domingo, 9 de julio de 2017

Pellizcos y contracturas

Pellizcos y contracturas

Santos Rejas Rodríguez

En autobús urbano de camino a casa. Una mujer, que algún tiempo muy atrás traspasó la media de esperanza de vida actual, desde la puerta de salida del vehículo, se gira. Su voz atraviesa a la concurrencia que abarrota el bus. Llega alta y clara hasta la destinataria: « ¿Mañana, entonces, qué?» Como rebote de eco, con idéntica intensidad y agudeza, la mujer aposentada, responde: «Ya te he dicho que iré a ver a los mariquitas. Que me caen muy bien. Que los pobres las han pasado muy putas». Se refería, claro está, a la cabalgata de la diversidad próxima a celebrarse. Diálogo tan real como es la vida mientras se vive. En otra ocasión transcribiré las diversas reacciones del público asistente.



«Que los pobres las han pasado muy putas» penetró como ariete hasta mi rinencéfalo, en su componente emocional, catapultándome a tiempos pretéritos, a aquellos en los que sin duda se las hacían pasar putas « a los mariquitas».
Y el rumiar se aposentó en mi pensar: ‘Si teniendo orientación sexual acorde con lo «socialmente establecido» se pasa emocionalmente putas al sentir el pellizco de una mirada en la propia ¿Cuál será el sufrimiento añadido al no poder corresponder? Si, además, el pellizco provoca contracturas en lo hondo, pinzamientos en el alma y dar respuesta a ese sentir conduce directamente a una cárcel, que en ocasiones se llamaba «modelo», ¿qué hacer?

En el escudo del duque de Toro figura el lema de «no hay barreras para mi, pues si hay barreras las salto»…pero «en lo más alto de su escudo, donde ostenta una cruz de luengos brazos, (hay clavadas) cinco banderillas blancas con ribetes encarnados», precio a pagar por saltar barreras...
En algunos lugares de este mundo irredento se siguen poniendo banderillas, y utilizando el estoque de matar, por asuntos del querer. Tremendo pero cierto. ¡sniff!

domingo, 25 de junio de 2017

Diversidad

Diversidad

Santos Rejas Rodríguez


̶  No diré que desde mi nacimiento, sería exagerar; pero sí que en los primeros años de vida ya sentí el cuerpo como ajeno. Perteneciente a otro ser. Incorpóreo, diría…Más tarde, con la llegada de la razón, tuvo lugar lo del género. Los en uso de la época no me identificaban. Los descubiertos más adelante, tampoco. Ni siquiera los intersexuales, transitorios o evanescentes. Así que con esa carga, o liviandad según se mire, comenzó mi andadura de vida.

Mis pasos me encaminaron al estudio de la bioquímica, física cuántica, antropología, filosofía existencial…hasta toparme con Plinio, el Viejo. Desde él, saltando de rama en rama, aterricé en la zoología: Aristóteles, Linneo, Lamarck, Mayr, Delmonte…y encontré mi universo: Sauria. Al hallar a los lepidosauromorfos sentí que había llegado a mis ancestros, al origen y fuente de quien soy; a mi familia vipérida, la que configura mi ser y fusiona mi sentir. Me siento, soy, un crótalo. Mis colmillos huecos, la foseta lateral, las escamas…y ese campanilleo y apetencia por presas de sangre caliente lo evidencian.



̶  Bien, por hoy terminamos la sesión. Puede incorporarse con suavidad y estirar los miembros.

̶  ¿Qué tal voy doctor?

̶  Progresando…

̶  Gracias. Hasta el jueves pues.

̶  Disfrute de la vida. ¡Tan diversa ella!

Pues eso.

domingo, 11 de junio de 2017

Meter las patas

Meter las patas

Santos Rejas Rodríguez

Soy de los de cruzar las piernas. Ignoro si es por genética, reflejo espontáneo o consecuencia de aquellos consejos, órdenes o advertencias que las ascendientes familiares –abuelas, tías, madres- con independencia del género y número, pero sí por el caso, es decir por ‘el si acaso’, nos hacían al inicio del pollear: «las piernas bien cerraditas». Así que los componentes de nuestra familia no somos de despatarre…en lo del sentar, claro.

Dicho lo anterior me adentro en el charco cenagoso del abrirse de piernas en boga y su inminente regulación, aunque quizás sea más acertado decir desregularización del aperturismo pernil; del practicado por el género masculino.
Usuario habitual del transporte público he observado, en efecto, a personas abiertas de piernas que ocupan su asiento y meten las patas, ambas por lo general, en los territorios colaterales. ¿Con la habitualidad de hacer necesario un indicativo urbi et orbi de «piernas cerraditas»? Si los expertos lo han considerado así, así debe ser.


Esperemos que los resultados sean más efectivos que los actuales de «asiento reservado» para señoras embarazadas, ancianos o personas con dificultades en la locomoción, que, salvo honrosas excepciones, no respeta ni dios. El personal se adentra en los vagones como si no hubiera un mañana para precipitarse al primer asiento libre. Una vez acogido en sagrado unos se enfrascan en el móvil, otros en el libro y el resto en sus musarañas interiores. Ninguno ve tripa de embarazo, muleta sustentadora o anciano inestable. O si lo ven, como don Tancredo en la plaza: estatua sedente.

Me pregunto el porqué con anterioridad –en la edad de piedra dirá algún lector- sin necesidad de indicativos ni reservas, se cedía de inmediato a embarazadas, lisiados o simplemente mayores de edad, el asiento. Y me pregunto de nuevo ¿por qué se ha perdido la costumbre? ¿Podría retornarse a ella? ¿No sería conveniente averiguar las causas y tratar de restablecer esas mínimas normas de convivencia? ¿El estudio exige un esfuerza neuronal del que  hoy se carece? ¿Esa incapacidad de los controladores sociales es lo que les ha llevado a proponer un muñequito más?

