miércoles, 16 de marzo de 2016

Corrupciones de fábula

Corrupciones de fábula

 Santos Rejas Rodríguez


Corromper. Alterar la naturaleza de una cosa volviéndola mala. Cuando algo se corrompe huele mal. Últimamente, quizás por la pertinaz sequía, hay un cierto olor a podrido en el ambiente que nos rodea. Hay síntomas inequívocos de descomposición. Raro es el día que no salta al conocimiento público algún caso de negocio en el que, presuntamente, esté implicado algún personaje que ha utilizado su influencia o poder público en provecho propio.
Curiosa y coincidentemente, por azar o destino, - soy de los que piensa que los libros eligen a sus lectores y no viceversa -, ha llegado a mis manos un escrito de Aristóteles  ¡ya ha llovido desde entonces!  en el que escenifica una fábula de Esopo : Un zorro intenta vadear un río con poca agua y queda atrapado en el fango. Poco a poco lo van cubriendo las garrapatas. Pasa un erizo por el lugar y, con gentileza, se ofrece a librarlo de los molestos y peligrosos parásitos. El zorro le agradece su atención, pero se niega rotundamente a ello.  El erizo, sorprendido, le pregunta por la causa de su negativa: Muy sencillo, amigo erizo. Las garrapatas que prenden de mi cuerpo ya están llenas de mi sangre. Si me las quitas vendrán otras que acabarán con la poca que me queda.
Quedé pensativo tras la lectura y comenzaron a surgir en mi mente interrogantes sobre la acción y sus personajes. ¿En qué lugar del tiempo transcurre la acción? ¿Cuando se quedó varado el zorro? ¿Es válido su razonamiento?  ¿Debe permitir que continúen las garrapatas sobre su cuerpo? ¿Convenció al final el erizo al zorro? ¿Quien es el erizo? ¿Es amigo o enemigo?  ¿Qué busca? ¿No será otra garrapata encubierta?  Y las garrapatas  ¿Son muchas? ¿Son recientes o han sustituido a otras? ¿Hay otras esperando? ¿Estará siempre el río lleno de fango?  ¿Lloverá con fuerza alguna vez y arrastrará fango y garrapatas?
Y el zorro ¿Hasta cuándo logrará sobrevivir? ¿Le queda aún mucha sangre? ¿Se resignará a su suerte o, finalmente, se sacudirá todas y cada una de las garrapatas?  ¿Habrá alguna vez un buen desgarrapatador?

Corrupción. Corromper. Me quedo con la última de las acepciones del término: exasperar. Hacer perder la paciencia a alguien. A un zorro. A un pueblo.


¿A que parece actual lo anteriormente escrito y leído? No es tan antiguo como la escenificación de Aristóteles pero ya tiene solera. Lo escribí en el inicio de 1992 y fue publicado en el diario HOY el 3 de febrero del mismo año...
¡Dios es terrible!... si es que buscamos disculpas, que escribió Saramago.

sábado, 12 de marzo de 2016

Comer o no comer...

COMER O NO COMER, ESA NO ES LA CUESTIÓN

 Santos Rejas Rodríguez

            Mi pasado juvenil, enraizado en tierras cacereñas, ha reverdecido hace pocos días en el asfalto madrileño. El amigo de adolescencia, representado por una de sus descendientes jóvenes, más de lo que fuimos ambos un día, ha oficiado de catalizador. Y a lo largo de una grata conversación, entre otros muchos temas, surgió, sin haber sido invitado, el de la delgadez y la gordura. La anorexia. Y a eso voy. No es la primera vez, ni será la última…
            La anorexia nerviosa es una enfermedad caracterizada por el miedo intenso a engordar y por una imagen distorsionada del propio cuerpo. Las mujeres, en proporción de nueve a uno, superan a los hombres en esta dolencia (¿será por ello que una parte del género masculino está huyendo al extremo opuesto: la vigorexia?). Pero volvamos al fondo del comentario, a la anorexia. Mortal en el seis por ciento de los casos. Su origen es multivariado, sin lesión orgánica previa y con dificultades para su tratamiento dado que el paciente no suele reconocer ni aceptar su dolencia, y mal se puede modificar una conducta de trasfondo cognoscitivo cuando no se es consciente de ella, valga la paradoja. Se desmiente la enfermedad. Se carece de voluntad de curación.




            Decía que el origen de la anorexia es plural: modas de adelgazamiento, prototipos sociales de ‘belleza’, falta de identificación corporal, y por tanto de aceptación del propio cuerpo y rechazo de su imagen.
Personalmente opino que también es, al menos en algunos casos, una expresión de impotencia, de falta de habilidades para mostrar una protesta de otro modo. Quisiera estimular el recuerdo del lector/a, en especial de quienes rondan los cuarenta…y más,  y  piensen en sus reacciones  cuando se les denegaba un permiso para una actividad muy deseada: cita importante de adolescente, excursión, salir por la noche o se les privaba, por castigo, de cualquier otra similar. Ante la impotencia absoluta sentida frente a la autoridad paterna o materna, que era insalvable e inapelable; ante el desvalimiento que inundaba el alma, en ocasiones se esgrimía la única arma disponible: ¡Pues ya no como! O sea, huelga de hambre en el seno familiar.

