domingo, 10 de septiembre de 2023

PUNTOS SUSPENSIVOS

 

Puntos suspensivos

Santos Rejas Rodríguez

Hace pocos días una entrañable amiga, con mi última novela entre sus manos, me preguntó: ¿sigues con tus puntos suspensivos?

No, no voy a hablar de mi libro... aunque tampoco pensaba escribir sobre entrañable, pero es tan bonito el término que me resisto a pasarlo por alto. Entrañable: que inspira gran afecto, que viene de lo más hondo y querido, desde el corazón, la entraña más oculta y protegida para bien… y para mal.

Esta amiga me corrigió en su día mis cuentos, de los que tampoco voy a hablar, y me resaltó el uso, y el abuso, que hacía de los tres puntos en hilera. Y sí, esta reseña va de ellos.



Lo dicho por mi amiga me hizo reflexionar sobre el uso literario que hacía de dichos puntos y si también eran habituales en mi vida cotidiana. Si los empleaba para expresar mis temores, dudas, algo inesperado o extraño… inseguridades. Los «No sé si…», «Debería preguntarle…», «Espero que…»,  «¿Vendrá o no vendrá…?», «¿Se lo digo…?», «¿Quiere que vaya o quiere que me vaya…». O sea: «ser…o no ser…esa es la cuestión».

Y sí, fui consciente que los plasmaba literariamente y estaban presentes, en gran medida, en mi modo de caminar la vida.

Entre la llamada de atención de mi amiga, entre aquellos cuentos y estas soledades, han transcurrido varios años, mucho escribir y muchas vivencias. Y he vuelto a reflexionar sobre su pregunta de ahora: ¿ sigues con tus puntos suspensivos?

Concluyo que sí, que sigo utilizando, en lo literario y en mi caminar del día a día, puntos suspensivos, pero… cada vez utilizo más el punto y aparte y, sobre todo, el punto final… y no precisamente en lo literario.

Es más sano... creo.

martes, 22 de agosto de 2023

La cosa de la calor

 La cosa de la calor

Santos Rejas Rodríguez


Cuando el calor (o la calor, como se decía antaño por mi tierra) aprieta como está apretando, el ser humano, incluido yo, puede caer en desvaríos que con anterioridad al cambio climático no se producían.

Mi caída la ha propiciado un libro: El chirrión de los políticos, de Azorín. Es cierto que tras la lectura de la «Annotacion» que precede a su comienzo no he podido resistirme a trasladar a esta cuartilla y media,—no va a llegar a página—, algunos entresacados de este y dejar para otro momento de inlucidez calurosa el texto del libro. Cito:

«Lo de “chirrión” puede ser tanto el carro con las ruedas rechinantes como el látigo del Mayoral. La fantasía de Azorín es una descripción, entre cómica y lírica, del ambiente de los políticos»…mi incipiente salivación se detuvo al leer que se refería a los políticos de la Restauración, ¡me cachis!

«La sátira de Azorín es útil y sirve para entender el papel que tuvieron los intelectuales de la generación del 98 en la debelación del régimen parlamentario…».

Tuve que detener la lectura para informarme que debelación significa: vencer al contrario por la acción de las armas o de los argumentos.

            «Un lenguaje de los políticos sumamente retorcido, anticuado e hipócrita tenía que chocar contra el nuevo estilo límpido y vanguardista de los intelectuales del 98 y sucesores».

La diferencia con la situación actual es que carecemos de una clase intelectual que critique con gracia a los políticos. Es más, lo que llamamos lenguaje polítiqués contagia también a los intelectuales.

Perdón, perdón. Olvidé entrecomillar el párrafo anterior. El comentario se refería a lo que pasaba en aquellos entonces. Cuando se publicó el libro. Ahora no ocurre.

¡Qué disparate!

En estos tiempos que corren hay una clase intelectual, e incluso varias, para dar y tomar. Petan los medios de comunicación, llenan las tertulias, critican con gracia a los políticos…¡Y sin contagio que valga!

¡Faltaría más!

Pues eso.

            La calor.

domingo, 14 de mayo de 2023

De Médicos

 DE MÉDICOS

 Santos Rejas Rodríguez

 En un mes de mayo, y bajo el mismo título, escribí y publiqué en mi columna del Diario HOY de Extremadura, lo que sigue:

«Uno de los recuerdos que me alimentan está relacionado con el «médico de cabecera», como se llamaba entonces. En aquel entonces en que tener un médico a la cabecera de la cama cuando algún miembro de la familia enfermaba era esencial para la curación. 

La secuencia del rito era como sigue: malestar, termómetro de mercurio bien bajado y puesto en sitio pertinente, a saber:  primero en una ingle y después en la otra. Mera comprobación. Aviso al médico para explicarle síntomas y fiebre. Transcurrido un tiempo moderado acudía, maletín a la mano, al hogar febril. Se encaminaba al dormitorio del doliente, por lo general sin necesidad de guía, y principiaba con el oteo de garganta y oídos como preludio del frío fonendo a pecho y espalda. Silencio familiar expectante hasta el posterior lavado de manos, las del Médico, y explicaciones simultáneas a la prescripción de fármacos. Un ¡hasta mañana!  Y así los sucesivos días.

 


Las visitas de supervisión de la enfermedad eran, en realidad, las que de un modo más eficaz contribuían al restablecimiento del enfermo y servían de medicina al resto de la familia. 

