miércoles, 23 de diciembre de 2020

HALLEGADOS

 

HALLEGADOS

Santos Rejas Rodríguez

 

Alguna de mis reseñas biográficas comienza: ˂extremeño con residencia en Madrid…˃ porque con ligeros paréntesis mi transcurrir de vida ha estado a caballo entre ambas comunidades. Mi raíz es extremeña, de nacencia, como me la hizo sentir mi entrañable amigo y paisano Jesús Delgado Valhondo quien hace años decidió irse a recitar su poemario a un más allá inexplicable.

Año tras año, próximas las fechas que ahora transitamos, las de Navidad, bien en Auto Res o en aquel Lusitania Exprés, el tren de los grandes expresos europeos que partiendo desde la estación de las Delicias llegaba hasta Lisboa haciendo parada en Cáceres, yo acudía al cobijo de mi hogar familiar.

No he sido de avisar de mis idas o venidas, ni mis horas de llegada. Me ha gustado la sorpresa y no me ha ido mal. Quiero decir que no he sufrido ninguna desagradable por presentarme de improviso…ejem. Por esta circunstancia, y por razones laborales o de otra índole, era frecuente que no estuviera mi padre en casa. Mi madre sí, unas veces porque me presentía…o yo la había puesto en antecedentes.



En esos casos, en los de ausencia de mi padre, sin casi dar tiempo a meter la maleta en mi habitación y mucho menos a hacer caso al mandato de mi madre de ˂hijo come algo˃, sonaba el teléfono. Al ˂Diga, diga˃, de Curro, nuestro loro, que por aquel entonces cumplía sus veintitantos años de estancia en la familia, descolgaba mi madre mientras decía: ˂será tu padre, es la tercera vez que llama˃, y a la pregunta de: ¿˂Ha llegado Santos? ˃, respondía mi madre: ˂Sí, ha llegado˃, mientras me alargaba el teléfono.

Cuando se dictaron las normas para viajar en estas fechas y se limitó la libre circulación a familiares y ˂ha llegados˃ no tuve que pedir aclaración sobre el término. También supe que no iba conmigo. Que Curro, nuestro loro, murió hace años, bien cumplidos los cuarenta, y no va a emitir su ˂diga, diga˃ porque tampoco hay teléfono que suene, ni mi madre responderá ˂Santos ya ha llegado˃ ni desde el otro lado de la eternidad mi padre preguntará por mí…Aunque en mi interior yo siga escuchándolo.

Pues eso, snif, snif.

domingo, 22 de noviembre de 2020

Reflexiones sobre la vida

 

Reflexiones sobre la vida

 SANTOS REJAS RODRÍGUEZ

 

Hace años, muchos, leí una publicación en el periódico HOY, de Extremadura, titulada: 'Reflexiones sobre la muerte'. Mi primera reacción para responder a la misma fue visceral, emotiva, de compasión -en su significado de sentimiento de pena provocado por el padecimiento de su protagonista-, y deseos de remediarlo o evitarlo. Por aquellos entonces yo escribía semanalmente en dicho periódico una columna bajo el rótulo de ‘Palabras en la arena’ y, ahondando en la reflexión llegué a dos conclusiones: la inutilidad del deseo, al estar fuera de mi alcance cualquier tipo de remedio, y la escasa diferencia existente entre la situación del autor del artículo y cualquiera de sus lectores, incluido yo mismo.

 Esa mínima diferencia estribaba en que el lector no sabe a ciencia cierta cuándo morirá y quien escribió las reflexiones sobre la muerte, debido a su enfermedad y condición de médico, tenía un conocimiento muy aproximado sobre la suya. Pero el resultado es el mismo. No cabe alternativa. No pretendo teorizar sobre asunto tan serio ni mucho menos trivializarlo. Se trata de formular esta cuestión: si asumimos la muerte como hecho incontrovertible y dejamos a un lado las múltiples hipótesis sobre su trascendencia ¿qué nos queda?: La vida.

  Y sobre ella si podemos reflexionar con conocimiento de causa. Y buscar su sentido en ella misma. En su calidad. En una palabra: tratar de llenar de contenido la existencia, el día a día, el minuto a minuto, con vivencias, afectos, ilusiones, hechos… No dejando que transcurra anodinamente como si nuestro tiempo fuera infinito para realizar aquello que siempre hemos apetecido y nunca materializado.