Lógicamente estoy en contra de que un ser humano limite e incomode el bienestar de otro. Pero cuestiono la eficacia del método que pretende regular el despatarre. De lo que sí estoy seguro es que el día de su inauguración, en la fotografía conjunta de los ingeniosos inventores, cada uno querrá presumir de «yo he sido el ocurrente» y todos lucirán la sonrisa habitual del «deber social cumplido» que tantas arcadas, incontenibles,  provocan. Al tiempo…

P.D.- Un mi amigo, sabedor del tema que iba a tratar, me ha rogado que proponga que entre los usuarios de los «asientos reservados» actuales se añada una imagen de permitir sentarse a personas espatarradas. Sufre una orquitis bilateral, insidiosa y contumaz. Reseñado queda, querido. Pero no sé yo si…

domingo, 4 de junio de 2017

¿Caduca el amor?

¿Caduca el amor?

Santos Rejas Rodríguez

Amodorrado por el calor sesteo en un parque arbolado sobre una cómoda silla de terraza. El sopor me impide concentrarme en la lectura del libro que me acompaña aunque lo mantengo abierto como escudo protector, sustituto de aquel cielo que cumplía esa función hasta el día en que, sin duda hastiado, nos abandonó a los caprichos del azar.

Rompe la placidez un dardo, en forma de frase, que atraviesa mi bruma haciendo diana mental: ̶  «Se han separado porque se les acabó el amor». Saciar mi curiosidad, escasa, para indagar la procedencia de lo dicho exigiría un esfuerzo incapaz de realizar, por lo que decido seguir en mi plácida postura de antiguo cochero.



La loca de la casa, el insidioso pensamiento, la rumiación obsesiva, todos ellos en conjura, trasmutados en pretenciosos tertulianos, opinan y debaten: ̶  « ¿Qué amor se les habrá acabado: el común, el individual, el propio?».  ̶  « ¿No será que el diálogo, la confidencia, el entendimiento en la mirada han perdido su brillo?».  ̶  « ¿O que el resplandor de la risa, de la sonrisa cómplice y fugaz, huyeron sin saber a dónde?». ̶  « ¿El silencio no compartido fue el pistoletazo de salida?».  ̶  « ¿O simplemente es que el amor, medido y pesado, tiene fecha de caducidad?». ̶  « ¿Se use o no?».

Una mosquita insignificante, alcohólica, se adentra en mi copa e interrumpe el guirigay. Retorno al libro abierto ante mis ojos. Huele a ácido fénico. Cada vez más. Y no sólo en Petrogrado... ¿Vivimos?

domingo, 28 de mayo de 2017

¿Un paréntesis?

¿Un paréntesis?

Santos Rejas Rodríguez

Schopenhauer, además de misógino y filósofo, fue profesor de la Universidad de Berlín. En el inicio de uno de sus cursos formuló esta pregunta a sus alumnos: —¿Quisiera saber si alguno de ustedes conoce mi ensayo «La influencia de la mentira en las relaciones humanas»? Se levantaron muchas manos. Schopenhauer, sin perder la compostura, exclamó: —Bien. Ahora sé que puedo tratar este tema con conocimiento de causa…jamás he escrito ese ensayo.

Han transcurrido un par de siglos desde entonces y, sin duda, veinte con anterioridad hasta llegar a la pregunta del profesor. Y la mentira sigue influyendo, y presidiendo, las relaciones entre humanos: economía, política, religión, familia, pareja…inundación total. ¿Y presumir de la ignorancia? Basta con escuchar un instante a los «expertos tertulianos», comodines del saber, para salir de dudas.


¿Si desapareciera la mentira, el falso saber, el disimulo y el mirar de lado, o a otro lado…se modificarían las relaciones entre humanos? ¿Para mejor?

Soy uno más de los átomos que decidió sacudirse la Nada para ser mortal. ¿Un acierto, me digo, haber cambiado la eternidad sideral –en donde la mentira no tiene asiento- por la fugacidad mundana? ¿Es posible el cambio de sentido y lo pasado, pasado? ¿Es la vida un simple paréntesis en la Nada? ¿O la gran mentira entre la Nada y nada?

¡Uf, qué calores!

Impropios de la época…dicen.

sábado, 20 de mayo de 2017

Intimidades

Intimidades

Santos Rejas Rodríguez


Que las intimidades son para compartir con los más allegados o en la consulta del psicólogo, lo sé. Pero también, profesionalmente, suelo aconsejar que aquello que atenaza y atosiga los interiores se escriba. Plasmado en el papel los problemas suelen diluirse como nieve al sol…siempre que no sean eternas.

Siguiendo la máxima de «cura te ipsum» transcribo aquí y ahora, sobre este papel, la decisión tomada: ¡La he dejado! Y para siempre. Hay relaciones que parece llegarían  a buen puerto. Sorprende entonces que tras un inicio, satisfactorio por ambas partes, de repente surjan desavenencias que parecen insalvables. Romper una relación es un acontecimiento traumático que merece recurrir, antes de llevarlo a cabo y no ser tachado de inconsciencia reprobable, al consejo de un experto.