            La anorexia no es un simple comer o no comer; es un: ¡ya no como! hasta sus últimas consecuencias. Hay que buscar el origen de ese grito de protesta, del inconformismo con el yo, con lo social; de una necesidad  incapaz de definirla en lo externo pero en carne viva en lo interior… y que no sabe, o  no puede, expresarla de otro modo. Y trabajar a partir del asidero.

sábado, 13 de febrero de 2016

¿Peor de lo que hay...?

¿Peor de lo que hay…?

Santos Rejas Rodríguez

Lo que esté por venir para el gobierno de, esta, nuestra tierra ¿puede ser peor que lo que hay?

El tejido de la piel de toro huele mal. Está desmembrada en jirones que chorrean detritus. Levantes por donde levantes, huele a cloaca. Cuando el Uno, del ahora, menciona lo de tirar de algún colgajo para orearlo, el Otro, del también ahora, se lo impide bajo amenaza de hacer lo mismo donde florezca un sembrado putrefacto del primero. Y acuerdan el inmovilismo, que es la postura conveniente para ambos, de ocultar vergüenzasdesvergüenzas y miserias.




Postura común que no impide aparentar, de cara a la galería, o sea a nosotros, los enajenados espectadores que a la vez interpretamos el papel de súbditos, que sus intenciones y desvelos son los de acabar, de una vez por todas, con las tendencias rapiñeras del contrario, ajusticiar a los culpables y caminar por una senda constitucional limpia de polvo y paja. ¡ Que este País, se lo merece !Y los corifeos, de unos y otros, lo publicitan y se aplauden asimismo por lo bien que hacen su labor del ¡tu más! Y ¡todos a callar!

El discurso, hasta el momento, les ha sido útil, muy útil diría. Los rendimientos han sido tales que, como grandes estrategas, han respetados, casi matemáticamente, la alternancia en el ordeño de la ‘Empresa’ y la obtención y reparto de beneficios.

¿Hasta aquí hemos llegado? Aún siendo, a estas alturas, más escéptico que Pirrón, creo que algo se ha movido. No mucho, pero sí lo suficiente para agrietar lo que hasta ahora parecía esculpido en piedra diamantina.


¿Peor lo que pueda llegar que lo que hay? Puede ser. Aunque no está al alcance de cualquiera llegar a su bajura. Tendrán que entrenar mucho…

miércoles, 10 de febrero de 2016

Como un cerezo

Como un cerezo

Santos Rejas Rodríguez

Me hallaba sumergido en un arpegio suave, contemplando la puesta de sol desde el altozano de Las Vistillas cuando, de soslayo, la vi aproximarse.
En la cercanía que ya permite apreciar la gestualidad, mostró una sonrisa tan tenue como el arpegio. Quizás el mismo trasportado a su cara. Es mi costumbre, actual, mirar tras de mí si una mujer se aproxima sonriente. Ella, al observarlo, acentuó el gesto a la par que llegaba a mi lado y, en burbujeo indescriptible, dijo: -¿Hay un sitio libre a tu mesa? Pregunta retórica porque, a excepción de la silla que yo ocupaba, las tres restantes estaban de convidadas de metacrilato.
Sin esperar respuesta ocupó el asiento que permitía contemplar el ocaso, añadiendo: -No soy –cómo se dice- ¿buscona?, no. Tampoco estoy mal de la cabeza…bueno lo normal de mal…y derritió su sonrisa en tenue y contagiosa risa.




La conversación, como río entre su orilla y la mía, fluyó sin meandros ni torrenteras: Japonesa, con el atractivo de lo ignoto, edad madura –creo-, afincada en Madrid por su profesión de música y con el brillo de los almendros en flor en los ojos…
Se había esmerado en preparar una cena tradicional de su tierra: Okonomiyaki, Ramen y Sushi, entendí, y la habían dado plantón…-Así que he salido a la calle con la intención de invitar a un desconocido que me resultara agradable…y aquí estoy.
-De plato de segunda mesa, podemos llamarlo, ¡no?
-Pero el postre es exclusivo. Para ti tocaré mi guitarra…

Guitarra, guitarra…¡Papá! ¡Que me voy a clase de guitarra! ¡Que me dijiste que te despertara! –Gracias, hijo…
¡Jóder, señor Freud, si levantara la cabeza! ¡Ni en sueños se puede ya realizar un deseo!
-Pero siempre te quedara un arpegio suave como la noche, sin notas discordantes ni sobresaltos al despertar…-Sí, eso sí.
Y me quedé dormido de nuevo como un cerezo en invierno.


sábado, 6 de febrero de 2016

Conjuntos binarios

Conjuntos binarios

Santos Rejas Rodríguez


Cuando escribo a vuela pluma, o sea, el a mano de toda la vida, me gusta hacerlo en bar, cafetería, o terraza de uno u otra. El ordenar lo escrito, informáticamente, lo dejo para casa.

Escribo tanto al sol como a la sombra, en lugares ruidosos y en los de silencio absoluto. Y, hablando de silencios, he hallado un común denominador en los barrios elegidos para la escritura sea Lavapiés, Latina, Serrano, Centro o Moncloa y con independencia, también, de que el lugar sea tasca o cafetería lujosa: parejas en silencio de sepulcro.




Cuando me desconcentro de la escritura, hago una pausa para pensar en lo ya pensado, retomar un hilo o simplemente dar una ojeada a mi alrededor, topa mi mirar con alguna pareja llena de silencios, ausentes del mirarse; de manos, y seguro que también de cuerpos, en líneas paralelas, de las que no se encontrarán en el infinito…ni en el más acá, que es lo más tremendo.

