sábado, 29 de abril de 2017

Golfos

Golfos

Santos Rejas Rodríguez

Que España está rodeada de golfos es una realidad incuestionable. En ocasiones me he preguntado si en lugar de tener tantos no hubiera sido preferible uno y grande, como en México. Pero la geomorfología tiene sus caprichos y hemos de conformarnos, en la era actual y  probablemente en las venideras, con los que tenemos. Como se decía antes, v.gr.: los golfos de Vizcaya, Cádiz, Almería, Valencia, Rosas y, apurando un poco el mapa, el lindero de León.


A tanto golfo hay que añadirle las bahías, rías costeras y otras de interior, o sea, lagunas y humedales. Son los golfillos, aprendices de las golferías de sus mayores y adláteres a quienes quieren emular e incluso superar. Puede que con el tiempo alguno de ellos lo consiga en función del cambio climático y la elevación de la temperatura… salvo glaciación imprevista o meteorito  caído de los cielos.

Lo último, o sea lo del pedrusco cabrón, es tan improbable como el de la existencia de un ser supremo, justiciero, que diera a la tierra lo que es de la tierra y al mar, lo del mar. Como no lo hay, el mar  se reviste de golfo y va engullendo la tierra que le sale de los hondones.  Y no devuelve ni siquiera unos granitos de la arena robada…

¿Y la comitiva habitante? El personal se limita a contemplar, con embeleso y desde la orilla, la puesta de sol,  sin coscarse de que cada vez avanza más la marea que está dejando sin arena la playa; y que ante la impasibilidad,  por su lado, y la voracidad e impunidad, por la del otro, no es improbable que emerja un tsunami que no deje hueco ni para el llanto  ni el crujir de dientes.

Pues eso…

viernes, 21 de abril de 2017

Si tu me dices ven...

Si tu me dices ven…

Santos Rejas Rodríguez

Por alguna parte tengo escrito que me gusta la música. Desde Mozart y Ben Webster a los Pekenikes y Bee Gees pasando por El Cigala y Niña Pastori. Es decir, casi todo lo enmarcado en un pentagrama e incluso fuera de él.
Atender a las letras es ya otro cantar. En ocasiones, embutidos los auriculares y realizando ejercicios repetitivos no necesitados de concentración, las sigo: «No detengas el momento por las indecisiones…» entonan a coro Los Panchos mientras pedaleo.
Escuchar la letra que antecede y cabalgar mi pensamiento por caminos sembrados de encrucijadas ante las cuales hubo, y hay, que elegir senda, todo uno. Sería absurdo pensar que la  preferida en el momento de adentrarse por ella, no es la óptima. Pero es cierto que unas veces fue y otras estuvo plagada de vericuetos sin salidas, espinos crueles o fatigosas escarpadas.




¿Y si hubiera elegido la otra? Un mi amigo me tiene dicho que no hubo posibilidad de alguna otra, que la elegida, elegida estaba: Quod scripsi, scriptum est, para unos,  o maktub para otros.

No puedo refutarlo científicamente, así que no me adentraré  en polémicas ociosas. Pero afirmaré, eso sí, que más vale equivocarse, y mucho mejor acertar, eligiendo camino y adentrándose por él, que quedarse estático, inmóvil… por las indecisiones. La no elección no es un camino, o si lo es, conduce al limbo, que puede que no exista en el más allá pero si en el acá.

No quiere decirse  que «si tu me dices ven»  se acuda como gacela en berrea o marinero tras el canto de sirena, no, pero sí que es necesario elegir y hacer camino en busca  del vivir y la felicidad. Detenerse  por las indecisiones lleva a transformarse en estatua de sal.

Los Panchos, ajenos a la digresión, siguen a lo suyo, ay.

domingo, 16 de abril de 2017

Respirar


Respirar

Santos Rejas Rodríguez

(Otra hora incierta…)


Respirar no es suficiente para sobrevivir.
Se sobrevive con la luna casi llena y el sol casi apagado, pero la vida que quiere latir exige el brazo de un amante; de un amor que sea igual al tuyo, que avasalle cuando tu amor arrasa con violencia; que abrace con mimos cuando necesitas cariño, que silencie tu angustia cuando la depresión se instala, que calle cuando tus besos quieran enmudecer sus balbuceos.
Un amor que cante o baile al mismo son que el mío y sea fiero y dueño o aquietado y sereno.           
Respirar no es bastante aunque te estés ahogando y grites hacia el cielo con gemidos de auxilio.
Respirar es tan solo un Réquiem para muertos.