Ya no existen los médicos de cabecera. Ahora se llaman de atención primaria, creo. Y los a domicilio, de urgencias. Y distintos de una a otra incidencia o repetición de visita. Ni los conoces ni te conocen. En ocasiones ni el idioma. Globalización de la ciencia médica, podríamos decir. Además, por lo que leo, hay pocos de todo: especialistas y de atención primaria. O quizás están mal repartidos.  Y las expectativas no es que sean halagüeñas. Ni hablar de nuevas facultades de medicina. Clausus feroces en las existentes. Todo para preservar calidad y salarios…

Claro que, puede suceder, que formemos excelentes profesionales para que ejerzan sus conocimientos en países de allende. Y aquende arriben de otros pueblos en el que no utilizan papel de fumar, o poco…».

 ¿Cuándo escribí este artículo?: Hace siete días cumplió quince añitos. Pues eso.

 Por cierto en aquella ocasión lo finalicé así: «En recuerdo, imperecedero, de los Doctores Rafael Martín- Santos y Vicente Guerrero», que hoy repito.

domingo, 23 de abril de 2023

La vocación y (o) la vida

 

La vocación y (o) la vida

Santos Rejas Rodríguez

Naces a la vida dando berridos y, tras una pausa más o menos larga, comienzas a caminarla. A cuatro patas. Tan ricamente. Y así continuarías si no fuera porque una mano envidiosa, y adulta, se agarra a la tuya y te obliga a hacer la andadura a su imagen y semejanza. 

Bípeda. 

Te convierte en un bípedo.

No lo sabes, pero acabas de cagarla. Desde ese momento tus pasos se encaminarán sin remedio a una etapa de contrasentidos, incertidumbre y desolación: la adolescencia. La época que te marcará. La que te pone de cara al: ¿ qué hago con mi vida? Y en la que planeas tu futuro. Quiero ser: «piloto, fontanero, médico o explorador de lo no explorado o... yo qué sé», entre otras opciones igual de absurdas.

Tras idas y venidas y vueltas y revueltas («¿dime amigo a dónde vas?»), y dado que en esa etapa inmisericorde quieres ayudar a los seres humanos, incluido el que te jodió el caminar a cuatro patas, decides, por ejemplo, ser psicólogo. Como eres de ideas fijas y decisiones firmes, dedicas los cincuenta o más años de vida a limpiar traumas ajenos y otras bajezas de la alfombra. Misión cumplida, a disfrutar del retiro y a la espera del desenlace.

En alguna ocasión he mencionado que existen vocecitas cabronas. Añado que también las hay muy hijas de puta: «¿a lo que dedicaste tu caminar, bípedo, era tu verdadero destino?» pregunta la vocecilla aludida, y añade sin respiro: «¿le ha dado sentido a tu vida?, ¿mereció la pena? ¿en el desnacer te despedirás con la sonrisa del deber cumplido o con el berrido de la nascencia?».

Meditando respuestas una semilla germina y eclosiona: ¡No! ¡Ni por asomo! ¡No era eso, no era eso!



Y el grito, surgido desde lo hondo, sin piedad alguna, te suelta: «tenías que haber dedicado la vida a sexador de aves y gallero profesional, como don Luis Macarena, el Cojo». Y remata: «El cambio de las cuatro patas a dos y el trancazo de la adolescencia fueron los culpables de un desvío que ya no tiene vuelta atrás».

Pues eso.

domingo, 19 de febrero de 2023

Otro hilo...

 

Otro hilo…

Santos Rejas Rodríguez

Hace tiempo, cuando aún me faltaba una jartá de años para ser un jubilado con múltiples tareas que realizar de la mañana a la noche, escribí un artículo en el Diario HOY, titulado «Al hilo…», y que comenzaba de así:

«Al hilo de la muerte a puñaladas de una joven por dos supuestas amigas y cuyo principal objetivo era el salto a la fama, trágico salto por cierto, políticos, jueces, defensores de menores y otros representantes sociales se han pronunciado a favor de que la edad penal se eleve a los 18 años.

Personalmente he defendido desde siempre la medida argumentando, entre otras razones, que si no se les considera con suficiente madurez para votar, tampoco para entrar en la cárcel…».



Se acaba de aprobar una ley en virtud de la cual una joven mayor de 16 años y menor de 18 puede abortar por decisión propia y con el único permiso de sí misma.

Con la entrada en vigor de esta ley me ocurre lo mismo que no entendía cuando la edad penal era a los 16 años, o sea: ¿por qué una mujer de 16 años no tiene derecho al voto? ¿Qué impide a esa edad que pueda decidir en los asuntos sociales, políticos y económicos de su país y que afectan de modo tan directo a su vida, trabajo, formación…?  

Me gustaría que quienes tienen en sus manos el poder legislativo respondieran a los interrogantes y, si no es mucho pedir, también a este otro hilo surgido de la ley que permite abortar pero no votar: ¿no hubiera sido más sencillo modificar la Ley 33/1978, de 16 de noviembre sobre mayoría de edad y establecerla a los 16 años? pero al impedirlo, en este momento, el artículo 12 de la Constitución el camino más corto es la modificación de la Ley electoral con el apoyo, esta vez sí, de quienes han propiciado  el aborto de las menores de 17 años y mayores de 16 con plena autonomía».

Pues eso…

domingo, 9 de octubre de 2022

ONCOAYUDA

 Próxima la navidad...

Queridas amigas, queridos amigos, familia: Un año más la Fundación Oncoayuda ha prestado ayuda psicológica gratuita a pacientes oncológicos. Esta prestación, así como las restantes: prevención y tratamiento del tabaquismo, salud bucodental, apoyo social, investigación oncológica…es posible gracias a la generosidad de colaboradores voluntarios y a vuestras aportaciones económicas.

