Los cordeles
Santos Rejas Rodríguez
Hoy,
todos los medios se han hecho eco del espectáculo de una anciana desalojada de
su vivienda.
Por la fuerza.
No voy a detenerme en la crisis de la vivienda,
los fondos buitres o la especulación. Tampoco en quienes se embolsan sus
beneficios mientras una mujer mayor sale de su casa escoltada y en camilla. De
todo eso llevan años «ocupándose» el Gobierno progresista y la oposición
cómplice-necesario. Quizás en orden inverso. El resultado es el mismo.
No tener partido me permite ciscarme, cada día, en
el arco parlamentario. Cámara baja incluida. Unos colocaron las piedras de esta
pirámide, otros añadieron las suyas y todos encuentran razones para no
desmontarla. Luego contemplan el desalojo arrojándose piedrecitas unos a otros,
como si el problema hubiera caído del cielo y el negocio hubiera brotado solo.
Esta reflexión —más bien un pronto— va de los
cordeles.
He oído en televisión reproches a los cuerpos de
seguridad por su actuación. Es fácil señalar a quienes aparecen en la imagen.
Mucho más cómodo que mirar a quienes redactan las normas, protegen los
intereses y, cuando llega la cámara miran de soslayo e incluso se escandalizan.
Soy persona leída, de forma comprensiva y,
además, se me suele quedar lo leído. Y he recordado un pasaje que leí hace
muchos años. De Sender. La aventura equinoccial de Lope de Aguirre:
«Que
si son los negros los que aprietan los cordeles, son vuestras voluntades las
que lo autorizan».
No hace falta compartir su respuesta para entender
la pregunta: ¿por qué toda la indignación se detiene siempre en las manos que
aprietan y nunca alcanza a quienes les entregaron los cordeles?
Lope de Aguirre ordenó la ejecución del
gobernador.

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