Como una centella…
Santos Rejas Rodríguez
Con la misma velocidad, o más, con la que cae una centella,
penetra en la mente un pensamiento insidioso que se hace sentimiento. Y en el
momento más inesperado e inoportuno. Como me ocurrió días pasados…
Pero vayamos al principio.
Hace pocos días asistí a la celebración de los Premios
GEPAC convocado por el Grupo Español de Pacientes con Cáncer.
La mecánica para hacer entrega de los galardones en las
diferentes categorías fue similar a la de los Oscar: En pantalla aparecían los
nombres y méritos de los tres finalistas, estos subían al escenario y se abría
la plica del ganador.
Así, unos tras otros subieron al escenario los nominados
en las diferentes categorías. Quedaba la última. La del Concurso de Relatos. Y
yo era uno de los finalistas…
Los premiados disponían de dos minutos para dirigir unas
palabras: “agradecimiento”, “no me lo esperaba”. “labor de equipo”, “mi familia”…
¿Y yo que digo si soy el ganador? Me preguntaba al tiempo
que con las mimbres de los anteriores agraciados intentaba tejer unas palabras…por
si acaso.
Y aquí viene lo de la centella. Cuando estaba en el
escenario, sostenía mi diploma de finalista y esperaba la apertura de la plica,
restalló en mi cabeza la voz de La Mari, la de Chambao, y su: ”roé por la
escalera”.
Sí, me vi, me sentí “roando” por la escalera al bajar del
escenario. Creo, que de haber sido el ganador, no hubiera podido articular más
de un “gracias a GEPAC” y “buenas noches” al público.
Ahora, desde mi sillón de la tranquilidad, sin escaleras
a la vista, os cuento que mi relato, El peso de la mirada, narra una
experiencia muy concreta y vívida: el momento en que la enfermedad empieza a
hacerse visible. Cuando el cabello cae, cuando el cuerpo cambia, cuando el
cansancio se instala y algo más ocurre: Cuando se empieza a sentir mirado de
otra manera. Como si lo íntimo dejara de
serlo, como si el diagnóstico estuviera en los ojos de los demás.
Y esa mirada…a veces pesa.
Pesa porque recuerda lo que se está viviendo y sintiendo.
Y pesa porque, en ocasiones, llega antes que la propia conciencia de cambio.
El relato también manifiesta que hay otras miradas: Miradas
que no juzgan. Miradas que comprenden. Miradas que acompañan sin invadir.
La narración se detiene en otro momento especialmente
difícil: el de decirle a un hijo que tienes cáncer. Ahí aparece un miedo
distinto. El miedo a su mirada. A lo que va a preguntar. A si seremos capaces
de sostener esa conversación sin rompernos…
Y, sin embargo ocurre algo importante. Cuando hablamos
con él, cuando dejamos espacio a sus preguntas, descubrimos que los niños,
incluso en medio de la incertidumbre, tienen una enorme capacidad para
comprender…para adaptarse…y para acompañar.
El relato es un homenaje a la fortaleza silenciosa de los
pacientes oncológicos. De sus familiares. A su capacidad para seguir adelante…incluso
cuando el camino se vuelve incierto.
Y es un llamamiento a algo que no deberíamos perder
nunca: la esperanza. La esperanza de que el tratamiento funciona. La esperanza
de seguir caminando.
De seguir caminando momentos felices.
Hay miradas que pesan, sí…pero también hay miradas que, cuando
se posan sobre nosotros, alivian y fortalecen.
Por cierto: La
Fundación Oncoayuda fue la ganadora a “la Trayectoria institucional más
destacada en Oncología”, pues eso.