Soy uno de los patronos de la fundación, en concreto coordinando el área de la prestación psicológica. Mi deseo, de cara a los próximos meses, al menos los dos últimos del año y los primeros del próximo, es duplicar la consulta de psicología con objeto de eliminar lista de espera y que los pacientes reciban con inmediatez la ayuda precisa.

Con una pequeña aportación lo podemos conseguir. Os adjunto la dirección de nuestra web a través de la cual nos la podéis hacer llegar:

 https://www.fundaciononcoayuda.com/colaborar/

Gracias como siempre. Con mi cariño.

Santos

Pd. ¡¡¡Y toda aportación se desgrava en la declaración de la renta, es automático!!!


martes, 20 de septiembre de 2022

Despedidas...y reencuentros

 

Despedidas… y reencuentros

Santos Rejas Rodríguez

Septiembre de 1993. El tren se aleja y la mirada compartida salta en pedazos como carámbano pisoteado. Los ojos de la viajera buscan un punto de aterrizaje para posarse. Quiere evitar que la acuosa cortina que los humedece se convierta en torrentera. Necesita llenar el vacío de la ausencia.

El marcador facilita la apertura y el libro se ofrenda. Unas líneas manuscritas cuelgan de la cita impresa: «como la cal blanca de las casas de los pueblos andaluces. Como Mojácar. Como el aire tibio del Generalife».


Y el recuerdo de los días pasados, su luz y aroma…y la fugacidad de la vida, gira en su interior como ocupantes de noria que ha perdido el rumbo.  Sus ojos se cierran para combatir el vértigo. Y el blanco transmuta al gris opaco, casi negro.

Setiembre de 2022, al filo de la tarde incierta, un aviso en sordina indica la llegada del mensaje. Una fotografía llena la pantalla del teléfono. El destinatario, el que un día contempló desde el andén lo efímero que es lo eterno, descifra con dificultad lo que un día escribió en el libro obsequiado a la viajera: «En un corazón tan blanco se aprecian mejor las heridas y necesitan manos que curen, que detengan el dolor que se escapa por ellas. No cualquier mano sirve. Por eso, cuando se encuentran las que calman el dolor, las que llenan de vida, las sujetamos con las nuestras y no las dejamos escapar. Las estrechamos tan profundamente contra nuestro corazón que ya nos son propias, insustituibles, eternas. Madrid 14-9-93. Fin de trayecto ¿o parada? Momentánea».



Una sonrisa, huérfana de la nostalgia que tiñe recuerdos, se cincela en el rostro del lector.

La vida.

Tan inconmensurable y sobrecogedora.

Tan llena de instantes eternos….

Gracias, Javier.

martes, 23 de agosto de 2022

 

Caminando el verano

Santos Rejas Rodríguez

18/08/2018 ( Y parece que fue ayer…)

Hay ocasiones que el tiempo late con lentitud. Cuesta trabajo distinguir al día de hoy del de ayer. La rutina se asienta en el caminar de la vida porque, quizás, se ha hecho de quieto. O puede que se haya disfrazado con la espera del autoengaño, la del «hoy no vendrá, pero mañana sí», que se decían Vladimir y Estragón cuando, inútilmente, aguardaban a su Godot.

 


En otros momentos, en mañanas de verano aún templadas, contemplando el deambular tranquilo de paseantes ociosos, brota con cautela la esperanza de que en cualquier momento, en cualquier lugar, un cruce de miradas, la sonrisa compartida, la caricia fugaz, la mano en la mano o el pellizco en lo hondo mitigue el quejido del: «¡Qué horror, no pasa nada!».

Y en esos trajines andaba cuando, en el banco contiguo a la mesa de terraza que ocupo, un hombre le dice a otro: ¡Sé que me has dicho tu nombre, pero lo he olvidado!Y el aludido, tras una pausa larga como la mañana, responde: ¿Te he dicho mi nombre? ¡Pues no lo recuerdo!

Sin apagarse el eco de la conversación, me levanto y sigo caminando el verano.

La espera para conocer el final no me tienta.

El día empieza a calentar.

 

jueves, 9 de junio de 2022

Motivación para escribir

 

Motivación para escribir

Santos Rejas Rodríguez

A la pregunta ¿por qué escribes? Me salió rápida y sin pensar la respuesta:

Escribo porque tengo interés en conocer la parte humana del ser humano que, aunque en ocasiones dudemos que la tiene... la tiene, la tenemos.

Me interesa la zona de gozos y la de sombras, la de la risa y el llanto, la efervescente y la callada, la oculta y la evidente. Y todas ellas en su conjunto y cada una individualizada, las que forman parte de un ser incipiente, niña o niño, o en evolución y en lucha constante consigo mismo: en la adolescencia… También en la edad madura, en el declive o a las puertas de un más allá incierto y sin respuestas aún a pesar del tiempo en que el ser humano se está haciendo la pregunta de ¿Quién soy?  ¿de dónde vengo? y si iré alguna parte.



Y siento curiosidad, también, por el entorno en el que cada una de esas facetas se han desarrollado y existen o han existido. Y cuáles son sus costumbres. Es decir, y en resumen, soy un costumbrista convencido, quizá trasnochado, pero es lo que soy como escritor y por lo que escribo, sobre las cosas que pasan, sobre el caminar la vida del ser humano.