Pienso que, alguna vez, quizás, compartieron besos y abrazos. E impaciencias de espera. Algún suspiro suelto y hasta hondo. Y puede que un brillar de ojos empañados del uno hacia el otro…
¿En qué recodo del camino se perdieron? ¿Qué senda transitó el uno, inaccesible para el otro?

Hace años, bastantes ya, a los coches nuevos era preciso hacerles ‘el rodaje’. En los kilómetros iniciales había que ser cuidadosos. Velocidad moderada. Ni pasarse ni tampoco quedarse corto. En una ocasión, un mecánico amigo, me dijo que era para que los cojinetes se ajustaran bien y no se produjeran desgastes iniciales y averías posteriores. Nunca tuve curiosidad por saber qué son los cojinetes, pero hoy, al observar a una pareja silenciosa, he intuido lo de las consecuencias de un mal rodaje.


O quizás esa no sea la causa. Tal vez la vida de dos es un conjunto de silencios. De un mirarse cada cual  el infinito de su propia soledad…

martes, 26 de enero de 2016

Los Nicanores del inconsciente

Los Nicanores del inconsciente


Santos Rejas Rodríguez

Hace unos días comenté que escribiría sobre los nicanores. Para ser sincero no esperaba hacerlo tan de inmediato, pero he dejado escrito en múltiples ocasiones que los sucesos se enraciman buscando emparejarse, quizás huyendo de la soledad.

El domingo, deambulando ociosamente por el Rastro madrileño, topé con don Nicanor y éste, tocando el tambor, me retrotrajo al de Boñar, precisamente sobre el que pensaba escribir en alguna ocasión, dulce singular, y de sabor especial cuando unas manos delicadas te lo ponen a tiro de boca.

Sentado en una terraza al sol de invierno, saboreando un transparente vino riojano de color de cereza madura, pedí disculpas al Nicanor, el de hojaldre liviano, por haberle desplazado desde su cuna leonesa a tierras granadinas, lapsus que en su momento olvidé analizar y que hoy, reverdecido el desliz, y propiciado por el estado semihipnótico inducido por el sol, y el vinillo, he decidido analizar mediante el ejercicio freudiano de hacer consciente lo inconsciente.

Y ha emergido Santa Fé, ofertándome en bandeja su pionono , sin rencor alguno por haberlo confundido inexplicablemente con su pariente leonés, y viceversa. Este dulce  me ha llevado de la mano a Lanjarón y a Trevélez, y más allá a Pampaneira, Órgiva y Pitres… a toda la Alpujarra, en suma. Un lugar para vivir, para soñar y amar, para envejecer sin prisas. Un lugar donde descubrí, donde me descubriste, el dulzor del pionono compartido…



Cuando se bucea en el ignoto adentro, que quizás únicamente sea un compuesto químico en disolución, no es aconsejable hacerlo a pulmón libre: Mascarilla anímica o mano protectora que tire del cordel para hacerte regresar a la superficie en el momento oportuno.

No ha sido una mano sino el hilo de una voz, de una mujer anónima que, sentada a una mesa contigua, decía a una amiga: ¡Le he dejado! ¡Quiero que me quieran como a alguien especial, única! ¡Ese es mi sentido del amor, mi necesidad de amor! Y él no lo hacía…o no sabía.


Como es de mala educación inmiscuirse en las conversaciones ajenas, miré a don Nicanor. Me devolvió una mirada cómplice. Y nos encaminamos a casa. Sin prisas. Acompañados por el silencio de tambores muy lejanos, de cumbres de aromas inaprensibles…

martes, 19 de enero de 2016

¿Qué contestar?

¿Qué contestar?

Santos Rejas Rodríguez


-¡Qué estropeada te has quedado! ¡Cuídate! Te lo digo, como sabes, con todo mi cariño…-¡Chico, qué delgado estás! ¿Has ido al médico? ¿Estás enfermo?
Frases como las anteriores, y similares, he escuchado y, seguro, que quien esto lea también habrá oído…o recibido en sus carnes ¿Qué contestar?
Por naturaleza o (de)formación profesional no suelo señalar lo que veo de negativo en una persona ,si es que lo veo. O callo, o resalto alguna característica positiva, por ejemplo: ¡qué calcetines tan bonitos llevas hoy! Y cuando soy el sujeto pasivo acepto, moderadamente, la crítica o el comentario indebido o inoportuno…
Recuerdo una ocasión que invité a una persona de escaso conocimiento, y recién conocida también, a mi casa a tomar una copa. A los pocos segundos de llegar me espetó: ¡Qué limpio y ordenado está todo! -¿Para ser hombre? Iba a contestar. Pero no me dio tiempo. Conmiserativa, y maternalmente, añadió: ¡Cómo se nota que tienes a alguien que te lo haga! No repliqué, pero la serví Bacardí en lugar del Zacapa 15 que puse para mí. Y no la he vuelto a invitar…



Claro que otras veces el comentario sobrepasa la línea roja de la tolerancia. Como hoy. Esperando el ascensor de mi casa he coincidido con una señora que se ha identificado como vecina. Enseguida ha demostrado ser experta en interrogatorio: ¿Propietario o alquilado? ¿Reciente? ¿Jubilado o trabaja?...Como me cogió en un día no monosilábico, receptivo a la escucha y respondón educado, se bajó al llegar a mi planta para completar el escaneo. Y llegó a lo de la convivencia: –Comparto el piso con mi hijo, la informé. -¿A qué se dedica? –Va al instituto. ¿Profesor? --No. Estudia. Tiene dieciséis años…
En ese instante se distanció unos pasos. Me escudriñó, más, y al tiempo que se embutía en el ascensor, me soltó ¡Huy…pues qué mayor lo ha tenido! Dejándome con la media sonrisa de circunstancias.