 Me confesaba un amigo que si supiera que iba a morir en fecha próxima llevaría a cabo unos planes de vida  que desde hace años tiene en mente y nunca se ha decidido a desarrollar por razones convencionales. Perdóname la expresión, amigo, pero ¡qué estupidez! ¡qué pérdida de tiempo; qué perdida de vida!, tuya, mía y de otros muchos seres humanos. ¡Si tenemos fecha fija! Si en el caso de la vida humana nunca mejor aplicado el dicho de "no dejes para mañana...”

 


Cuando vamos al cine o leemos un libro, lo que verdaderamente nos suele Interesar es su contenido, el desarrollo, la riqueza del tema, la dinámica de los personajes, los matices, los coloridos, sus venturas y desventuras, sus amores y desamores. Casi nunca nos fijamos en la palabra fin, excepto en algunas de misterio para saber su desenlace. Pues hagamos lo mismo con nuestra historia. Ocupémonos más del contenido que del final (que no tiene ningún suspense porque siempre es el mismo). Dejemos en paz a la muerte. Llegará de todos modos, pero con una diferencia: si hemos realizado nuestro destino será un proceso natural; si nos hemos despreocupado de vivir, nos atenazará la angustia por el tiempo perdido, ya irrecuperable. Y aquí es donde radica la tragedia, no en la muerte, sino en la vida no vivida, perdida.

 No sé por qué aquellas palabras que escribí ‘sobre la arena’ me han sido devueltas ahora, en esta época de incertidumbre… quizás, porque pese a todo, sigue estando presente la vida y es obligación vivirla. 

Pues eso.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Las de entonces, las de ahora

 

Las de entonces, las de ahora

Santos Rejas Rodríguez

Estaba (yo) releyendo a Aristófanes cuando me vino a la memoria una anécdota vivida con mi madre. Ignoro si la llave de apertura fue un olor, color, sonido o, simplemente que camino a paso lento, pero sin pausa, hacia un abuelo Cebolleta contador de batallas de un pretérito bastante imperfecto.

Sea la causa estimular la que fuera me sentí transportado, virtualmente, a una mañana soleada de otoño al parque de Cánovas de Cáceres. Y en concreto a una terracita bajo arboleda del Kiosco Colón. La charla que tuviéramos entre nosotros se vio interrumpida por el saludo que una señora hizo a mi madre. He olvidado el contenido de las palabras que cruzaron, pero sí recuerdo con viveza los comentarios que sobre la saludadora hizo mi madre nada más alejarse de nuestra vera.

- ¡Qué mujer, hijo! ¡De las de quitarse el sombrero cuando pasa! (He de añadir que mi madre, en su tiempo de moceo, utilizó sobrero, de estilo cordobés, y le quedaba prendado). -Se quedó viuda muy joven, con cuatro criaturas y escasa pensión por no decir ninguna. Los ha sacado a todos adelante peleando con uñas y dientes, cosiendo de casa en casa y trabajando de sol a amanecer…y siguió informando de las carreras que habían hecho los hijos con becas-salario y otras cuestiones mientras yo miro con detenimiento a la aludida mientras se aleja. -¡Qué fortaleza, hijo! Tirando para adelante sin desfallecer y, siempre, con una sonrisa en los labios, remató mi madre.


Miro a mi madre, a su flor entre el pelo; quiero decirle que ella también podría condecorarse con todos los atributos que acaba de poner sobre la mujer que ya he perdido de vista, y que, a mi juicio, son consustanciales a legiones de madres que en aquellos tiempos, y puede que también en este, no tienen ni puta idea, con perdón, del significado de resiliencia, pero sí el de ˂tirar para adelante˃ porque es lo que hay y no queda otra. Cuando mi boca está a punto de abrirse para decírselo una mujer, vendedora de flores, pregona un: ¡’craveles’ ¡tengo ‘craveles’! que, sin saber por qué, me estremece los tuétanos.

Y aquí lo dejo.