 También, lo de escribir, lo necesito por supervivencia, como válvula de escape que alivie el dolor de los hondones, el que genera el sufrimiento de seres humanos próximos sin poder mitigarlos.

Y quizás escriba por la esperanza de conocerme un poco, buscando dentro de mi alguno de esos componentes humanos que percibo en los demás y, que, como se dice por mi tierra: pué que los haiga.

Pues eso.

sábado, 30 de abril de 2022

Verano de tulipanes

 Verano de tulipanes

Santos Rejas Rodríguez

Tarde cacereña de finales de junio. Acabo de regresar de Salamanca. Mi padre comprueba, con sorpresa e incredulidad, el certificado que acredita que he alcanzado el grado de madurez, el universitario.

En compañía de amigos, a cuyos padres le embargaba la misma extrañeza que al mío, hago cola. Se extiende desde la escalinata del Arco de la Estrella hasta la plazuela de Santa María. Bajo la atenta mirada de un San Pedro de Alcántara que luce alguna cagada de paloma, un individuo me escruta y una chica, joven y atractiva, como toda mujer, toma notas en un cuaderno rayado.

—¡Quítate las gafas! —que por entonces eran de sol, Ray Ban—. Y me las quito.

—¿Tu parles français?, pregunta.Oui, parfaitement, respondo con chulería a juego con mis gafas.

Y finalizado el casting, y, en unión de amigos igual de maduros tal y como como nos había acreditado la universidad de Salamanca, nos adentramos en la tarde-noche cacereña.

En aquella época no había teléfonos móviles y pocos fijos. Pero se escuchaba la radio: - ¡Te han nombrado por la radio! A ti y a una chica. Que a las 6,30 de la mañana tenéis que estar en la Plaza. Sois los elegidos en la audición. Y a esa hora tan temprana comenzó mi andadura por el rodaje de El tulipán negro o La tulipe noire. Quizás porque los tulipanes, para los franceses, sean femeninos, o porque se rodó en francés o acorde con el título de la novela de don Alejandro. O vaya usted a saber.

Los recuerdos emergen de su almacén cuando un olor, una música, una imagen…se lo ordenan. Han reverdecido anécdotas de aquel rodaje. Una destaca: dentro de una carroza, ‘mi duquesa’ y yo nos dirigimos a no sabíamos dónde. Los caballos resbalan en el suelo empedrado. Se desbocan. Un hombre corre hacia ellos. Tira de las bridas. Los detiene y se asoma a la ventanilla del carruaje: «¿vous êtes bien?» pregunta.  ¡Maintenant oui!, respondo. Y nos echamos unas risas liberadora de ansiedades.

El hombre de los ojos azules que paró los caballos, se interesó por nuestro bienestar y con quien compartí risas, era Alain Delon. El mismo que ha pedido hace unos días la eutanasia asistida. Solicitud que ha despertado este recuerdo que dormía placenteramente en su almacén junto al de mala conciencia por haber correspondido a su acción de detener los caballos con un escopetazo…Pero Alain, amigo, yo no sabía que mi disparo, de cuando transmuté de duque a soldado, iba dirigido a ti, me enteré al ver la película y  Je suis vraiment désolé depuis ce jour.

Los recuerdos son como las cerezas. Unos se engarzan a otros. Al finalizar el rodaje en exteriores me propusieron continuarlo en los estudios y más allá. El hábito de mi tía, la monja, tuvo más peso que el certificado de madurez preuniversitaria expedido por Salamanca. Y cercenó mi carrera cinematográfica.

A cambio, y con el dinero ganado, —pagaron bien y me sentí rico—pude permitirme unas vacaciones en las que conocí a mi amor de aquel verano, inolvidable y presente hasta hoy.

Pero ese recuerdo, unido al conocimiento de Virna Lisi, Akim Tamiroff, Adolfo Marsillach y Christian Jaque junto a mis andaduras por el teatro a espaldas de mi tía, la monja, es, son, otra historia.

Pues eso. Tempus fugit…y lo pasao, disfrutao.

jueves, 21 de abril de 2022

Otoño y primavera

 

Otoño y primavera

Santos Rejas Rodríguez

 

Antigua Casa del Heno

Mucho tiempo después de ayer

 

Quizás no sea un buen comienzo para una carta de amor. De las que, desafortunadamente, ni se escriben ni reciben. Y puede que esta no lo sea, aunque yo lo sienta así.

La mañana ha nacido fría, de escarcha. El despertar del día es lento, de montaña perezosa. El aire helado aleja los pensamientos negativos, como si nunca hubieran anidado. Y de repente, en este entorno, has reverdecido tú. Con la intensidad de entonces, con la misma existencia vívida de siempre. Sin despertar añoranzas, aunque sí, confieso, nostalgia. O quizás sea al revés. Da igual.

El olor. El olor a ti ha despertado mis sentidos, haciendo que el día de hoy sea el de después de ayer…como si no hubiera transcurrido el tiempo entre el antes y el hoy.

El discurrir del agua, impetuosa, en busca de una libertad sin retorno cuando se haga valle, unido al incipiente oro de otoño, hizo tu presencia tan tangible que tendí la mano para asir la tuya y volver a caminar juntos…

Y desapareciste de nuevo.

Como en aquella ocasión.

Y esta vez para siempre.

También como entonces. Amor…

Mae



Un domingo de abril

Hoy

 

Hola Mae. He tenido muchas dudas antes de decidirme a responder a tu carta. La leí de tirón al sacarla del sobre. Y me quedé mudo. No de habla, sino de preguntas y respuestas. Hoy la he recuperado del hondón de mi bolsillo donde la oculté con intención del olvido, de quien no sabe qué hacer.