Así que, aprovechando la buena sintonía con la vendedora de unos grandes almacenes, a la vez que adquiría una sartén, le comenté el problema. Mujer versada y madura, me dio opinión y consejos que decidí seguir al pié de la letra. Un segundo dictamen, me dije, reforzará la decisión. A una agradable reponedora del supermercado la hice partícipe, pues,  de mi desavenencia. Más joven que la anterior, pero a todas luces más experimentada, me aconsejó paciencia, utilizar la mano izquierda y añadir un método, según ella, eficaz y salvífico para casos semejante.

He seguido ambas directrices, puesto gran voluntad y entusiasmo. ¡Fracaso total!
Tras más de media hora utilizando la plancha, «centro de planchado inteligente», la «mano izquierda para estirar» y el «planchado fácil», la camisa ha persistido en mantener sus arrugas y dobleces. Quitar una y marcarse otra más profunda y aguzada, un continuo. Tanto en la pechera como en la espalda. De las mangas, largas, ni mención siquiera.
Así que tras aquella primera y satisfactoria puesta de estreno, he roto definitivamente con ella. La tolerancia y comprensión tiene sus límites.

Tomada la decisión, calmado el ánimo, vuelto lo del pensar por dentro, me he inquirido sobre la causa de la causa y dicho: ¿No será que como me dijo un conocimiento, fugaz e irrepetible, el verde no es mi color? ¿Merecería la pena, y el esfuerzo, dar la oportunidad a otra prenda de color diferente? ¿De manga corta?

En superando el trauma, veré.

sábado, 13 de mayo de 2017

Rosquillas

Rosquillas

Santos Rejas Rodríguez

Acudo a comprar el pan nuestro de cada día, aunque en ocasiones no lo adquiera a diario y sea de un día para otro. Guardando turno en la cola entretengo la mirada recorriéndola por la vitrina en la que se exhiben las «rosquillas del santo»; las de San Isidro, madrileño patrón.
Rótulos en cada bandeja las identifican: «Francesas, Santa Clara, Listas y Tontas». Todas ellas recubiertas por una capa rugosa, supongo que de azúcar glaseada, o como se diga, y de atractivos colores: blanco brillante, vainilla reluciente, amarillo soleado…bueno, todas no. «Las Tontas» están sin recubrir, desnuditas ellas, podría decirse; y su color, marrón desvaído, carente de luz propia.



Turno de pedir. Mi panadera favorita me alarga la barra de pan al tiempo que pregunta si quiero rosquillas: ̶ Una de cada, contesto. Mientras las va introduciendo en la bolsa, y con objeto de rellenar el silencio, suelto lo primero que se me ocurre, como en sillón psicoanalítico: ̶ Las tontas, al no tener capa externa deberían ser más baratas que las  demás, digo. Con una sonrisa encantadora responde mi panadera: « ̶  Cuestan igual porque pesan menos». ̶ Ah, contesto. Y para aliviar mi sonrojo, añado: ̶ ¿Y a qué saben? « ̶ A nada, son simplonas».

Haciendo camino voy pensando: «No tienen capa externa, pesan menos, no saben a nada…pero cuestan igual que las listas» y me debato entre: « ¡serán tontas!» y « ¿serán tontas?». Al llegar a casa observo que he pellizcado el pan. Por ambos picos. A lo tonto, claro. ¡Ay, ese inconsciente!

(Pd.- Mi padre era uno de mis más fieles lectores. En ocasiones me decía: «Hijo, me gusta lo que escribes pero a veces no entiendo lo que quieres expresar». «Léelo tal cual y disfruta» le respondía yo, «y deja para psicólogos y psiquiatras lo del sacar las absurdas y divertidas interpretaciones de que son capaces». Pues eso).

sábado, 6 de mayo de 2017

Macron

Macron

Santos Rejas Rodríguez

Intuí, no era difícil el pronóstico ni necesario ser adivino o psicólogo, que conseguir en mí barrio una mesa de terraza sería tarea costosa: ¡juega el atlético!  Por ello me he adelantado con tiempo más que suficiente a la cita de aperitivo compartido.
Conseguido el objetivo, estiraba las piernas y relajaba los hombros a la vez que me iba a embutir los auriculares para entretener la espera con música, cuando me llegó, desde la mesa de al lado, el nombre de Macron.

He de confesar que «puse oreja». Me picó la curiosidad por saber la opinión sobre la política francesa desde esta orilla del Manzanares. Mi gozo al pozo: «su mujer es veinte años mayor que él», «la diferencia de edad, fracaso seguro de pareja», «interés económico por medio»…Me calcé a toda prisa los auriculares y, saboreando un vino de la rioja, me dispuse a disfrutar la espera.

Diana Krall oficia de terapeuta y me conduce, ya calmado el sarpullido del picor, a rumiar sobre lo escuchado: ¿la igualdad de edad en la pareja garantiza la estabilidad? ¿Y la felicidad? ¿El fracaso proviene que uno u otra, u otra y uno, tengan diferentes edades? ¿Cuántos años arriba o abajo? Si la relación de Macron fracasa en algún momento tras, creo, más de veinte años que lleva junto a su pareja ¿le habrá merecido la pena? ¿Pensará que mejor no haber tenido esos años de felicidad?



Hago una pausa, bebo un sorbo de vino, miro hacia los ocupantes de la  mesa de al lado y me pregunto: ¿Se puede ser feliz, inmensamente feliz, en relaciones de incierta duración y edades diferentes?  ¿La edad pareja es garantía de estabilidad? ¿La edad y el tiempo son las varas de medir la felicidad?

