domingo, 26 de abril de 2026

Como una centella...

 

Como una centella…

Santos Rejas Rodríguez

Con la misma velocidad, o más, con la que cae una centella, penetra en la mente un pensamiento insidioso que se hace sentimiento. Y en el momento más inesperado e inoportuno. Como me ocurrió días pasados…

Pero vayamos al principio.

Hace pocos días asistí a la celebración de los Premios GEPAC convocado por el Grupo Español de Pacientes con Cáncer.

La mecánica para hacer entrega de los galardones en las diferentes categorías fue similar a la de los Oscar: En pantalla aparecían los nombres y méritos de los tres finalistas, estos subían al escenario y se abría la plica del ganador.

Así, unos tras otros subieron al escenario los nominados en las diferentes categorías. Quedaba la última. La del Concurso de Relatos. Y yo era uno de los finalistas…

Los premiados disponían de dos minutos para dirigir unas palabras: “agradecimiento”, “no me lo esperaba”. “labor de equipo”, “mi familia”…

¿Y yo que digo si soy el ganador? Me preguntaba al tiempo que con las mimbres de los anteriores agraciados intentaba tejer unas palabras…por si acaso.

Y aquí viene lo de la centella. Cuando estaba en el escenario, sostenía mi diploma de finalista y esperaba la apertura de la plica, restalló en mi cabeza la voz de La Mari, la de Chambao, y su: ”roé por la escalera”.

Sí, me vi, me sentí “roando” por la escalera al bajar del escenario. Creo, que de haber sido el ganador, no hubiera podido articular más de un “gracias a GEPAC” y “buenas noches” al público.



Ahora, desde mi sillón de la tranquilidad, sin escaleras a la vista, os cuento que mi relato, El peso de la mirada, narra una experiencia muy concreta y vívida: el momento en que la enfermedad empieza a hacerse visible. Cuando el cabello cae, cuando el cuerpo cambia, cuando el cansancio se instala y algo más ocurre: Cuando se empieza a sentir mirado de otra manera.  Como si lo íntimo dejara de serlo, como si el diagnóstico estuviera en los ojos de los demás.

Y esa mirada…a veces pesa.

Pesa porque recuerda lo que se está viviendo y sintiendo. Y pesa porque, en ocasiones, llega antes que la propia conciencia de cambio.

El relato también manifiesta que hay otras miradas: Miradas que no juzgan. Miradas que comprenden. Miradas que acompañan sin invadir.

La narración se detiene en otro momento especialmente difícil: el de decirle a un hijo que tienes cáncer. Ahí aparece un miedo distinto. El miedo a su mirada. A lo que va a preguntar. A si seremos capaces de sostener esa conversación sin rompernos…  

Y, sin embargo ocurre algo importante. Cuando hablamos con él, cuando dejamos espacio a sus preguntas, descubrimos que los niños, incluso en medio de la incertidumbre, tienen una enorme capacidad para comprender…para adaptarse…y para acompañar.

El relato es un homenaje a la fortaleza silenciosa de los pacientes oncológicos. De sus familiares. A su capacidad para seguir adelante…incluso cuando el camino se vuelve incierto.

Y es un llamamiento a algo que no deberíamos perder nunca: la esperanza. La esperanza de que el tratamiento funciona. La esperanza de seguir caminando.

De seguir caminando momentos felices.

Hay miradas que pesan, sí…pero también hay miradas que, cuando se posan sobre nosotros, alivian y fortalecen.

 

Por cierto: La Fundación Oncoayuda fue la ganadora a “la Trayectoria institucional más destacada en Oncología”, pues eso.

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