Me inundó la misma incapacidad que cuando tengo que expresar sentimiento de condolencia a alguien que ha perdido un ser querido. No sé qué decir. Tu carta me dejó en carne viva hasta el forro del alma, caso que exista uno y otra. El vacío de la soledad no compartida, el que rezumas por ausencia imposible de consuelo, no tiene palabras que lo llene o, al menos, yo, no las tengo.

Te decía al principio que he dudado en escribirte, en responder a tu carta. Carta que se cogió de mi mano cuando la puse sobre ella y me eligió destinatario cuando dormía dentro de una caja de zapatos. Carta entretejida entre otras muchas, también abandonadas y silenciosas, en un puesto callejero del Rastro madrileño.

Y por eso te he escrito. Y te he dejado la respuesta dentro de un sobre, tan deslucido como el tuyo para que pase inadvertido entre los que allí aguardan. En el mismo puesto de la Ribera de Curtidores. Dentro de la misma caja de zapatos. A la espera de que se coja de una mano tendida.

Quizás de la tuya, Mae.

Y hablamos.

Y me cuentas.

Y te cuento…

Javier

sábado, 19 de marzo de 2022

El tiempo...

 

El tiempo…

Santos Rejas Rodríguez

El tiempo transcurre al ritmo que le place. Su caminar no es uniforme como pretende convencernos el reloj o el calendario. Cuando se utiliza uno u otro como patrón de medida de ausencias, por ejemplo, se evidencia lo dicho. No necesita explicación. Una ausencia, medida en horas, meses o años se aleja hasta el infinito, parece perdida, e instantes después está en cercanía de aliento; hace sentir su presencia en carne viva, en el aquí y ahora.

En una tarde de verano, calurosa y tocando a su fin, sobre una mesa – libro, de aquellas de comedor clásico, vintage diríamos ahora, escribí:

«Hace escasas horas que ha muerto un buen hombre. Un hombre bueno. Mi padre. Con él tengo muchas conversaciones pospuestas, perdidas ya. Nos faltaron, en especial a mí, palabras que trasmitieran los afectos que nos sentíamos. Intensos, muy intensos; adivinados pero embargados por la timidez de la expresión».

Desde entonces, desde ese instante, no hay día (formado en ocasiones por incontables horas y otros por fugaces segundos), que no le hable, cuente o dialogue con él. Con la ansiedad de mitigar, que no recuperar, aquellos silencios.



Hoy es uno de esos días que le he contado, entre otras cosas, que ignoro qué fue de la mesa libro sobre la que le escribí. Si en alguna otra casa se despliega en acontecimientos que requieren espacio para asentarse a su alrededor los comensales que un día formaron el núcleo familiar o fue desgajada y yace en astillas satisfechas de los deberes cumplidos.

También le he informado que, por este mundo nuestro, de presencia, cabalgan de nuevo los jinetes. Que sin preaviso se presentó la Peste y de su mano tomó el testigo la Guerra. Y que sus dos compañeros, inseparables, recogen la cosecha en los territorios asolados por ambos.

Padre, en aquella ocasión añadí a mi escrito: «No has llamado para decirnos si llegaste bien. ¡Con lo exigente que siempre fuiste con nosotros en esa cuestión!».

Dado el tiempo transcurrido desde entonces sospecho que aun estás en camino. De Cáceres a la eternidad, y en tren, debe tardarse un huevo en llegar…y quizás la yema del otro, como solías decir. Pues eso. Que es el día del padre. Felicidades donde estés de este tu hijo, que te quiere. Adiós, adiós, que sabes es un hasta siempre.

viernes, 24 de diciembre de 2021

Vulnerables

 

Vulnerables

Santos Rejas Rodríguez

—Abuelo, ¿Cuándo eras pequeño hacía tanto frío y tanto calor?

—Más, hijo, mucho más.

—¿Y eras vulnerable?

—¡Pero ¿Qué dices, hijo?!

—La tele dice que el frío y el calor hace más daño a la gente vulnerable.

—Por el precio de la luz, es tan cara que no se puede poner la calefacción eléctrica en invierno ni el aire acondicionado, caso de tenerlo, en verano.

—¿En tu casa de niño tenías aire acondicionado?

—Un ventilador de hierro, con aspas de color oro viejo. Cuando había luz mi padre lo enchufaba para remover el aire caliente. Y en invierno, bajo la mesa camilla, un brasero de picón…

—¿Y teníais piscinas?

—No hijo, y en muchas casas tampoco cuarto de baño ni ducha. Entonces se llevaba el barreño…y en sábado.



» En verano, los días que no cortaban el agua, por la sequía, regaban la calle y le gritábamos al hombre de la manguera: —«La manga riega, que aquí no llega», la enchufaba hacia nosotros y nos empapaba. Esa era la ducha de muchos niños.

—¡Pues entonces erais vulnerables!

—Sí hijo, sí. —Pero no lo sabíamos…

 

(A la memoria del Yayo Vicente, mi padre. Tan ausente…)

viernes, 3 de diciembre de 2021

 

PASAPORTE COVID

Santos Rejas Rodríguez

La nueva ola con nombre de alfabeto griego está al caer. Esta variante fue confirmada por el Instituto de Enfermedades de Sudáfrica la semana pasada. Ya ha viajado a Europa. Lo del mundo es un pañuelo, una vez más, se confirma. Y en Europa, y en otros países fuera de ese mapa, se vuelven a ajustar los machos. Como los toreros cuando salen a enfrentarse con toros bravos. La OMS la ha bautizado con el nombre de Ómicron. La razón, explican, es para no criminalizar al país donde se generó, cautela que no se tuvo con la gripe española, sambenito inquisitorial que desde entonces llevamos sobre la cabeza, como la Inquisición, que tampoco fue invento nuestro, al igual que el de la gripe, pero España no exige a quienes colgaron el capirote que nos pidan perdón. ¿Pá qué? ¡Lo pasao, pasao! Que diría el castizo.