Desenchufo los auriculares porque ha llegado el momento de compartir el aperitivo con una persona amiga... ¿De qué edad? Je, je ¡Curiosones! ¡Aúpa Atlético!

sábado, 29 de abril de 2017

Golfos

Golfos

Santos Rejas Rodríguez

Que España está rodeada de golfos es una realidad incuestionable. En ocasiones me he preguntado si en lugar de tener tantos no hubiera sido preferible uno y grande, como en México. Pero la geomorfología tiene sus caprichos y hemos de conformarnos, en la era actual y  probablemente en las venideras, con los que tenemos. Como se decía antes, v.gr.: los golfos de Vizcaya, Cádiz, Almería, Valencia, Rosas y, apurando un poco el mapa, el lindero de León.


A tanto golfo hay que añadirle las bahías, rías costeras y otras de interior, o sea, lagunas y humedales. Son los golfillos, aprendices de las golferías de sus mayores y adláteres a quienes quieren emular e incluso superar. Puede que con el tiempo alguno de ellos lo consiga en función del cambio climático y la elevación de la temperatura… salvo glaciación imprevista o meteorito  caído de los cielos.

Lo último, o sea lo del pedrusco cabrón, es tan improbable como el de la existencia de un ser supremo, justiciero, que diera a la tierra lo que es de la tierra y al mar, lo del mar. Como no lo hay, el mar  se reviste de golfo y va engullendo la tierra que le sale de los hondones.  Y no devuelve ni siquiera unos granitos de la arena robada…

¿Y la comitiva habitante? El personal se limita a contemplar, con embeleso y desde la orilla, la puesta de sol,  sin coscarse de que cada vez avanza más la marea que está dejando sin arena la playa; y que ante la impasibilidad,  por su lado, y la voracidad e impunidad, por la del otro, no es improbable que emerja un tsunami que no deje hueco ni para el llanto  ni el crujir de dientes.

Pues eso…

viernes, 21 de abril de 2017

Si tu me dices ven...

Si tu me dices ven…

Santos Rejas Rodríguez

Por alguna parte tengo escrito que me gusta la música. Desde Mozart y Ben Webster a los Pekenikes y Bee Gees pasando por El Cigala y Niña Pastori. Es decir, casi todo lo enmarcado en un pentagrama e incluso fuera de él.
Atender a las letras es ya otro cantar. En ocasiones, embutidos los auriculares y realizando ejercicios repetitivos no necesitados de concentración, las sigo: «No detengas el momento por las indecisiones…» entonan a coro Los Panchos mientras pedaleo.
Escuchar la letra que antecede y cabalgar mi pensamiento por caminos sembrados de encrucijadas ante las cuales hubo, y hay, que elegir senda, todo uno. Sería absurdo pensar que la  preferida en el momento de adentrarse por ella, no es la óptima. Pero es cierto que unas veces fue y otras estuvo plagada de vericuetos sin salidas, espinos crueles o fatigosas escarpadas.




¿Y si hubiera elegido la otra? Un mi amigo me tiene dicho que no hubo posibilidad de alguna otra, que la elegida, elegida estaba: Quod scripsi, scriptum est, para unos,  o maktub para otros.

No puedo refutarlo científicamente, así que no me adentraré  en polémicas ociosas. Pero afirmaré, eso sí, que más vale equivocarse, y mucho mejor acertar, eligiendo camino y adentrándose por él, que quedarse estático, inmóvil… por las indecisiones. La no elección no es un camino, o si lo es, conduce al limbo, que puede que no exista en el más allá pero si en el acá.

No quiere decirse  que «si tu me dices ven»  se acuda como gacela en berrea o marinero tras el canto de sirena, no, pero sí que es necesario elegir y hacer camino en busca  del vivir y la felicidad. Detenerse  por las indecisiones lleva a transformarse en estatua de sal.

Los Panchos, ajenos a la digresión, siguen a lo suyo, ay.

domingo, 16 de abril de 2017

Respirar


Respirar

Santos Rejas Rodríguez

(Otra hora incierta…)


Respirar no es suficiente para sobrevivir.
Se sobrevive con la luna casi llena y el sol casi apagado, pero la vida que quiere latir exige el brazo de un amante; de un amor que sea igual al tuyo, que avasalle cuando tu amor arrasa con violencia; que abrace con mimos cuando necesitas cariño, que silencie tu angustia cuando la depresión se instala, que calle cuando tus besos quieran enmudecer sus balbuceos.
Un amor que cante o baile al mismo son que el mío y sea fiero y dueño o aquietado y sereno.           
Respirar no es bastante aunque te estés ahogando y grites hacia el cielo con gemidos de auxilio.
Respirar es tan solo un Réquiem para muertos.

Yo necesito vida, la vida que me dieron para toda la vida.

lunes, 10 de abril de 2017

Deseos, sueños, indecisiones

Deseos, sueños, indecisiones

Santos Rejas Rodríguez

En esta semana calificada de santa, tan laica ella, una amiga, quizás influenciada por la espiritualidad que aun sigue fluyendo de los rescoldos del pasado o de las herencias sociales o genéticas, me decía que le entran cada vez más deseos de romper con lo cotidiano, recorrer tierras del mundo, visitar amigos lejanos…es decir, dar la vuelta al calcetín de la vida.

Contesté informándola que un conocido, cuando ganó sus primeros millones e iba a realizar el sueño de su vida, adquirir un barco y recorrer el mundo, aplazó el deseo porque le deslumbró el brillo de la luz que en ese periodo de su andadura social le focalizó. Más tarde llegaron las sombras  y ya no pudo levar anclas.




Los sucesos, tengo escrito y repetido, se arraciman. Unas horas antes a la manifestación de mi amiga nos había sobrecogido la noticia de la muerte imprevista de Carme Chacón. A los cuarenta y seis años. A la misma edad a la que falleció mi compañera y en ambos casos dándose unas circunstancias familiares tan idénticas que me hizo estremecer vivencias, recuerdos y sentires…Se fue cuando nos quedaba tanto por hacer. Unos quehaceres pospuestos por una eternidad…al menos.