Desde entonces deseo, con fervor, volver a coincidir con ella. Voy a restregarle por la propia cara lo de las raíces, profundas, de su teñido y panojo pelo; lo de sus uñas de porcelana, de gata vieja,  necesitadas de un buen restañeo y, en especial, lo de las bragas enterizas que le marcan lorzas en su gordo y flácido culo…Se lo diré. ¡Lo juro por esta! Por la cruz de mis dedos índice y pulgar... que beso.

jueves, 14 de enero de 2016

De cargas y niños...y viceversa

De cargas y niños…y viceversa

Santos Rejas Rodríguez

Utilizo una mochila en bandolera cuando transporto algunos libros, cuadernos y similares. Hoy es una de esas veces. Como pesa más de lo habitual he intentado alternar el hombro del sustento. Tarea inútil: a escasos segundos de colgarla del hombro izquierdo se desliza haciéndolo imposible. Una cosa trae a otra. En este caso de cuando a mi hermano, el pequeño, al tomarle medidas para confeccionarle su primer traje a ídem, el sastre le preguntó: ¿de qué hombro cargas, chico? Yo soy capuchón, contestó.



Y me hubiera seguido solazando en el recuerdo, riéndome en los adentros, cuando una imagen se interpuso: La del Congreso de los Diputados mostrando el primer plano de una señora, asentada en un escaño, acogiendo entre sus brazos a un bebé. Luego he sabido que el niño es su hijo. Y ella Diputada. Ha manifestado, la Diputada, que una madre debe llevar a su hijo al trabajo, mayormente por lo del ‘apego materno’.

Como psicólogo estoy de acuerdo con lo del apego del niño a la madre, y al padre, en especial en el primer año de vida del infante, e incluso más. En lo de que para conseguirlo hay que portarlo en el trabajo, tenerlo encima, amamantarlo in situ, acunarlo, cuidar su higiene…ya lo veo más complejo porque ¿y si la madre trabaja en un ambiente de riesgo químico o explosivo? ¿O en una cadena de montaje? ¿O en instituciones como las penitenciarias, de seguridad del estado, bomberos, sanitaria, del profesorado? ¿Y  si su ocupación es la recogida de residuos callejeros? ¿O conductora de autobús, piloto o taxista? Y así un largo etcétera que no quiero alargar para no ser cansino.

Si lo que pretendía esta madre era restar protagonismo a la constitución del Congreso, lo logró. Tampoco era tan difícil. Si su pretensión es añadir un privilegio más, una prebenda al ‘oficio político’, en este caso en su versión diputada, lo logrará…y con la connivencia de los votantes, añado.


Pero me pregunto: Formando esta madre-diputada parte del Congreso, que tiene la potestad legislativa, ¿no sería más eficaz, y justo, propiciar una ley que alargue la excedencia por maternidad? ¿Qué mantenga todos los derechos laborales y económicos? De esta forma se podría lograr el apego del hijo nacido a la madre, y al padre, y criarlo en un ambiente distante al de la toxicidad del Congreso, el de ‘sus’ diputados…¡Ay!  

martes, 12 de enero de 2016

El día a día...

El día a día…

Santos Rejas Rodríguez

 A través de Google estaba buscando un manual completo de terraja, en versión pdf, con el fin de documentarme e intentar el ajuste de un empalme de la lavadora que desde hace unos meses incrementa mi factura de agua y, además, supone un sufrimiento para algunas de mis vértebras lumbares en la tarea de enjugar los charcos con que se anega la cocina cuando, sea porque aún no estoy lo suficientemente motivado para emprender esa complicada labor, sea porque los tiempos de fijeza de la concentración ya van en declive, o, sea por lo que sea, el caso es que mi atención se desvió hacia la frase que un cliente acababa de espetarle al camarero.

‘-Tengo tan escasa vida en el hoy que puede decirse que mi vivir se centra por completo en el ayer, en el pasado, en lo ya vivido…’ ‘Como un rumiar sin fin’, continuó diciendo tras el sorbo a la bebida.




‘-Aunque he ido desbrozando las vivencias…Y me he quedado con aquellas que más satisfacción me produjeron; en especial las de los quereres. Rememoro cada vez más a quienes quise, a quienes me quisieron, son el alimento que me hacen seguir en el día a día…cada día’
Fijando la mirada en la taza de lo que estuviera bebiendo, añadió: ‘-Sin mi pasado no tendría ahora presente’ y tras apurar el líquido, finalizó: ´-Y disculpe, amigo, hoy necesitaba hablar con alguien que no fuera yo mismo’

Aunque todo fue dicho con un ritmo de voz pausado, en un tono que pretendía evitar cualquier tipo de modulación emocional, hasta mi llegó esa especie de dolor que cala los tuétanos.


Al llegar a casa,  y ver cómo me hacían guiños lagunares en el suelo de la cocina, recordé lo del manual de la terraja ¡ay!

martes, 5 de enero de 2016

Si hubiera sabido...