Me mosquea, disculpen la expresión, que la letra elegida sea la decimoquinta del alfabeto. ¿Las variantes intermedias las hemos pasado? ¿Están en cuarentena? ¿Vamos a aprender a golpe de variante todo el alfabeto griego? ¿Pasaremos al cirílico después?

Mientras tanto, lo que más me inquieta, de esta variante y las anteriores, que siguen ahí llamando a la puerta, es la vacuna y el pasaporte COVID, que es adonde quería llegar pero necesitaba una introducción.

Creo en la eficacia de la vacuna y me parece un error que quienes, sin causa justificada de salud y teniendo acceso a ella, no lo hagan. Allá ellos, pero los vacunados también tenemos nuestro corazoncito latiendo. Y por eso creo que la exigencia del certificado de vacunación, pasaporte COVID, es insuficiente. Como merece mayor atención lo que sigue, utilizaré párrafo aparte.

En algunos países, y en comunidades del nuestro, se exige para viajar y acceder al trasporte público, a un local de hostelería o centro sanitario, por reseñar algunos, el certificado de vacunación o pasaporte COVID. Muy bien. Lo aplaudo. Pero ¿Qué pasa con el personal que atiende en estos lugares? ¿El sanitario que me atiende está vacunado? ¿El cocinero que prepara la comida de empresa es antivacunas, y el maître ? ¿Todo el personal de vuelo ha recibido la pauta completa de vacunación? ¿Quién supervisa estas circunstancias?



Me gustaría que al acceder, por ejemplo, a un hotel, cafetería, avión o AVE, centro facultativo... un inmenso cartel, informara: ¡En este local todo el personal ha recibido la dosis completa de la vacuna COVID! El no vacunado tiene sus derechos, faltaría más. Pero yo, vacunado, tengo los míos.

Y de cara a esta nueva ola, que ya está aquí, y a las anteriores, me planteo muy seriamente el acceder a un local que no exhiba a su entrada la información de que todo el personal que me va a atender está vacunado.

Es mi derecho. Y cuestión de vida…o muerte. O sea.

sábado, 27 de noviembre de 2021

¿Más dura...?

 

¿Más dura…?

Santos Rejas Rodríguez

«Mi diario, mi pobre diario», es uno de mis cuentos, llamémosle así, que forma parte de mis Cuentos como besos. Transcribo fragmentos de uno de sus pasajes:

«Teniendo mi mano abrazada por la de mi padre, ocurrió un suceso que me anidaría para siempre…mi mano era liberada con brusquedad y mi padre cayó en plena calle. Ni en mis presagios más agoreros tuve imaginación para sospechar que mi padre pudiera caerse…los padres nunca pueden caerse, no entra en las previsiones de los niños la caída de su padre».

Para no ser menos que mi padre, o  hacerle un brindis por el que hubiera sido en este mes su 108 cumpleaños (teníamos esperanza porque Rufina, su tía abuela, los alcanzó) lo he emulado.

Sí, me he caído. No en caída tonta. Sino las que te dan que pensar. ¿Mareo? ¿Tropiezo? No. ¿Gravilla descuidada por inauguración antes de tiempo de plaza española en centro de Madrid? Puede. Pero quizás, simplemente, que han empezado a sonar las campanadas de origen idiopático intrínsecas al paso del tiempo…

Un árbol al que le cercenan a ras del suelo cae. Y la base, el tronco y el ramaje se desploman, como un todo, en busca del suelo acogedor. Pues igual: manos, codos, pecho, rodillas y un remate de gafas escacharradas contra el suelo, en caída libre, mi cuerpo aterrizó en el asfalto.



Unos segundos, es verdad, pero los suficientes, los justos, para sentir, que acababa de atravesar una frontera.

¿Y ahora qué? Me pregunté en la intimidad. ¿Me quedo en casa lamiendo heridas de cuerpo y alma? ¿Es el remedio? ¿Llorar en soledad y lamentando no sé qué? Un ¿conloqueyohesido?

Lo cierto es que todos y cada uno de los interrogantes recibieron idéntica respuesta: ¡Sí!...durante unos instantes, claro. Después, o para ser sincero, al día siguiente, tras la recuperación de la noche, el no parar de cañas, comidas, cenas...alguna copita y paseos conversados, acompañado de familia, amigos y risas, muchas risa, han seguido su curso habitual.

¿Más dura será la caída? Sí, claro, más dura será si el árbol caído no se levanta, no se pone en pie y sigue su andadura. Los árboles mueren de pie, deben de morir de pie. Es la razón de vivir. Pues eso.

 Pd. Amigos, familia, quienes leáis estas líneas, un ruego: con canto de Mari Trini (No quiero palabras de consuelo…) y poned vuestra música, si alguna vez caéis, sea en tierra o asfalto. Levantad y a seguir en pie. La alternativa es la más dura, sin duda alguna.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

Arrieritos

 

Arrieritos somos…

Santos Rejas Rodríguez
 

Desde hace unos días los principales medios de comunicación, en especial los audiovisuales, agitan la bandera de agresiones homófobas enarbolando la noticia de la sufrida por un joven en un barrio madrileño a manos de unos cobardes hijos de puta encapuchados. ¡Bien! Aplaudo y suscribo la condena de este hecho y similares, tengan o no la gravedad del referido, sin paliativo alguno. Lo condeno sin dejar resquicio por el que pueda adentrarse algún gilipollas con un si….