A los dos acontecimientos descritos, como si no fueran suficientes como aviso para navegantes que están dubitativos de si emprender el viaje de cambiar aspectos no deseados del vivir actual: trabajo, compañía, entorno, se unió la voz arrancherada de Mari Trini mientras atravesaba  una plazuela recoleta de mi Cáceres de origen: ‘no detengas el momento por las indecisiones…’


El tiempo es tan finito. La vida tan fugaz…pues eso.

sábado, 25 de marzo de 2017

De la memoria y tal...

De la memoria y tal…

Santos Rejas Rodríguez


Cuando puedo, que suele ser cinco días a la semana, acudo a un gimnasio. No para cometer excesos, que no: cinta corredora, bicicleta, pesas… ejercicios para castigar gemelos, abductores, bíceps, dorsales…abdominales no, por si las hernias, que dicen son muy dañinas y costosas de mantener. En menos de dos horas dopado y el almacén lleno de endorfinas.

Mi sala de ejercicios se rotula ‘De musculación’, aunque es evidente que se permite el acceso sin estar musculado. En otra vecina a ella, a las órdenes de un monitor, grupos de personas hacen ejercicios. Pilates, creo. La edad media de los gimnastas debe rondar los ochenta años con una desviación típica de cinco puntos, más o menos. Atreverse a practicar a esas edades los movimientos que he visto realizan es digno de elogio… y moderada preocupación. Existen desfibriladores en el Centro.

Uno de los días, al finalizar mi entrenamiento, coincidí en la zona de las taquillas roperas con los usuarios de Pilates. Pude observar que más de una persona iba probando la llave en diferentes casilleros hasta dar con la suya. Una de las comprobadas fue la situada junto a la mía: ‘-No recuerdo el número de mi taquilla’, me dijo. ‘–Cosa de la edad’, añadió.



Por mi natural timidez, la desgana en hacer nuevas amistades y, lo que es más importante, desconocer la profundidad del charco en que puedes meterte, respondí con una media sonrisa y gesto ambiguo, de los que no dicen nada ni a favor ni en contra.

 Pero mi curiosidad, escasa por lo general, se despertó. Procuré coincidir con el grupo observando que, en todas las ocasiones, más de uno de sus componentes buscaba el almacenaje de sus enseres  probando la llave en diversas taquillas hasta dar con la suya. ¿Pérdida de memoria? ¿Olvidos por la edad?

Una conclusión precipitada diría que sí. Pero mi estudio empírico tenía más alcance. A lo largo de la investigación pude constatar que ninguno de los pilateros olvidó retirar la moneda depositada en el casillero de la taquilla. Nunca jamás. Ni uno. ¿Un euro despierta la memoria más recalcitrante? ¿O es la atención la que la espabila? ¿Prestando atención al elegir taquilla se recordará después el número de la misma?

En otra ocasión hablaremos de la atención y la memoria. Una pareja que, como todas las de la vida, hay que cuidarla. La una de la otra y viceversa. Con mimo y cariño. De ese modo, quizás, no cabrá la duda sobre la llave que la abre… o la cierra. Y posiblemente sin euros por medio… ¿O sí? Uf, en menudo charco me acabo de meter.

domingo, 12 de marzo de 2017

Un guiño

Un guiño


Santos Rejas Rodríguez


Con sus piernas como un par de palillitos, pelo Françoise Hardy, ojos lánguidos y catorce o camino de quince años, incomprensibles para un muchacho adolescente  pero que sí siente cómo  algo se derrite por dentro al mirarla…

En esa edad de amores imposibles, cuando el mundo se parte por la mitad si Ella  no te ha mirado al cruzarse en el camino; camino en el que fugazmente coincides tras un tiempo de espera al aguardo para encontrarla ‘casualmente’., En esa edad, repito: ¡Cómo se sufre al partirse en tantas ocasiones el alma y en tantos pedazos que se piensa nunca más podrán recomponerse.

Después la vida se hace adulta. Se van tapando resquicios para impedir que por alguno de ellos se cuele un amor que haga sufrir. La adolescencia, sea a tiempo o tardía, se ha alejado hasta un punto tan de infinito que produce sensación de resguardo.

Asentado bajo el cielo protector de la madurez ya esperamos un discurrir de la vida ausente del dolor punzante, la falta de oxígeno, el tiempo inacabable para volverla a ver y hundirte en sus ojos, oír su voz, escuchar su risa o sentir el latido de su mano en la propia…



Falsa pretensión. Fracaso de las defensas del sentir. De repente la vida, con ojos de mujer en este caso, te hace un guiño y vuelta a empezar: ¿Al amor? Sí. ¿Al sufrir? También. ¿Tan imposibles y dolorosos? O más...

¿Hay antídoto? ¡Uf, vaya pregunta! Mejor lo dejamos aquí…

martes, 7 de marzo de 2017

Protectores

Protectores

Santos Rejas Rodríguez


-¡Qué serio eres, hijo! soltó al mirarme.
–Las apariencias engañan, me vino la respuesta a la mente, que no a la boca. Contención verbal  fruto del andar la vida. El gesto serio de la cara ha sido, y seguirá siendo hasta el final del trayecto, mi protector de pantalla.  ¿Defensor de la intimidad, del recoveco vulnerable a las intromisiones ajenas, simple resguardo de  timidez? O quizás al ADN. Puede que en algunos de sus segmentos se ha agazapado el gen de un bisabuelo de apariencia adusta que la utilizó como mecanismo de defensa de no se sabe qué.