Yo necesito vida, la vida que me dieron para toda la vida.

lunes, 10 de abril de 2017

Deseos, sueños, indecisiones

Deseos, sueños, indecisiones

Santos Rejas Rodríguez

En esta semana calificada de santa, tan laica ella, una amiga, quizás influenciada por la espiritualidad que aun sigue fluyendo de los rescoldos del pasado o de las herencias sociales o genéticas, me decía que le entran cada vez más deseos de romper con lo cotidiano, recorrer tierras del mundo, visitar amigos lejanos…es decir, dar la vuelta al calcetín de la vida.

Contesté informándola que un conocido, cuando ganó sus primeros millones e iba a realizar el sueño de su vida, adquirir un barco y recorrer el mundo, aplazó el deseo porque le deslumbró el brillo de la luz que en ese periodo de su andadura social le focalizó. Más tarde llegaron las sombras  y ya no pudo levar anclas.




Los sucesos, tengo escrito y repetido, se arraciman. Unas horas antes a la manifestación de mi amiga nos había sobrecogido la noticia de la muerte imprevista de Carme Chacón. A los cuarenta y seis años. A la misma edad a la que falleció mi compañera y en ambos casos dándose unas circunstancias familiares tan idénticas que me hizo estremecer vivencias, recuerdos y sentires…Se fue cuando nos quedaba tanto por hacer. Unos quehaceres pospuestos por una eternidad…al menos.

A los dos acontecimientos descritos, como si no fueran suficientes como aviso para navegantes que están dubitativos de si emprender el viaje de cambiar aspectos no deseados del vivir actual: trabajo, compañía, entorno, se unió la voz arrancherada de Mari Trini mientras atravesaba  una plazuela recoleta de mi Cáceres de origen: ‘no detengas el momento por las indecisiones…’


El tiempo es tan finito. La vida tan fugaz…pues eso.

sábado, 25 de marzo de 2017

De la memoria y tal...

De la memoria y tal…

Santos Rejas Rodríguez


Cuando puedo, que suele ser cinco días a la semana, acudo a un gimnasio. No para cometer excesos, que no: cinta corredora, bicicleta, pesas… ejercicios para castigar gemelos, abductores, bíceps, dorsales…abdominales no, por si las hernias, que dicen son muy dañinas y costosas de mantener. En menos de dos horas dopado y el almacén lleno de endorfinas.

Mi sala de ejercicios se rotula ‘De musculación’, aunque es evidente que se permite el acceso sin estar musculado. En otra vecina a ella, a las órdenes de un monitor, grupos de personas hacen ejercicios. Pilates, creo. La edad media de los gimnastas debe rondar los ochenta años con una desviación típica de cinco puntos, más o menos. Atreverse a practicar a esas edades los movimientos que he visto realizan es digno de elogio… y moderada preocupación. Existen desfibriladores en el Centro.

Uno de los días, al finalizar mi entrenamiento, coincidí en la zona de las taquillas roperas con los usuarios de Pilates. Pude observar que más de una persona iba probando la llave en diferentes casilleros hasta dar con la suya. Una de las comprobadas fue la situada junto a la mía: ‘-No recuerdo el número de mi taquilla’, me dijo. ‘–Cosa de la edad’, añadió.



Por mi natural timidez, la desgana en hacer nuevas amistades y, lo que es más importante, desconocer la profundidad del charco en que puedes meterte, respondí con una media sonrisa y gesto ambiguo, de los que no dicen nada ni a favor ni en contra.

 Pero mi curiosidad, escasa por lo general, se despertó. Procuré coincidir con el grupo observando que, en todas las ocasiones, más de uno de sus componentes buscaba el almacenaje de sus enseres  probando la llave en diversas taquillas hasta dar con la suya. ¿Pérdida de memoria? ¿Olvidos por la edad?

Una conclusión precipitada diría que sí. Pero mi estudio empírico tenía más alcance. A lo largo de la investigación pude constatar que ninguno de los pilateros olvidó retirar la moneda depositada en el casillero de la taquilla. Nunca jamás. Ni uno. ¿Un euro despierta la memoria más recalcitrante? ¿O es la atención la que la espabila? ¿Prestando atención al elegir taquilla se recordará después el número de la misma?

En otra ocasión hablaremos de la atención y la memoria. Una pareja que, como todas las de la vida, hay que cuidarla. La una de la otra y viceversa. Con mimo y cariño. De ese modo, quizás, no cabrá la duda sobre la llave que la abre… o la cierra. Y posiblemente sin euros por medio… ¿O sí? Uf, en menudo charco me acabo de meter.

domingo, 12 de marzo de 2017

Un guiño

Un guiño


Santos Rejas Rodríguez


Con sus piernas como un par de palillitos, pelo Françoise Hardy, ojos lánguidos y catorce o camino de quince años, incomprensibles para un muchacho adolescente  pero que sí siente cómo  algo se derrite por dentro al mirarla…

En esa edad de amores imposibles, cuando el mundo se parte por la mitad si Ella  no te ha mirado al cruzarse en el camino; camino en el que fugazmente coincides tras un tiempo de espera al aguardo para encontrarla ‘casualmente’., En esa edad, repito: ¡Cómo se sufre al partirse en tantas ocasiones el alma y en tantos pedazos que se piensa nunca más podrán recomponerse.