Si hubiera sabido…

Santos Rejas Rodríguez

‘Ah, si de joven ya hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, creo que hubiera vivido de otra manera’, escribió Rosa Montero hace unos días en un su Aviso a navegantes

‘Si alguien me hubiera anticipado que mi padre aún continuaría viviendo bien cumplidos los noventa años, yo, hoy, sería otra persona. Y, con certeza, no estaría escribiendo este diario, mi pobre diario’, tengo yo escrito en uno de mis Cuentos como besos

Y me puse a repensar uno y otro escrito por allá adentro, por lo hondo. ¿Qué nos ha hecho ser como somos? ¿Cómo hemos ido esculpiendo nuestra vida? ¿A qué golpe de qué cincel?




Rosa Montero si, desde los primeros andares de su arranque del vivir, hubiera sabido sobre la vida y la muerte, la propia, ¿Ahora sería otra rosa? ¿Más florecida o marchita? ¿De tonalidad roja, carmesí o desvaída? ¿Inaprensible en lo del querer? ¿Menos persuasiva en el amor?... Ya ella cubre la apuesta del vivir alternativo con un ‘creo…’

Mis inseguridades, miedos al abandono o a la falta de protección ¿hubieran sido huéspedes de un día en lugar de habitantes de quieto si hubiera sabido…?
Si yo hubiera sabido cuando la conocí que no iba a ser capaz de amarla -pese a teñirse de pelirroja-como ella deseaba ¿hubiera dejado el recorrer juntos un trecho del camino? Si alguien me hubiera anticipado que el amor que puse no sería correspondido con la misma intensidad ¿no hubiera amado y ahora carecería mi alma del poso del recuerdo?

No es que piense y crea, a pies juntillas, que lo escrito -hasta ahora- ya estaba escrito, pero sí que somos tan previsibles que si volviéramos a iniciar el camino de los amores eternos, infidelidades, afectos, huidas, dolores de alma, pasiones, brillar de ojos, reconciliaciones, lágrimas contenidas y de las otras, pérdidas irreparables, soledades…recorreríamos una senda tan semejante que para el observador ajeno le sería indistinguible de la primera, de tan igual, creo…
¡Qué rosales haces brotar, Rosa! ¡Ay!


lunes, 21 de diciembre de 2015

Mírame

Mírame

Santos Rejas Rodríguez

¡Le estoy dando bien! me decía, a la par que pedaleaba. Minutos antes había culminado la ‘cima alpina’ y por ella me mantenía a buen ritmo. Seguro, pensaba, que entre los líquidos que empapan la camiseta se encuentra parte de la glucosa que me sobra y, quizás, algunos de los goterones que resbalan desde la frente arrastran colesterol, por malo… todo ello bien aderezado por las endorfinas, que las siento brotar como setas tras la lluvia. Y el pedaleo, con ese estar tan arriba, se hizo más intenso haciendo crecer mi ritmo cardiaco a 118, o más.

Quizás, en la ascensión, habría alcanzado alguna nube volandera si en ese instante, a través de los auriculares, la música que me acompañaba en segundo plano no hubiera sido sustituida por una letra protagonista: ‘Sin ti/no existe un sol ni una flor…’ Por muy rápido que intenté saltar a la siguiente canción no pude impedir que el ‘sin ti’ resonara en la cumbre congelando hasta el aliento.

La bajada comenzó a rueda libre y la soledad del sin ti fue apagando la luz, helando la flor y regurgitando rencores hacia ese buen dios de improbable existencia.



Si. Es cierto. Hubo ocasiones del contigo ni sin ti; pero siempre, en los contigo, encontrábamos remedios para las mutuas penas. En los sin ti, nunca. De ahí que uno u otra, ambos, acortábamos la distancia que ineficazmente nos separara. Y poníamos remedio, y aventábamos penas...

¿Cómo recuperar, sin ti: la luz, el sol, una flor…la vida?
En el hoy de tu ayer… mírame ¡Tan sin ti!


jueves, 17 de diciembre de 2015

Miradas...

Miradas

Santos Rejas Rodríguez


-‘Perdón si les molesto…’
-¡Vaya! me dije ¿por qué cuando viajo en Metro me topo con músicos, pedigüeños y familias afines? ¿Por qué no con alguien que, mirándome, diga algo así como: ‘Para mí no hay soles, luceros, ni luna/no hay más que unos ojos que mi vida son…?
Pero claro, me seguí diciendo, no voy a caballo, no pido candela…así…Y hubiera continuado desbrozando causas ad infinitum cuando, el apoyado en el quicio, continuó la arenga:  -‘Si alguno de ustedes va leyendo, escuchando música o pensando en sus cosas y no desea que siga hablando, que levante la mano y me callo…’ 



Tras unos segundos de silencio: -‘Muchas gracias. Soy fontanero. Oficial de primera. En paro. Lo que buenamente puedan darme ustedes lo cojo: comida, ropa, dinero…Si ya le han dado antes a otro, como si me lo hubieran dado a mí.