En horas próximas a la madrugada debatía con mi hijo pequeño los nuevos procesos de socialización a través de las redes sociales. Defendía él que las relaciones que se establecen a través de este medio –con todas las cautelas precisas- son más rápidas y sinceras que las del cara a cara porque el interlocutor está desprovisto del revestimiento físico que obra de escudo protector y que, además, puede generar  rechazo a primera vista sin siquiera intercambiar palabra alguna.



Recordé, como similitud,  alguno de los interminables viajes en tren de mi juventud…y más allá, en los que a algún desconocido, desconocida casi siempre, hacía partícipe –y también viceversa- de intimidades que a los allegados jamás hubiéramos desvelado. Y todo porque en llegando a la estación de destino  nunca volveríamos a encontrarnos, retornando cada cual  a su caparazón cotidiano para seguir con el proceso de socialización al uso.

-¡Qué serio eres, hijo!

-Pero sin ropa gano mucho.

Y sonreí.

martes, 14 de febrero de 2017

Pesares

Pesares

Santos Rejas Rodríguez 

Las palabras pesan. Su peso específico está en función de la imagen que evocan, principal componente.
¡Me gusta mi clavel! ‘clavel’, quizás por su aroma, tiene un peso liviano, evanescente, casi. ¡Me gusta mi carnicera! ‘carnicera’ oficia de alud, desprende una circunvolución cerebral y la arrastra a lo largo de la espina dorsal –que se decía antes- hasta los hondones, dado la multitud de imágenes que puede despertar.
En lo de las palabras, siempre, lo he tenido claro. Pero ¿y las miradas? ¿Pesan?
En mi pequeño mirador hacia la calle tengo ubicada una mesa inestable, de Ikea; sobre ella se posa mi portátil. Sentado en un cómodo sillón transfiero lo escrito desde el cuaderno urbano al procesador de texto. En las pausas del pensar sobre lo transcrito, en busca del sinónimo huidizo o simplemente descansando, poso la mirada sobre el discurrir de la vida bajo mi balconcillo.
Hoy ha sido uno de esos días. Pasa una mujer. Camina en paseo abstraída en su pensar. Independiente del entorno. Y entonces, cuando apenas llevo mirándola unos pocos segundos, enlentece el paso, se atusa el pelo, mira de soslayo…siento que ha sentido el peso de la mirada, mi mirada, y que si continuo mirándola elevará sus ojos hacia el origen, los míos, que aparto con presteza. De reojo contemplo como reanuda su ritmo de paseo íntimo.


¿Casualidad? ¿Intuición? ¿Sensibilidad a flor de piel de la paseante? Retorno a mi escritura pero un run run interno me hace repetir la experiencia. De nuevo quien transita la acera es también mujer. Quizás más joven que la anterior. Miro fijamente el pañuelo coloreado que cubre su cabeza. En acto reflejo de estímulo – respuesta, diría,  se lleva una mano hacia él y se lo ajusta, lo ahueca y, con disimulo, se gira mirando tras de sí…
Puedo asegurar que en ambas ocasiones la mirada salida de mis ojos ha sido neutra. La primera vez incluso distraída, atrapada por el movimiento de la transeúnte. La segunda, aunque intencionada, carente de emotividad, por lo que deduzco que la distancia que separa el mirador del asfalto las ha dotado de peso que, al llegar a su destinatario, carga sobre su cuerpo haciéndose sentir.
¿Será correcta la conclusión? ¿Y si la mirada es horizontal en lugar de vertical? ¿Pesará menos? ¿A mayor altitud más pesar? ¿Será un mecanismo de defensa innato? ¿Cuándo y por qué se gestó? ¿Sucederá lo mismo si el mirado fuera hombre?

Corro las cortinas y continúo con mí escribir. ¡Qué pesares, por Dios!

sábado, 28 de enero de 2017

Reflexiones con un chupito...o dos, de ron

Reflexión con un chupito, o dos, de ron

Santos Rejas Rodríguez


Un pecho, o dos, caídos, que no vencidos, cuando natura dice ¡hasta aquí hemos llegado y ahora toca bajada! Es lo normal, comprensible y hasta entrañable si, pese a la caída, permanece la sensibilidad intacta e incluso acrecentada. Me refiero a la sensibilidad interna; la del sentir en lo hondo sin renunciar, por supuestos, al sentir externo, a las caricias táctiles, adecuadas y deseadas por el pecho, o los pechos, receptores, que también irán a parar a los interiores del sentir...



Ahora bien: ni el paso del tiempo, ni el rigor de la naturaleza justifica - ni una mente medianamente liberal y comprensiva puede aceptar- un culo fláccido y colgante. El hecho de un culo de estas características es un producto del abandono, el resultado evidente de la dejadez, de una rendición sin presentar batalla y de vagancia extrema e injustificable.

Con uno, o dos, pecho (s) caídos poco puede hacerse. No sería humano, y podría atentar contra la economía y salud, requerir operación quirúrgica de restauración. Ir contra natura puede acarrear consecuencias indeseables semejantes a recurrir a una resección en caso de unos huevos colgantes. Quizás un suspensorio…aunque no soy partidario ni de eso: si cuelgan, cuelgan.

Corregir un culo laxo y fofo, devolverlo y mantenerlo en todo su esplendor,  es otra historia. Su conservación de turgencia y dureza es cuestión de voluntad, disciplina, ejercicio…en una palabra de quererlo para sí y para el gozo. Y no solo es una cuestión de estética, sino también de ética ¿A qué viene esto? ¿Otro chupito de ron? ¡Marchando…!

martes, 3 de enero de 2017

Ganas de...