Después la vida se hace adulta. Se van tapando resquicios para impedir que por alguno de ellos se cuele un amor que haga sufrir. La adolescencia, sea a tiempo o tardía, se ha alejado hasta un punto tan de infinito que produce sensación de resguardo.

Asentado bajo el cielo protector de la madurez ya esperamos un discurrir de la vida ausente del dolor punzante, la falta de oxígeno, el tiempo inacabable para volverla a ver y hundirte en sus ojos, oír su voz, escuchar su risa o sentir el latido de su mano en la propia…



Falsa pretensión. Fracaso de las defensas del sentir. De repente la vida, con ojos de mujer en este caso, te hace un guiño y vuelta a empezar: ¿Al amor? Sí. ¿Al sufrir? También. ¿Tan imposibles y dolorosos? O más...

¿Hay antídoto? ¡Uf, vaya pregunta! Mejor lo dejamos aquí…

martes, 7 de marzo de 2017

Protectores

Protectores

Santos Rejas Rodríguez


-¡Qué serio eres, hijo! soltó al mirarme.
–Las apariencias engañan, me vino la respuesta a la mente, que no a la boca. Contención verbal  fruto del andar la vida. El gesto serio de la cara ha sido, y seguirá siendo hasta el final del trayecto, mi protector de pantalla.  ¿Defensor de la intimidad, del recoveco vulnerable a las intromisiones ajenas, simple resguardo de  timidez? O quizás al ADN. Puede que en algunos de sus segmentos se ha agazapado el gen de un bisabuelo de apariencia adusta que la utilizó como mecanismo de defensa de no se sabe qué.

En horas próximas a la madrugada debatía con mi hijo pequeño los nuevos procesos de socialización a través de las redes sociales. Defendía él que las relaciones que se establecen a través de este medio –con todas las cautelas precisas- son más rápidas y sinceras que las del cara a cara porque el interlocutor está desprovisto del revestimiento físico que obra de escudo protector y que, además, puede generar  rechazo a primera vista sin siquiera intercambiar palabra alguna.



Recordé, como similitud,  alguno de los interminables viajes en tren de mi juventud…y más allá, en los que a algún desconocido, desconocida casi siempre, hacía partícipe –y también viceversa- de intimidades que a los allegados jamás hubiéramos desvelado. Y todo porque en llegando a la estación de destino  nunca volveríamos a encontrarnos, retornando cada cual  a su caparazón cotidiano para seguir con el proceso de socialización al uso.

-¡Qué serio eres, hijo!

-Pero sin ropa gano mucho.

Y sonreí.

martes, 14 de febrero de 2017

Pesares

Pesares

Santos Rejas Rodríguez 

Las palabras pesan. Su peso específico está en función de la imagen que evocan, principal componente.
¡Me gusta mi clavel! ‘clavel’, quizás por su aroma, tiene un peso liviano, evanescente, casi. ¡Me gusta mi carnicera! ‘carnicera’ oficia de alud, desprende una circunvolución cerebral y la arrastra a lo largo de la espina dorsal –que se decía antes- hasta los hondones, dado la multitud de imágenes que puede despertar.
En lo de las palabras, siempre, lo he tenido claro. Pero ¿y las miradas? ¿Pesan?
En mi pequeño mirador hacia la calle tengo ubicada una mesa inestable, de Ikea; sobre ella se posa mi portátil. Sentado en un cómodo sillón transfiero lo escrito desde el cuaderno urbano al procesador de texto. En las pausas del pensar sobre lo transcrito, en busca del sinónimo huidizo o simplemente descansando, poso la mirada sobre el discurrir de la vida bajo mi balconcillo.
Hoy ha sido uno de esos días. Pasa una mujer. Camina en paseo abstraída en su pensar. Independiente del entorno. Y entonces, cuando apenas llevo mirándola unos pocos segundos, enlentece el paso, se atusa el pelo, mira de soslayo…siento que ha sentido el peso de la mirada, mi mirada, y que si continuo mirándola elevará sus ojos hacia el origen, los míos, que aparto con presteza. De reojo contemplo como reanuda su ritmo de paseo íntimo.