Y así, sin prisas, a lo largo de cuatro estaciones, fue desgranando las suyas. Dolorosas. Nos contó que no quería dormir en albergues ni en casas contra el frío. Que son muy peligrosas. En ellas entraba a dormir uno como él, sano, y podían contagiarle múltiples enfermedades graves. Que ya había hecho un escrito para que las cerraran. Prefería dormir en la calle…o en un hostal de la glorieta de Atocha…

Al final nos deseo un buen karma y que pensáramos que íbamos a tener un buen día, que si así lo pensábamos, lo tendríamos, porque el poder de la mente….y aquí ya dudé si en realidad era  fontanero o psicólogo en paro.

No me adentré en la hipótesis porque mi mente retornó a lo que me preocupó al inicio: -‘será porque no tengo los ojos verdes? ¿verdes como el trigo verde? ¿ni como la albahaca? ¿Y ni siquiera tienen brillo de facas?

Y en pleno declive de autoestima… me pasé de estación ¡ay!

viernes, 11 de diciembre de 2015

Pinto, pinto...

Pinto, pinto…

Santos Rejas Rodríguez

Razones familiares y de otras índoles me han hecho transitar estos días diferentes barrios de Madrid. En todos ellos he hallado un común denominador: mierdas. No me refiero a suciedad que, en algunos, también, sino a excrementos orgánicos procedentes de seres diversos: perros, equinos, ovejas y otros inespecíficos. Además, y es a lo que voy, luciendo todos ellos, en su cima o así, otra característica igualitaria: huella(s) de pisada(s) humana(s).
Tras constatar que el hallazgo no era casual sino generalizado, pensé que si bien las cagarrutillas de oveja podían haber sido pisadas al descuido dado su tamaño e infrecuencia en la ciudad y que sobre las cacas de canes quien más o quien menos ha puesto el pie a lo largo de la vida, lo que no me cabía en la cabeza es que los montículos de estiércol caballuno, que los ve un anciano de cansada vista y los detectan los sagaces invidentes, estuvieran hollados por pies humanos de tamaños diversos.



Y en estas reflexiones he estado sumido hasta que hoy, a las cinco y veintiocho de la mañana, me desperté diciendo: ¡claro, coño! Que es mi Eureka personal: -Las oleadas que se mueven por Madrid en los últimos días, e imagino que por el resto del país también, buscan con ahínco la suerte para los dos sorteos en ciernes: los de los días 20 y 22. Si unos pretende el gordo de navidad,  otros la fortuna de gobernar y solucionarse la vida durante cuatro… o más años, que no es cuestión baladí y razón suficiente para ir pisando mierdas de toda índole.

Solucionado el enigma me dormí placenteramente hasta las siete, mi hora del café de inicio de jornada, en la que aún perduraba mi pensamiento exitoso…Y como lo uno lleva a lo otro, y por pura lógica, me hallé concatenando lo de la mierda con la política: ¿A quién voto? ¿Otra rumiación en ciernes? Pero no.  Tuve la respuesta antes de finalizar el moje de la galleta maría.

-Como todos los partidos garantizan: estado de bienestar, incremento de la economía, rebaja de impuestos, mejoras en sanidad y educación, fin de la corrupción, salarios máximos, subida de las pensiones y otras promesas también de valor incuestionable, me dije, acudiré al colegio electoral plantándome ante el mostrador en que se exhiben las papeletas de todos los grupos en liza y comenzando, al azar, por uno de ellos iré señalando uno y otros al compás del pinto, pinto, gorgorito…hasta llegar al final diciendo ‘y esta papeleta que se esconda’, metiendo la afortunada en el sobre y depositándola en la urna.

Engullí el resto de galleta, apuré el café y al grito, mental, de ¡¡Jerónimo!! Fuíme al WC…


domingo, 29 de noviembre de 2015

RECUERDOS...

RECUERDOS…

Santos Rejas Rodríguez

Al pie de un contenedor de restos inútiles se exhibían, con cierto pudor, hitos de vida que la fotografía que ilustra lo aquí escrito testimonia.

El encuentro, hoy, de camino hacia mi casa, me ha traído a la memoria el final de un viaje en el que la persona compañera del mismo iba arrojando a la papelera cosas que había ido acumulando a lo largo del itinerario: planos y guías, llaves magnéticas de hotel, entradas de museos…-¿Tiras todo?, pregunté. -¡Sí! No me gusta guardar recuerdos. Luego no sé dónde ponerlos.

Yo sí guardo algunos y sé dónde ponerlos: En una caja. En ella se mezclan entradas de algún concierto (el primero de Les Luthiers…), monedas diversas, llaves que en su día abrieron puertas, un mechero de gastada mecha, servilletas de bar con anotaciones apenas descifrables, algún posavasos con cerco de copas sin sentido, piedras del camino, una hoja seca, un corazón partío… O sea, contenido que se ajusta a lo etiquetado en la tapa: ‘Sin valor ajeno’.





Con el rótulo quiero facilitar la tarea, ‘cuando llegue el difícil momento’, como canta Sabina, a quien tenga que depositarla en el contenedor de residuos más próximo.

Añado que, con el paso del tiempo, la caja de los recuerdos se ha ido reduciendo de tamaño. En el momento actual se puede denominar cajita. La causa: he ido guardando menos y sacando más. Cuando casualmente –es decir por una causa u otra- la he tenido que abrir, algunas prendas habían perdido su valor intrínseco como recuerdo: ¡no recordaba qué me tenían que recordar! ¡ay! Y entonces, sin el menor pudor ni la menor duda, han ido a parar a la papelera de los olvidos.