Pero…, y sin aprovechar fisura alguna, me ha sorprendido que en el mismo periodo en el que fue agredido el ciudadano en Madrid, un acontecimiento ocurrido en Alicante en el que una mujer, funcionaria ella, y al parecer por haber cumplido con su deber ante la justicia y su centro de trabajo, ha sido agredida a la puerta de su casa por otro grupo de sujetos también encapuchados. Y aquí no cabe la presunción de si los agresores iban de caza o era premeditado. Iban a por ella.




El, pero…del párrafo anterior, se refiere a mi sorpresa de que este acontecimiento haya tenido escasa o nula trascendencia en la ciudadanía. No ya por el presidente del gobierno o el ministro del interior, jefe de la agredida, no; suele ser normal en la atención al funcionariado. Me sorprende que la noticia ni siquiera haya sido de interés en los pesebres de las grandes cadenas de televisión, las que alimentan a tertulianos que todo lo saben y a todo dios defienden o critican…si reciben la orden del amo que paga.

¿A la mujer agredida, amenazada y sojuzgada, que ha cumplido con su deber como profesional y ciudadana, le ha faltado publicitar su orientación sexual para ser objeto de atención y justicia? ¿Sí?

¡Pues qué dios nos coja confesados!

viernes, 6 de agosto de 2021

Siguen los calores

 Siguen los calores

Santos Rejas Rodríguez

Iba yo pensando si habrá depósitos externos para almacenar el tiempo perdido cuando mis ojos se cruzaron con los de un perro que se hallaba en proceso cagatorio. Su mirada era compungida, como pidiendo disculpas por hacer la necesidad en la vía pública. Ignoro si la mirada tendrá la misma expresión cuando sean sus aguas menores las expulsadas, aunque sospecho que no porque ese proceso va ligado al marcaje de territorio y es otro cantar.

Pude leer en su mirada la vergüenza por su exhibición, pero también la disculpa y con toda claridad un: —«ya me gustaría hacerlo en casa, en la intimidad, pero no me lo permiten».

El encuentro me despertó una interrogante: ¿Por qué no se ve a ningún gato paseando la calle de mano de su dueño, o dueña, haciendo sus necesidades mayores o menores? ¿Quién le ha dado el privilegio de la privacidad del hogar? ¿Cuándo ganaron el cajón de arena, su váter distinguido?


No soy de tener perro o gato pese a que en mi familia de origen han convivido diversidad de bichos, incluso una zorra, en femenino porque era hembra, aparte de loros, canarios, pavos, borregos…cuando me alcanzó la razón llegué a pensar que mi padre era descendiente de Noé, pero me distraje con otras reflexiones y no llegué a profundizar.

En mi camino de vuelta, pensando que, si el mundo es expresión de una mente universal, si constituimos una unidad pero podemos reflejarnos de innumerables formas, concluí que el perro podría elegir ser gato en su próxima existencia y tener su cajón de arena. Apreté el paso para ver si me cruzaba con él y sugerírselo, pero frené en seco: —«Si este perro se trasmuta en gato seguro que será el gato muerto de la paradoja de Schrödinger». Y desistí del consejo.

A mi paso normal, con mi sandía bajo el brazo, retorné a preguntarme si habrá depósitos externos para almacenar el tiempo perdido. Pues eso. 

viernes, 23 de julio de 2021

Caminando veranos

 

Caminando veranos

Santos Rejas Rodríguez

Amanecía la mañana. El verano se hacía presente nada más asomarse el sol por el altozano.  Hasta el ocaso sería el protagonista. Había que aprovechar la fresca para aprovisionar de fruta y verdura la despensa para que madre estuviera contenta y la abuela no retoliqueara.  Me gustaba la tarea.  La recogida de frutos del huerto me hacía sentir su salvador, el que imposibilitaba su reseco  impidiéndoles cumplir con su destino. 

—¡Vamos, Loba!, invita mi padre como si la perra lo necesitara. Pasos adelante o detrás de él, según intuya que está necesitado de desbrozar el camino o resguardar su espalda, ahí estará ella, la Loba, nuestra perra, parte integrante de mi padre.

Mi padre también sabe lo innecesario del «¡vamos Loba!», expresión que brotó de su boca cuando era cachorra, alimentada según crecía y adoptada como latiguillo después.

En esta ocasión, como en tantas otras, eché a andar tras la pareja formando un conjunto disjunto.

Muchos años más tarde, con ocasión del resurgir de Loba en el recuerdo, confesé a mi padre que, de niño, en aquellos días de verano, sentía envidia de nuestra perra; que me habría gustado un «—¡Vamos, hijo!» al iniciar su camino para ir tras él al confín del mundo. Mi padre, mirándome desde adentro, respondió: «—¿Por qué no me lo dijiste, hijo?, lo habría dicho todas las veces sin faltar una».

El tiempo no me dio ocasión para hablarle de otras cosas que nunca le dije. De momentos que me hubiera gustado compartir con él y de otros en los que me sentí en abandono. A buen seguro que de haberlo hecho su respuesta habría sido idéntica: «—¿Por qué no me lo dijiste, hijo?» … O eso necesito creer.