¿Casualidad? ¿Intuición? ¿Sensibilidad a flor de piel de la paseante? Retorno a mi escritura pero un run run interno me hace repetir la experiencia. De nuevo quien transita la acera es también mujer. Quizás más joven que la anterior. Miro fijamente el pañuelo coloreado que cubre su cabeza. En acto reflejo de estímulo – respuesta, diría,  se lleva una mano hacia él y se lo ajusta, lo ahueca y, con disimulo, se gira mirando tras de sí…
Puedo asegurar que en ambas ocasiones la mirada salida de mis ojos ha sido neutra. La primera vez incluso distraída, atrapada por el movimiento de la transeúnte. La segunda, aunque intencionada, carente de emotividad, por lo que deduzco que la distancia que separa el mirador del asfalto las ha dotado de peso que, al llegar a su destinatario, carga sobre su cuerpo haciéndose sentir.
¿Será correcta la conclusión? ¿Y si la mirada es horizontal en lugar de vertical? ¿Pesará menos? ¿A mayor altitud más pesar? ¿Será un mecanismo de defensa innato? ¿Cuándo y por qué se gestó? ¿Sucederá lo mismo si el mirado fuera hombre?

Corro las cortinas y continúo con mí escribir. ¡Qué pesares, por Dios!

sábado, 28 de enero de 2017

Reflexiones con un chupito...o dos, de ron

Reflexión con un chupito, o dos, de ron

Santos Rejas Rodríguez


Un pecho, o dos, caídos, que no vencidos, cuando natura dice ¡hasta aquí hemos llegado y ahora toca bajada! Es lo normal, comprensible y hasta entrañable si, pese a la caída, permanece la sensibilidad intacta e incluso acrecentada. Me refiero a la sensibilidad interna; la del sentir en lo hondo sin renunciar, por supuestos, al sentir externo, a las caricias táctiles, adecuadas y deseadas por el pecho, o los pechos, receptores, que también irán a parar a los interiores del sentir...



Ahora bien: ni el paso del tiempo, ni el rigor de la naturaleza justifica - ni una mente medianamente liberal y comprensiva puede aceptar- un culo fláccido y colgante. El hecho de un culo de estas características es un producto del abandono, el resultado evidente de la dejadez, de una rendición sin presentar batalla y de vagancia extrema e injustificable.

Con uno, o dos, pecho (s) caídos poco puede hacerse. No sería humano, y podría atentar contra la economía y salud, requerir operación quirúrgica de restauración. Ir contra natura puede acarrear consecuencias indeseables semejantes a recurrir a una resección en caso de unos huevos colgantes. Quizás un suspensorio…aunque no soy partidario ni de eso: si cuelgan, cuelgan.

Corregir un culo laxo y fofo, devolverlo y mantenerlo en todo su esplendor,  es otra historia. Su conservación de turgencia y dureza es cuestión de voluntad, disciplina, ejercicio…en una palabra de quererlo para sí y para el gozo. Y no solo es una cuestión de estética, sino también de ética ¿A qué viene esto? ¿Otro chupito de ron? ¡Marchando…!

martes, 3 de enero de 2017

Ganas de...

Ganas de…

Santos Rejas Rodríguez


Ignoro sus vidas, relación, antecedentes y consecuentes…el aquí y el ahora es mi única referencia.
El aquí es una cafetería en este mi Madrid de adopción. El ahora es la del aperitivo en el inicio de la semana del nuevo año. Los personajes son un él y una ella de edad mediana, o sea, en la cuarentena indefinida. De testigo, mudo, un niño de poca edad; quizás tres o cuatro años, que duerme sobre el carrito infantil.
La mesa adyacente a estos personajes está vacía. Sobre ella deposito cuaderno y barra de pan. El chaquetón lo cuelgo en el respaldo de la silla. Me dispongo a acercarme a la barra para solicitar la consumición.
En ese instante oigo, y escucho, la frase que el él le dedica a ella: ‘que te he dicho que me escuches, que me prestes atención…’ sin levantar la voz, en sordina de pistola con silenciador. Y añade: ‘que me mires de una puta vez y atiendas cuando yo te hablo’. Y esta vez enmarcando una sonrisa que perfila unos labios apretados, crueles.



Y ella, obediente, lo mira como animal vencido por un depredador implacable.
Contengo mis ganas de acercarme y decirle a ella: ¡Mándale a tomar por c…! Las que siento con respecto a él no puedo reseñarlas por escrito, creo que es delito…

Retomo el chaquetón a mis hombros. Recojo la barra de pan y el cuaderno. Renuncio a un aperitivo que incrementaría los ácidos que se me han formado en el estómago. El niño duerme. El año, el de siempre, sigue su curso.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Hojas...

Hojas…
Santos Rejas Rodríguez

Tras la ventanilla del autobús que me lleva a cualquier parte en busca de un algo indeterminado, contemplo el indolente caer de las hojas de otoño.