Ganas de…

Santos Rejas Rodríguez


Ignoro sus vidas, relación, antecedentes y consecuentes…el aquí y el ahora es mi única referencia.
El aquí es una cafetería en este mi Madrid de adopción. El ahora es la del aperitivo en el inicio de la semana del nuevo año. Los personajes son un él y una ella de edad mediana, o sea, en la cuarentena indefinida. De testigo, mudo, un niño de poca edad; quizás tres o cuatro años, que duerme sobre el carrito infantil.
La mesa adyacente a estos personajes está vacía. Sobre ella deposito cuaderno y barra de pan. El chaquetón lo cuelgo en el respaldo de la silla. Me dispongo a acercarme a la barra para solicitar la consumición.
En ese instante oigo, y escucho, la frase que el él le dedica a ella: ‘que te he dicho que me escuches, que me prestes atención…’ sin levantar la voz, en sordina de pistola con silenciador. Y añade: ‘que me mires de una puta vez y atiendas cuando yo te hablo’. Y esta vez enmarcando una sonrisa que perfila unos labios apretados, crueles.



Y ella, obediente, lo mira como animal vencido por un depredador implacable.
Contengo mis ganas de acercarme y decirle a ella: ¡Mándale a tomar por c…! Las que siento con respecto a él no puedo reseñarlas por escrito, creo que es delito…

Retomo el chaquetón a mis hombros. Recojo la barra de pan y el cuaderno. Renuncio a un aperitivo que incrementaría los ácidos que se me han formado en el estómago. El niño duerme. El año, el de siempre, sigue su curso.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Hojas...

Hojas…
Santos Rejas Rodríguez

Tras la ventanilla del autobús que me lleva a cualquier parte en busca de un algo indeterminado, contemplo el indolente caer de las hojas de otoño.

Vete a saber si relacionado con algún asunto que vaga por mi inconsciente, o por pura envidia, se desprende de mi novela interminable una hoja con personaje incluido. Sin darme respiro, el aparecido me susurra: ‘cómo se equivocan ellas poniendo su querer donde no deben…’

En lugar de bajarme del vehículo aprovechando la excusa de que un pescadero fuera del puesto acaba de habitar el autobús, mi consciente, que es más inconsciente que el freudiano, entra al trapo y contesta: ‘Ellas son superiores. Sin la menor duda. Siempre saben lo que quieren. Si los hombres lo tuviéramos tan claro, nuestras vidas serían más vida…’

Hubiera preferido una respuesta irónica. Incluso caustica o despectiva. Un ¡Ja! Por ejemplo. En su lugar, sin saber cómo, mi personaje indómito canta por boca de la chica sentada a mi vera: ‘Ya no puedo vivir así, durmiendo con él y pensando en ti’.


El ímpetu con que me bajo del autobús casi me hace poner el pie encima de un corazón tirado en el suelo. Y pensar, me digo al alejarme, que el abandonado entre hojarascas fue as de los corazones…

sábado, 3 de diciembre de 2016

Cualquier tiempo pasado...

Cualquier tiempo pasado…

Santos Rejas Rodríguez


‘Y sentí dolor en el pecho’, finalizó diciéndome el adolescente de dieciséis años. ¿Dolor de amor? No. De ansiedad, de angustia ante los exámenes que tenía por delante y su ‘necesidad’ de obtener máximas notas que le vayan aproximando el acceso a la carrera universitaria deseada, al título que será papel mojado si no le añade varios máster que le acrediten para ejercerlo y que, a buen seguro, limitarán para siempre su universo de conocimientos y quebrantarán la economía familiar.




Mis compañeros de aquel entonces, yo mismo ¿tuvimos alguna vez dolor precordial ante un examen? ¿Por necesidad de obtener una calificación sobresaliente que abriera las puertas de la universidad? Que recuerde, no. Bastaba superar la opción elegida, ciencias o letras, y quedaba expedita la Facultad que expediría el título para ejercer una profesión desde ese mismo instante.

¿Había que estudiar? Sí, claro. Pero había que sumergirse con idéntica, o mayor intensidad, en submarinos amarillos para elegir entre el ser y la nada, combatir la nausea existencial y contemplar cómo la metamorfosis alargaba el cabello cuajándolo de ideas, anhelos, y alguna flor perdida entre ellos… Y había que estirar las horas para que cupiera el canto al soldadito boliviano, al recuerdo de Amanda y a adentrarse con los cachorros en barrios perdidos donde las hojarascas se arracimaban a los pies de un coronel que no tenía quien le escribiera… en sus cien años de soledad.

No hallamos hueco en aquel entonces para estudiar inglés. Por las calles de París los chicos y las chicas cogidos de la mano tras la flauta mágica de una Françoise inalcanzable descubrían tras las barricadas de hierro y cartón piedra que el francés era más, mucho más que un idioma…

Como remate, y pese a todo el cúmulo de deberes relatados que pesaban sobre los inciertos hombros juveniles, cuando el campus se teñía de gris, había que galopar hasta enterrarlos en el mar. Y los dolores de corazón, intensos y desgarradores, reservados para los amores imposibles.


El tiempo pasado, cualquier tiempo pasado… ¡qué diferente e irrepetible es! ¡Ay!

miércoles, 9 de noviembre de 2016

9 de noviembre

9 de noviembre…

Santos Rejas Rodríguez

Escribo mientras me debato entre la casualidad y el determinismo. Muy de mañana he probado mis nuevos auriculares bluetooth. Como si hubiera estado al aguardo se coló en mis oídos clara y nítidamente: ‘Quien cada nueve de noviembre, como siempre sin tarjeta…’



Sí. En efecto. El ramito de violetas. ¿Casualidad escucharla precisamente hoy? ¿Determinismo acaso? Quizás mezcla de ambas. ¡Qué ganas le tenía yo a esta canción! Puede que desde los tiempos que se la escuché a Cecilia en su versión almibarada y dulzona. 