De las experiencias de mi presente, más o menos mediato,  no guardo brizna en caja alguna: O las conservo  vivas y procuro disfrutarlas en el día a día o, si no han merecido la pena, las olvido. Enteras y veras…

jueves, 12 de noviembre de 2015

Quereres...

Quereres…

Santos Rejas Rodríguez

Desde mi casa vi el programa realizado en la casa del invitado de  Bertín. En esta ocasión no ha sido en su casa, o sea: ni en su casa, la de Osborne; ni en la mía, la de Santos; sino en la de él, en la de Arturo Fernández, el galán hispano de ochenta y seis años cumplidos. 

La simpatía de ambos, presentador y presentado, no enmascararon sino que resaltaron, por contraste, algunos de los momentos en los que la nostalgia y el recuerdo afloraron. En concreto la rememoración del querer solapado que  tuvo Arturo por su padre y también viceversa. Querer de escasas palabras y pocas expresiones de afectos. Y, sin poderlo evitar, más bien como estímulo desencadenante, me trajeron a mi padre al lado del sillón que en ese momento yo ocupaba frente al televisor….

Y confluyo con Arturo en que, quizás porque los tiempos así lo modaban, o sea no era costumbre, que el hijo le dijera al padre un ‘te quiero’ ni tampoco recuerdo haber recibido esa expresión nunca de él. Explícitamente, me refiero, porque en los adentros yo sentía el querer de mi padre, profundo y sin límites, y también mis hondones se lo devolvían sino con la misma intensidad del entonces,  sí acrecentado en el ahora.



Otra cosa son los besos que no nos dimos. Entre hombres, entre padre e hijo, en encuentros y despedidas, los besos eran – y creo que siguen siendo- al aire de mejillas, como al desgaire, como un ‘te beso pero no’, aunque en el alma sean besos de hondo calado que la ‘hombría’ no quiere reconocer…


He tenido la suerte de que pude despedirme de  mi padre en vida y no verlo en muerte, por lo cual la imagen, todas las imágenes que conservo de él, siguen vivas. Por esa fortuna puedo seguir conversando con él en el vivir de cada día. Y puedo decirle un ‘te quiero’. Y darle un beso todos los días. Cada día…

jueves, 5 de noviembre de 2015

Del ánimo y ánima

Del ánimo y ánima

Santos Rejas Rodríguez

Hay días que el amanecer te atrapa los bajos del estado de ánimo o, por decirlo por Celtas Cortos: ‘A veces llega un momento en que/te haces viejo de repente/sin arrugas en la frente…

Hoy ha sido uno de esos días. Tras el desayuno tempranero el cuerpo me incitaba al retorno a la cama, aún tibia. Si Newton no hubiera desvelado los secretos de la gravedad, sin duda este habría sido mi momento de gloria. La aceleración que experimentó mi cuerpo en las proximidades de la cama me hubiera conducido a elaborar teoría y práctica. Resistí. Dos fueron las razones: Lo dicho, más o menos, por Einstein, de que la atracción es una ilusión, y mi prescripción para las bajuras de ánimo ajenas: la acción. La huida presurosa de entornos de semipenumbras y de misas de réquiem por muy de Mozart que sean.

El gimnasio abrió sus puertas automáticas con la premura de mi paso acelerado, intuyendo mis necesidades. Las bicicletas automáticas, sin embargo, no estaban por la colaboración: todas ocupadas. Me adentré sin dudarlo en la sala de speeding, a esas horas solitaria…hasta que empecé a pedalear. ¡Ostias, me dije, que no se acerque! Pero se acercó y habló en torrentera, traspasando los auriculares que me había embutido al verle llegar. Era el pesado y tocón que ya me había tocado en suerte días atrás. Y se puso a pedalear a mi vera. Con ímpetu, como cogiendo carrerilla hasta que, en un momento de enajenación, me gritó: ‘¡Arriba compañero!’ al tiempo que se izaba sobre los pedales y me sacudía una palmada en el costado.




Le miré. Me miró: Si en ese instante me hubiera dicho un ¿por qué si me miráis, miráis airado? Le meto…
En la cinta sin fin diluí en sudor la adrenalina y limpié los bajos oscuros.

Dando fin a un cocido a la madrileña recordé que, a mi descenso de la bicicleta, vi caer del bolsillo del colega una cajita. La habrá visto, me digo, al finalizar el pedaleo. Cafinitrina me pareció que ponía. O algo así…

PD.- La pérdida de la ‘cajita’ es una invención, pero seguro que las múltiples interpretaciones sobre la ocurrencia hará las delicias de los psicoanalíticos.


(A mi padre. Siempre presente en mi recuerdo. En el día en que hubiera sumado otro año…)

martes, 27 de octubre de 2015

Automatismos

Automatismos

Santos Rejas Rodríguez


En lo cotidiano hemos generado múltiples automatismos, lo que nos permite dedicar la atención a otros procesos que, o son nuevos o precisan de habilidades cognoscitivas especiales. Andar es un automatismo. No necesitamos pensar en pié izquierdo, pié derecho para caminar, pese a la desconfianza que en este proceso tiene el ámbito militar y por eso quien dirige la tropa va ordenando lo de ‘izquierdo, derecho’…