Vete a saber si relacionado con algún asunto que vaga por mi inconsciente, o por pura envidia, se desprende de mi novela interminable una hoja con personaje incluido. Sin darme respiro, el aparecido me susurra: ‘cómo se equivocan ellas poniendo su querer donde no deben…’

En lugar de bajarme del vehículo aprovechando la excusa de que un pescadero fuera del puesto acaba de habitar el autobús, mi consciente, que es más inconsciente que el freudiano, entra al trapo y contesta: ‘Ellas son superiores. Sin la menor duda. Siempre saben lo que quieren. Si los hombres lo tuviéramos tan claro, nuestras vidas serían más vida…’

Hubiera preferido una respuesta irónica. Incluso caustica o despectiva. Un ¡Ja! Por ejemplo. En su lugar, sin saber cómo, mi personaje indómito canta por boca de la chica sentada a mi vera: ‘Ya no puedo vivir así, durmiendo con él y pensando en ti’.


El ímpetu con que me bajo del autobús casi me hace poner el pie encima de un corazón tirado en el suelo. Y pensar, me digo al alejarme, que el abandonado entre hojarascas fue as de los corazones…

sábado, 3 de diciembre de 2016

Cualquier tiempo pasado...

Cualquier tiempo pasado…

Santos Rejas Rodríguez


‘Y sentí dolor en el pecho’, finalizó diciéndome el adolescente de dieciséis años. ¿Dolor de amor? No. De ansiedad, de angustia ante los exámenes que tenía por delante y su ‘necesidad’ de obtener máximas notas que le vayan aproximando el acceso a la carrera universitaria deseada, al título que será papel mojado si no le añade varios máster que le acrediten para ejercerlo y que, a buen seguro, limitarán para siempre su universo de conocimientos y quebrantarán la economía familiar.




Mis compañeros de aquel entonces, yo mismo ¿tuvimos alguna vez dolor precordial ante un examen? ¿Por necesidad de obtener una calificación sobresaliente que abriera las puertas de la universidad? Que recuerde, no. Bastaba superar la opción elegida, ciencias o letras, y quedaba expedita la Facultad que expediría el título para ejercer una profesión desde ese mismo instante.

¿Había que estudiar? Sí, claro. Pero había que sumergirse con idéntica, o mayor intensidad, en submarinos amarillos para elegir entre el ser y la nada, combatir la nausea existencial y contemplar cómo la metamorfosis alargaba el cabello cuajándolo de ideas, anhelos, y alguna flor perdida entre ellos… Y había que estirar las horas para que cupiera el canto al soldadito boliviano, al recuerdo de Amanda y a adentrarse con los cachorros en barrios perdidos donde las hojarascas se arracimaban a los pies de un coronel que no tenía quien le escribiera… en sus cien años de soledad.

No hallamos hueco en aquel entonces para estudiar inglés. Por las calles de París los chicos y las chicas cogidos de la mano tras la flauta mágica de una Françoise inalcanzable descubrían tras las barricadas de hierro y cartón piedra que el francés era más, mucho más que un idioma…

Como remate, y pese a todo el cúmulo de deberes relatados que pesaban sobre los inciertos hombros juveniles, cuando el campus se teñía de gris, había que galopar hasta enterrarlos en el mar. Y los dolores de corazón, intensos y desgarradores, reservados para los amores imposibles.


El tiempo pasado, cualquier tiempo pasado… ¡qué diferente e irrepetible es! ¡Ay!

miércoles, 9 de noviembre de 2016

9 de noviembre

9 de noviembre…

Santos Rejas Rodríguez

Escribo mientras me debato entre la casualidad y el determinismo. Muy de mañana he probado mis nuevos auriculares bluetooth. Como si hubiera estado al aguardo se coló en mis oídos clara y nítidamente: ‘Quien cada nueve de noviembre, como siempre sin tarjeta…’



Sí. En efecto. El ramito de violetas. ¿Casualidad escucharla precisamente hoy? ¿Determinismo acaso? Quizás mezcla de ambas. ¡Qué ganas le tenía yo a esta canción! Puede que desde los tiempos que se la escuché a Cecilia en su versión almibarada y dulzona. 

Hoy ha sido la adaptación de Manzanita la escuchada.
Aunque en ambas interpretaciones la letra es un parangón de infidelidad e incomunicación, la del cantante tiene un matiz que ha restado parte de la indignación que siempre me produjo al escucharla. Un matiz cuya entonación me ha llegado a alguna cuerda sensible del interior cuando canta lo de: ‘y cada tarde al volver su esposo, cansado del trabajo va y la mira de reojo…’ Ese ‘va y la mira de reojo…’ es una figura plástica que cala.

Pero enseguida me pregunto y le digo a él: ¿Por qué no la miras de frente y pones tus ojos en sus ojos? ¿Por qué el ramito de violetas no son tus dedos, hechos mano, transmitiéndole ternura? ¿Escuchas los silencios de su corazón, los entre latido y latido, llenándoselo de esperanza? ¿Haces que se sienta querida sin necesidad de cartas anónimas o carencia de tarjeta en el ramito de violetas? ¿No puedes convertir tus poemas en palabras susurrantes que la hagan brillar los ojos? ¿Acaso no puedes asirte a su mano y, compartiendo risas, correr unidos hacia el horizonte infinito?

