se instala y algo más ocurre: Cuando se empieza a sentir mirado de otra manera.  Como si lo íntimo dejara de serlo, como si el diagnóstico estuviera en los ojos de los demás.

Y esa mirada…a veces pesa.

Pesa porque recuerda lo que se está viviendo y sintiendo. Y pesa porque, en ocasiones, llega antes que la propia conciencia de cambio.

El relato también manifiesta que hay otras miradas: Miradas que no juzgan. Miradas que comprenden. Miradas que acompañan sin invadir.

La narración se detiene en otro momento especialmente difícil: el de decirle a un hijo que tienes cáncer. Ahí aparece un miedo distinto. El miedo a su mirada. A lo que va a preguntar. A si seremos capaces de sostener esa conversación sin rompernos…  

Y, sin embargo ocurre algo importante. Cuando hablamos con él, cuando dejamos espacio a sus preguntas, descubrimos que los niños, incluso en medio de la incertidumbre, tienen una enorme capacidad para comprender…para adaptarse…y para acompañar.

El relato es un homenaje a la fortaleza silenciosa de los pacientes oncológicos. De sus familiares. A su capacidad para seguir adelante…incluso cuando el camino se vuelve incierto.

Y es un llamamiento a algo que no deberíamos perder nunca: la esperanza. La esperanza de que el tratamiento funciona. La esperanza de seguir caminando.

De seguir caminando momentos felices.

Hay miradas que pesan, sí…pero también hay miradas que, cuando se posan sobre nosotros, alivian y fortalecen.

 

Por cierto: La Fundación Oncoayuda fue la ganadora a “la Trayectoria institucional más destacada en Oncología”, pues eso, gracias GEPAC por ambos reconocimientos y, sobre todo, por acompañar cada día a pacientes oncológicos y a sus familias en momentos tan difíciles.