Exprimir naranjas es otro automatismo. Al regresar del gimnasio, de manera mecánica, voy presionándolas sobre el exprimidor mientras pienso en otras tareas. Hasta hoy. Esta mañana, al exprimir la mitad de la primera naranja, casualmente, me fijé en las seis o siete semillas surgidas de ella. Las retiré. Al levantar la cáscara de la otra mitad, en la rejilla del exprimidor no había semilla alguna. Presté atención a la siguiente: primera mitad, ninguna semilla; segunda mitad, ocho semillas de diferentes tamaños…



Mi componente empírico, aunque no llega a tomasiano, me impulsó a exprimir una tercera naranja: idéntico resultado que en los casos anteriores. Una mitad era portadora de semillas y la otra, no.
Mientras bebía el zumo comencé el auto interrogatorio: ¿He ahí el secreto de la media naranja complementaria? ¿Una aporta la semilla y la otra más zumo? ¿Qué ocurre si hay naranjas cuyas dos mitades carecen de semillas? ¿Y  en las que ambas las tienen? Y el aroma ¿Es patrimonio de una de ellas? ¿Y su dulzor o acidez?

-¡¡¿La última?!! La interrogación afirmación, unida al toque recibido en mi espalda de la recién llegada a la cola del pan, me devolvió a la realidad. Ignoro cómo, por los automatismos sin duda, me había duchado, vestido y caminado hasta la panadería… –Sí…¡señora!, soy ‘el último de la fila’, respondí mientras la miraba preguntándome ¿Hay medias naranjas secas? ¿Y  complementarias a la sequedad ?


Pedí ‘una gallega’ y, pellizcándole un pico, me alejé.

lunes, 19 de octubre de 2015

Encuentros...

Encuentros

Santos Rejas Rodríguez


Los encuentros fortuitos, los que acercan momentáneamente a seres humanos que, con toda probabilidad, saben que no se volverán a ver, propician la comunicación íntima, el desvelamiento no diría que de secretos, pero sí de sentires profundos y, quizás, no compartidos hasta ese instante.

Transitaba una zona en busca de un repuesto. Nunca había estado por ella y posiblemente no tenga que volver. En un alto de mi camino, en una terraza de sol de otoño, sucedió. El nexo fue un perro. Su perro. Se acercó a olisquear mi zapato y, en contra de mi costumbre, acaricié su cabeza…




Resultó ser el acompañante de su soledad, de su vivir diario desde que decidió romper con ingratitudes, mentiras, infidelidades y desamores. Y lo fue desgranando con voz tenue pero firme. Convincente… si no fuera porque sus ojos lucían el brillo perdido por una devastación irrecuperable.

De nuevo acaricié la cabeza al perro, su perro. En despedida. No volví la vista atrás.

Soledades yuxtapuestas no hacen camino…

lunes, 12 de octubre de 2015

Otoño...

Otoño…

Santos Rejas Rodríguez


                Muy de mañana han llovido hojas. En vendaval. A ras de suelo, casi todas ellas, buscaban rincones donde arracimarse, pretendiendo el calor de las unas en las otras o, quizás, el reencuentro de la proximidad perdida por la violenta dispersión sufrida por el aire. Algunas, en su vagar incierto, habrán sentido en su savia –ya escasa- el desconcierto por la brusca desubicación, por la pérdida del sustento hasta ese instante seguro. Otras, escasas, y en revoloteo continúo,  disfrutan de los espacios inalcanzables hasta ese momento, tantas veces soñados desde la privilegiada atalaya que han estado gozando.



Ignoran, unas y otras –felizmente- que es un viaje sin retorno, que sólo una vez en la existencia se es parte del árbol; que tras las primaveras llegan los otoños, los vientos desoladores…y los barrenderos.


Mientras me alejo del parque me va inundando  el intenso olor a otra mañana de otoño. Tan igual. Tan diferente…

lunes, 5 de octubre de 2015

Amor, amores...y tal

Amor, amores…y tal

Santos Rejas Rodríguez

Al filo de la medianoche una persona, amiga, me pregunta si es posible volver a enamorarse…Pregunta  honda para cualquier humano que, habiendo estado enamorado en un único momento de la vida, tenga que responder.

Un ‘no’, a bote pronto, rotundo y sin matiz alguno me pareció respuesta inadecuada. En lo del amor hay matices…o sea, amores y posturas ante él y ellos, dije.

Y hablé de un: ‘te has quedado aquí/tan dentro de mí/que no tengo amor/para nadie más/En mi corazón/sólo cabes tú…’
 Tan único y diferente a: ‘Y mañana verás/que es mejor olvidar/que llorar por amor…/La vida es ancha/y estos golpes del amor/se olvidan/después de cada noche/nace un sol…’

Y así, intercalando para rematar el ‘ya lo ve,/yo no estoy loca/estuve loca ayer/pero fue de amor…,’ fui saliendo, 'peraleanamente', del paso…




Pero al despuntar el amanecer tras la sierra de la Mosca, emergiendo un perfil de corazón, sagrado o no, pero sangrante sí; a solas, sin necesidad de adornos escapistas, la vocecilla de la mismidad decía ¡Qué bonitas letras! ¡Qué estribillos tan pegadizos! Pero ¿y la música? ¿Por qué no has hablado de la música? ¿De cuándo la pérdida del amor conduce a la ausencia del YO? ¿De esa pérdida, ¡ay!, tan eterna ella; tan irrepetible?  ¿Dónde la has dejado? 


Y los posos del té, fríos ya, desprovistos de pasión, me hacían guiños indescifrables…y tal.