Mis preguntas hacia ella, la condenso en un solo interrogante: ¿Por qué callas y no dices nada?


Claro que, me digo y consuelo, este modo de relación de pareja, de silencios e incomunicación, de infidelidad de pensamiento, se daba allá en los tiempos del Pato Donald. Hoy las parejas son diferentes: comunicativas, sinceras y fieles en pensamiento y obra. Estamos en una era nueva, en la de Donald Trump…¡ay!

jueves, 29 de septiembre de 2016

Adivina, adivinanza...

Adivina, adivinanza…

Santos Rejas Rodríguez

En la cafetería de la Facultad, hace muchos años, conocí a Ruiz Mateos. El amigo común me presentó con un: ‘Santos es psicólogo’, pienso que como advertencia, porque don José María, sin soltarme la mano, y retrocediendo unos pasos, dijo: ‘¡Cómo me gustaría, también, mirar a los ojos de las personas y adivinar su pensamiento!’

Dejo el resto de la anécdota para otra ocasión. Los psicólogos, al menos los colegas amigos próximos y yo mismo, ni somos adivinos ni leemos el pensamiento ¡Menudo marrón sería!




No leer el pensamiento no impide mirar el entorno y con las evidencias observadas, hacer pronósticos.


El 19 de junio pasado escribí, y publiqué en este mismo medio ‘Pronósticos…uno más’. Entresaco unos párrafos para refrescar la memoria: ‘Gobernará el PP con pacto de legislatura de Ciudadanos y abstención del PSOE…Sánchez será la cabeza a arrojar a los electores de su partido…’

Visto lo que estamos viendo y oyendo, aunque mejor hubiera sido no verlo ni oírlo, me afirmo en lo que escribí referido a las segundas elecciones. En este momento los costaleros portan el paso de ‘El derribo de Pedro’, con parada en Ferraz, a la espera de que cesen los tambores y cornetas para el canto de las saetas.
Está por ver, y aquí la cuestión de adivina adivinanza, si Sánchez optará por morir como Sansón, matando, o emprenderá la huida  a ninguna parte como gallo descabezado. Sea el que sea el fin que elija, está muerto, políticamente, claro.

¿Y después de Pedro?


Con seguridad, lo de siempre…y los de siempre.
 ¡Ay!

jueves, 22 de septiembre de 2016

Y entonces vas...

Y entonces vas…

Santos Rejas Rodríguez

‘Al pie de un buzón de correos ves un sobre en el suelo. Tiene la dirección y el sello puesto. La solapa está abierta. ¿Qué harías?’
Es una de las estupideces que suelen preguntarse para evaluar comportamientos sociales adecuados. Por supuesto que ya, lectores míos, habéis dado la respuesta generalmente aceptada, adaptativa y de sentido común:

‘La cerraría y echaría en el buzón’. Respuesta sencilla, ¿verdad? Pues entonces vas…y la cagas: ‘pero antes leería la carta y la rompería’.

Cuando los aquellos que van surgiendo en la convivencia en pareja se han ido conjugando, las intromisiones o ausencias en el espacio personal de cada uno se han ido comprendiendo y respetando; cuando la mano está ahí siempre que la necesitas y que, además, es la que estuviste buscando y hallaste. La elegida para compartir con la tuya, juntas, el camino del vivir,  y lo previsible es incrementar la comunicación, el amor, el comprenderse en el día a día,  entonces vas y…, sí, en efecto, la cagas.





No se trata solo de un Brad o una Angelina, que ya hemos visto que también, sino de los seres anónimos, cotidianos; los tu y yo, mujer y hombre, que unas veces el uno y otras veces la otra, todos, (la) cagamos.

¿Y por qué si sabemos la respuesta correcta?

A la conducta del destructor de la carta se la suele denominar psicopática. ¿Valdrá como respuesta genérica? ¿O es a causa de un  condicionante humano? ¿Muy humano, o así, así? ¿Actual o desde los orígenes?
Ensimismado por tanta pregunta casi me marcho de la soleada terraza en la que estaba despidiendo al último sol del verano y dando la bienvenida al de otoño sin pagar la consumición ¡Ay!

miércoles, 24 de agosto de 2016

Series para pensar

Series para pensar

Santos Rejas Rodríguez


Al filo de la madrugada he terminado de ver el quinto y último capítulo de la serie televisiva Doctor Foster. Al margen de su calidad, no sorprendente en las producciones de la BBC, me ha atrapado la temática. Nada original, por cierto. Diría que incluso vulgar, en el sentido de habitual, desde el instante en que el hombre, y la mujer, acordaron emparejarse: la infidelidad.