Las preguntas sin hacer, las respuestas que no obtuve por no hacerlas, me siguen pesando como losa de granito encajada en el hondón, sin resquicio que permita introducir una palanca para izarla.

Las interrogaciones, no. Me acompañan el vivir como plaga de moscas tenaces, cojoneras del alma que machacan mi pensar sin descanso alguno: —¿Pretendías que adivinara tus deseos?, —¿Qué buceara en tu interior en busca de sentires? —Le dijiste ¿te necesito? O, iniciado su caminar, —¿aferraste su mano para ir a su vera? —¿No?

Cuando llego al final de las interrogaciones musito: —¡Vamos, Loba!

Y continuo mi caminar de vida y el regreso al rosario de preguntas y adivinanza de respuestas.

domingo, 18 de julio de 2021

¡Cosas de la calor!

 

¡Cosas de la calor!

Santos Rejas Rodríguez

Estaba leyendo el Pentateuco por ver si concentrado en su lectura olvidaba el deseo de poner el aire acondicionado cuando un moscardón distrajo mi tarea.

¿He escrito alguna vez que los sucesos se concatenan y que un eslabón solitario, en este caso la lectura de lo de Moisés, encuentra a otro perdido, moscardón, y este a un tercero hasta formar un rosario de despropósitos? Con toda seguridad que sí. Las personas mayores repetimos los dichos y, como al mismo tiempo, vamos perdiendo memoria, el resultado es repetir, olvidar y repetir. Cadencia originaria de la expresión: «por ahí viene el viejo cargante de los cojones», dicho en tono cariñoso…por los cojones.

No quiero perder el hilo de la narración de este suceso abriendo paréntesis, costumbre también de mayores, que hacen olvidar el principal y preguntar: «¿qué te estaba contando?», interrogación que deja fuera de juego al preguntado que no está haciendo ni puñetero caso ni al principal ni a los meandros.

Estaba en lo del moscardón que se hizo presente con su agradable runruneo interrumpiendo el intento de concentrarme en la lectura del texto sagrado.

Lo que tenía a mano para espantar al intruso era el mando de la televisión, tercero de los eslabones. Lo utilicé. La mala fortuna hizo que en lugar de atizar con él al bicho volador encendiera la televisión. Saben que cuando surge un estímulo visual y/o auditivo, o ambos como en este caso, atrapa la atención y la concentra en el acontecimiento novedoso.

No fui una excepción. Pentateuco y moscardón se esfumaron. En su lugar surgieron «los ellos», los expertos contertulios que todo lo saben, exponiendo las conclusiones científicas a las que habían llegado en sus investigaciones y pontificaban sobre «La influencia de los videojuegos en el sexo fluido», «los jóvenes criminales haciendo la ola», «¡políticos, al salón!» y otros temas que no tuve tiempo de escuchar porque silencié el aparato.

El cambio del Pentateuco por una novela negra, el aire acondicionado a 24 grados y el hipnótico soniquete del moscardón me sumieron en el sueño reparador que necesitaba mi cuerpo para superar el trauma televisivo.

Al despertar me dije: «¡Cosas de la calor!». Y escribí lo que antecede. Pues eso.

domingo, 20 de junio de 2021

Llaves maestras

 

Llaves maestras

Santos Rejas Rodríguez

 

Algunas palabras son llaves maestras que abren el depósito de los recuerdos cuando menos lo esperas.

En un intercambio de pareceres sobre un asunto de actualidad que no viene a este caso para que no asuma el protagonismo, una entrañable amiga finalizó su intervención de este modo: «es lo que se llama espigueo normativo, que es una práctica muy mal vista por ser rastrera».

La frialdad de una mañana de noviembre ha hecho estremecer mis cansados huesos. La presencia de unas personas al otro lado de la cancilla que separaba La Viña de la trocha que conducía hasta ella se ha colado en mi cuarto de estar madrileño del aquí y ahora. Nunca pregunté el origen del nombre de La Viña, pues la finca era un olivar con algunas encinas, higueras y escasos árboles frutales. Precisamente los olivos fueron los protagonistas.



El Sr. Parra, guardés de mal genio que no mandaba ramitos de violetas a la Sra. Paca, su mujer, ni en noviembre ni en mes alguno, finalizada la conversación con los del lado de la trocha, se aproximó a la vera de nuestra casa donde estábamos mi padre y yo. —¿Quiénes eran? Preguntó mi padre. —Gente de rebusco, ya los he despachado con viento fresco.

Para no ser cansino utilizaré la versión corta. Mi padre, seguido por mí, se encaminó a la vereda. Llamó a los caminantes. Un matrimonio de mediana edad y tres hijos. El mayor mas o menos de nueve años, como yo entonces, y los autorizó a recorrer el olivar a «rebuscar» que, como me explicó mi padre, consistía en hallar las aceitunas olvidadas tras su recogida en verdeo o recolección completa.

A media tarde, con una esportilla mediada de aceitunas, unas taleguillas rellenadas por mi madre con ropas y algunos alimentos y, por supuesto, habiendo comido caliente, el matrimonio y sus tres hijos continuaron por la trocha camino de un rebusco en otro olivar, práctica mal vista en aquellos tiempos por según qué miradas.

El término «espigueo» ha obrado de apertura del recuerdo y, rememorando a la familia, invisible a la vista de Dios, «arrastrándose» por los suelos en busca de la aceituna escondida, de cierre. En medio los tiempos aquellos y, presidiendo a todos, el aroma a mi padre. Tan inolvidable.