Hoy ha sido la adaptación de Manzanita la escuchada.
Aunque en ambas interpretaciones la letra es un parangón de infidelidad e incomunicación, la del cantante tiene un matiz que ha restado parte de la indignación que siempre me produjo al escucharla. Un matiz cuya entonación me ha llegado a alguna cuerda sensible del interior cuando canta lo de: ‘y cada tarde al volver su esposo, cansado del trabajo va y la mira de reojo…’ Ese ‘va y la mira de reojo…’ es una figura plástica que cala.

Pero enseguida me pregunto y le digo a él: ¿Por qué no la miras de frente y pones tus ojos en sus ojos? ¿Por qué el ramito de violetas no son tus dedos, hechos mano, transmitiéndole ternura? ¿Escuchas los silencios de su corazón, los entre latido y latido, llenándoselo de esperanza? ¿Haces que se sienta querida sin necesidad de cartas anónimas o carencia de tarjeta en el ramito de violetas? ¿No puedes convertir tus poemas en palabras susurrantes que la hagan brillar los ojos? ¿Acaso no puedes asirte a su mano y, compartiendo risas, correr unidos hacia el horizonte infinito?

Mis preguntas hacia ella, la condenso en un solo interrogante: ¿Por qué callas y no dices nada?


Claro que, me digo y consuelo, este modo de relación de pareja, de silencios e incomunicación, de infidelidad de pensamiento, se daba allá en los tiempos del Pato Donald. Hoy las parejas son diferentes: comunicativas, sinceras y fieles en pensamiento y obra. Estamos en una era nueva, en la de Donald Trump…¡ay!

jueves, 29 de septiembre de 2016

Adivina, adivinanza...

Adivina, adivinanza…

Santos Rejas Rodríguez

En la cafetería de la Facultad, hace muchos años, conocí a Ruiz Mateos. El amigo común me presentó con un: ‘Santos es psicólogo’, pienso que como advertencia, porque don José María, sin soltarme la mano, y retrocediendo unos pasos, dijo: ‘¡Cómo me gustaría, también, mirar a los ojos de las personas y adivinar su pensamiento!’

Dejo el resto de la anécdota para otra ocasión. Los psicólogos, al menos los colegas amigos próximos y yo mismo, ni somos adivinos ni leemos el pensamiento ¡Menudo marrón sería!




No leer el pensamiento no impide mirar el entorno y con las evidencias observadas, hacer pronósticos.


El 19 de junio pasado escribí, y publiqué en este mismo medio ‘Pronósticos…uno más’. Entresaco unos párrafos para refrescar la memoria: ‘Gobernará el PP con pacto de legislatura de Ciudadanos y abstención del PSOE…Sánchez será la cabeza a arrojar a los electores de su partido…’

Visto lo que estamos viendo y oyendo, aunque mejor hubiera sido no verlo ni oírlo, me afirmo en lo que escribí referido a las segundas elecciones. En este momento los costaleros portan el paso de ‘El derribo de Pedro’, con parada en Ferraz, a la espera de que cesen los tambores y cornetas para el canto de las saetas.
Está por ver, y aquí la cuestión de adivina adivinanza, si Sánchez optará por morir como Sansón, matando, o emprenderá la huida  a ninguna parte como gallo descabezado. Sea el que sea el fin que elija, está muerto, políticamente, claro.

¿Y después de Pedro?


Con seguridad, lo de siempre…y los de siempre.
 ¡Ay!

jueves, 22 de septiembre de 2016

Y entonces vas...

Y entonces vas…

Santos Rejas Rodríguez

‘Al pie de un buzón de correos ves un sobre en el suelo. Tiene la dirección y el sello puesto. La solapa está abierta. ¿Qué harías?’
Es una de las estupideces que suelen preguntarse para evaluar comportamientos sociales adecuados. Por supuesto que ya, lectores míos, habéis dado la respuesta generalmente aceptada, adaptativa y de sentido común:

‘La cerraría y echaría en el buzón’. Respuesta sencilla, ¿verdad? Pues entonces vas…y la cagas: ‘pero antes leería la carta y la rompería’.

Cuando los aquellos que van surgiendo en la convivencia en pareja se han ido conjugando, las intromisiones o ausencias en el espacio personal de cada uno se han ido comprendiendo y respetando; cuando la mano está ahí siempre que la necesitas y que, además, es la que estuviste buscando y hallaste. La elegida para compartir con la tuya, juntas, el camino del vivir,  y lo previsible es incrementar la comunicación, el amor, el comprenderse en el día a día,  entonces vas y…, sí, en efecto, la cagas.





No se trata solo de un Brad o una Angelina, que ya hemos visto que también, sino de los seres anónimos, cotidianos; los tu y yo, mujer y hombre, que unas veces el uno y otras veces la otra, todos, (la) cagamos.

¿Y por qué si sabemos la respuesta correcta?

A la conducta del destructor de la carta se la suele denominar psicopática. ¿Valdrá como respuesta genérica? ¿O es a causa de un  condicionante humano? ¿Muy humano, o así, así? ¿Actual o desde los orígenes?
Ensimismado por tanta pregunta casi me marcho de la soleada terraza en la que estaba despidiendo al último sol del verano y dando la bienvenida al de otoño sin pagar la consumición ¡Ay!