Para quienes no la hayan visto y tengan curiosidad de hacerlo no he desvelado ningún secreto que  la chafe. Desde los primeros minutos de secuencias se insinúa que será el tema principal.

Los diferentes ángulos de visión sobre la infidelidad, y sus añadidos, según las personalidades de los sujetos implicados, tanto principales como secundarios, han sido, sin duda, los que me ha asido a ella, inquietado, producido cierto desasosiego e impulsado a compartirlo entre los amigos que tenéis la paciencia de leerme. Y no sólo por la incidencia emocional que pueda tener, que también, sino porque creo que la observación de las conductas de los personajes, de todos, es enriquecedora en el ejercicio de nuestras profesiones y vida cotidiana.

Quienes trabajamos en los ámbitos de la psicología, medicina, trabajo social, derecho, humanidades, vivir… constituimos el grupo de este blog, a quienes hay que sumar ‘yo no soy psicólogo, pero…’ es decir, algunas centenas.
Por razones profesionales, de amistad u otras circunstancias, os habrá llegado o llegará un ser humano que, como todos nosotros, siente, vive, piensa, ríe,  opina, ama, cree, llora… recabando opinión, ayuda o consejo por estar inmersa en un situación de infidelidad, obligándonos a hacernos preguntas: ¿Qué hacer? ¿Qué aconsejar? ¿Qué es lo acertado? ¿Qué camino seguir y cómo? ¿Lo menos dañino? ¿Para quién? ¿Con el corazón o con la mente?

Viendo la serie es inevitable tomar partido pero, al igual que en la vida, se irá modificando según los matices y  circunstancias sobrevenidas, reacciones y… estado emocional que nos embargue, lo que nos obligará a pensar y repensar las respuestas a los interrogantes anteriores.

Al final las conclusiones, y puede que moraleja, estarán adobadas por un desasosiego interno tan confuso como el que siento en este instante y serán tan variadas como el género humano al que pertenecemos; tan humano a veces. 

domingo, 21 de agosto de 2016

La virgen

La virgen

Santos Rejas Rodríguez


Hay vírgenes que no necesitan mayores explicaciones para saber el porqué; con una simple ojeada es suficiente.
Julio pintó a la mujer morena. La miras y, sin duda alguna dices: ¡Morena, morena! Y ahí lo dejas. Ojeas una imagen de virgen, como la avistada en un tenderete marbellí, y también exclamas: ¡Virgen, virgen! Pero no puedes dejarlo.

Te alejas dándole vueltas y vueltas para saber qué te ha llevado a esa conclusión. No es fea ni falta de atractivos en el rostro, única parte corpórea a la vista. Es un algo especial. Entre un ‘detente satanás’, con mezcla de ‘hasta aquí hemos llegado’, y un final de ‘no pasar, policía’ que acojona los bajos y hace imposible pensar en lo erótico y, lo que es peor, en lo espiritual.

No creo que el pintor se haya servido de una modelo sacada del natural, o sea, una viviente de carne y hueso. Más bien debe ser el producto, malo, de un coloque de garrafón unido a una afición por lo pictórico muy necesitada de técnica, mucha. Barrunto que quizás sea una venganza por muy dañinos sufrimientos que ha tenido a nivel de entrañas y que, visto lo visto, merecidos.

También, y para no cargar todas las tintas sobre un nacional, y dada la proximidad de tierras morunas, podría ser estrategia para atraer hacia ellos a acólitos despavoridos o descastar vocaciones en lo cristiano. Pero lo dudo porque el moro va a lo suyo, o sea, a las huríes.




No ilustro este disparate con la fotografía que he tomado de la imagen por si acaso, y pese a lo escrito, fuera objeto de devoción de alguno de los territorios profundos de nuestra tierra…cosa que ‘no permita la Virgen que tenga razón’, me canto  por Sabina, y continuo mi caminar.

La virgen ¡qué virgen!

lunes, 15 de agosto de 2016

Recorridos

Recorridos

Santos Rejas Rodríguez

Adentrarse por barrios en los que nacimos, disfrutamos la infancia y penamos la adolescencia, es toda una aventura. En este retorno fugaz a la ciudad de mis raíces he encaminado mis pasos por dichos lares.

Despojado previamente de nostalgias y añoranzas, que suelen impedir hacer camino y, además, sin ganancia alguna, he andado la calle de mis juegos de ‘chapas’ y ‘peonas’ y vuelto a escuchar el ‘a merendaaaar’ imperioso desde el balcón de la que fue mi casa haciéndome trepar, mentalmente, las escaleras para mirar lo que se escondía entre el pan: chocolate terroso, con leche o carne… de membrillo.

Una sonrisa ligera, dulce, me ha acompañado hasta el edificio que una vez fue cine. Y también me he adentrado en él mediante la realidad virtual de la imaginación, la que ninguna técnica logrará jamás. Ni siquiera intenté recordar la película del día que marcó hito imborrable en mi vida, creo que nunca supe su título.




Mi atención estuvo centrada en su mano reposando sobre el brazo de la butaca, tan próxima y lejana a la mía. Mi pensamiento debatiéndose si atreverme a rozarla con uno de mis dedos, fortuitamente… Y entonces su sonrisa de soslayo, su mano invadiendo unos pocos centímetros mi espacio, alejó toda duda y mi mano  se posó sobre la de ella.

Y el tiempo se detuvo a la par que nuestro respirar. Juntamos las palmas, nos buscamos los ojos y prendimos la sonrisa, irrepetible y plena, de amor adolescente. Nuestros dedos, ya entrelazados, se juramentaban en una unión de por siempre jamás.


En este ahora, como si fuera aquel ayer, me ha llegado el olor inconfundible de su mano, el aroma que impregnó la mía hasta que lo evaporó el viento de la vida.

jueves, 14 de julio de 2016

Turquesa

Turquesa


Santos Rejas Rodríguez


¿Dónde va el amor perdido? ¿Tiene guarida propia? ¿Se desvanece como el arco iris, tan multicolor como fugaz?

Andando el filo que fronteriza la mar de la arena, iban surgiendo interrogantes de inciertas respuestas. El inicio del camino emprendido está solitario. Permite concentrar ambos ojos en un infinito más o menos lejano. Al llegar a zona poblada es preciso compartir visión: La izquierda hacia las infatigables olas en su anhelo de reposo en la orilla cercana, tan imposible. La visión derecha trasmutada en radar detector de niños que, como huyendo del mañana, corren desesperados a arrojarse al mar desplazando de su camino a todo obstáculo que se le interponga. De no estar atento el caminante, que es el impedimento, corre el riesgo de ser embestido con gran peligro para sus ya frágiles caderas…e incluso pelvis.



 Y en ese andar, el ojo avizor la enfocó: Bajo una sombrilla turquesa miraba, perdida, a un horizonte inescrutable. Tan cuajado de interrogantes como los que poblaban el pensar del caminante: ¿Es lo que esperaba de la vida? ¿De mi vida? ¿Una sombrilla con un ser ausente que hunde su rostro en arena? ¿Dónde quedó la mano asida para el caminar? ¿Y los sueños compartidos? ¿Sólo late el sentir del vacío?

Un relámpago centelleó. Distante. 
Ya lejana la visión de la sombrilla turquesa, llegó el tronar. 
Débil. Muy apagado. 
Huérfano de respuestas…y de esperanzas.

sábado, 18 de junio de 2016

Olvidos

Olvidos

Santos Rejas Rodríguez

¿Cuál es la razón, me preguntaba, por la que el género masculino porta la fama de incapacidad para hacer varias cosas, e incluso solo dos, al mismo tiempo? ¿Existe algún estudio empírico irrefutable? ¿Afecta a todo el género o únicamente a algunos de los seres varones? ¿Más o menos varoniles o es indiferente el grado? ¿Excepciones a la regla o la causa incapacitante, precisamente, es la ausencia de regla?

Mientras en un lugar de la mente, cuyo nombre ignoro, vagaban estas interrogantes, en otro escuchaba música y, ya en lo externo, me entretenía vaciando unas bolsas que contenían libros. Míos. De otras épocas de mi vivir. Recién llegados a mi presente. Tenía formado tres montones con los ya extraídos: Para regalar, conservar y quemar en la chimenea el próximo invierno, respectivamente. Y entonces sucedió.

Suelo abanicar las hojas de los libros cuando los reviso. Pretendo con ello recuperar posibles recuerdos atesorados entre sus páginas: un calendario vivido, la servilleta de la cafetería del entonces o la hoja de aquel almendro en flor…Revoloteando, a cámara tan lenta que pude entrever su rostro y el mío antes de posarse en el suelo, llovió la fotografía.




Y el Sur, como un amanecer de verano, inundó el espacio. El externo y el interno. Los escasos resquicios que quedaban los fue rellenando, inmisericorde, el canto de el Cigala: ‘se me olvidó que te olvidé/Se me olvidó que te dejé/Lejos muy lejos de mi vida/Se me olvidó que ya no estás/Que ya ni me recordarás/y me volvió a sangrar la herida…’

Mucho más tarde, en la madrugada de un despertar saciado de sueño, en los albores del día aún por escribir, me decía: ‘la verdad no sé por qué, se me olvidó que te olvidé, a mí que nada se me olvida…’


Y una lagrimilla, preñada de esencia de añoranza, fue deslizándose hacia la almohada en busca de reposo. Sin prisa alguna por llegar…