PD. - A todas las madres que están. A las que se fueron, pero siguen ahí. Y a ti, Nines, con todo mi cariño.

domingo, 18 de octubre de 2020

Drama o tragedia, esa es la elección

 

Drama o tragedia, esa es la elección

Santos Rejas Rodríguez

Estudié el bachillerato en un instituto. Avanzado para la época, debo añadir, porque superado el elemental (cuarto curso y reválida) y en el fogoso inicio de la adolescencia de entonces, la de ‘quince años tiene mi amor’, las clases eran mixtas. Alumnos y alumnas, chicos y chicas, juntos y en armonía, compartíamos aula. Quizás, por esa circunstancia, se denominaba ‘bachiller superior’ al ciclo que comprendían los cursos quinto, sexto y preuniversitario.

Un pero: Pese a esta característica por aquel entonces tan libertaria, el instituto estaba sometido a la influencia del nacional catolicismo imperante. Llegada la ‘pascua florida’ había que doblegarse a los llamados ejercicios espirituales, cuya descripción no es asunto de este aquí. Sí tengo que confesar que algunas de las prédicas recibidas en dichos ejercicios del allí, acojonaban, con perdón, pero es que acojonaban, al menos a los chicos; a las chicas no sé qué expresión utilizar para el sentir de sus miedos. Los “no te mires, no te toques…es pecado mortal. Hay besos que también lo son y, si mueres sin confesión vas de cabeza al infierno por toda la eternidad”.

Me acongojaba más lo de “por toda la eternidad” que el infierno. La idea de un infinito sin fin no tenía hueco en mi mente. Sigo igual.

¿Era o no cierto lo de ir al infierno? No hay evidencia científica que lo demuestre, pero la información, la advertencia para navegantes-adolescentes ahí quedó y, para algunos, en forma de trauma para toda la vida, o sea para su eternidad del vivir.


Llegamos al momento histórico del aquí y ahora, la época del Covid-19. La prédica ha cambiado: “Lávate las manos, usa mascarilla, guarda la distancia, no hagas grupos…porque si no cumples las normas puedes morir”. Diferencia con la letanía de los ejercicios espirituales: ¡que este discurso sí tiene soporte científico!

La elección, pues, es cumplir o no cumplir lo que científicamente se predica. Quien no hace caso, se contagia y muere, con su pan se lo coma, ha sido su decisión. Suicida, claro. Drama impropio porque hay muerto, pero ha sido por propia mano. Posiblemente sucia.

 Ahora bien, si este mismo ciudadano o ciudadana, adolescente o adulto, sabedor de las normas a seguir, las incumple por su santa voluntad, se infecta y contagia a un ser humano causándole la muerte el drama pasa a tragedia. Puede que por haber matado a un prójimo no vaya al infierno, pero sí, por homicida, tiene que ir a la cárcel. Si no por toda la eternidad, al menos por una temporada. Larga.

sábado, 3 de octubre de 2020

Las tinieblas y...

 

Las tinieblas y…

Santos Rejas Rodríguez

El título de la digresión que sigue es parte de lo último publicado bajo el nombre de Kent Follet, Las tinieblas y el alba. He tenido que contener las ganas de poner por título ˂Las tinieblas y el despertar de Ama Rosa˃.
Para los lectores, y lectoras, que no sepan de qué va lo de Ama Rosa, o sea prácticamente el cien por cien, les traslado una breve reseña de lo que informa sobre esta Ama la Wikipedia:

Entre los seriales de mayor éxito emitidos en España, entre los años cuarenta y sesenta, destacó Ama Rosa. La trama de este serial radiofónico narra las desventuras del personaje principal, Rosa Alcázar, una viuda que ante una muerte inminente decide dar a su hijo en adopción. Lo deja en manos de una familia adinerada, los De la Riva, una pareja que acababa de perder a su bebé. El médico, Rosa, y el marido de la mujer deciden mantener esta adopción en secreto a fin de que la mujer no se entere de que acaba de perder a su hijo al darlo a luz. A cambio, Rosa es contratada como "ama" de la casa, y podrá ver a su hijo todos los días, con la condición de que nunca desvele la identidad de la madre. Ama Rosa finalmente no muere, y durante todo este tiempo tiene que aguantar los desprecios de su hijo, un joven adinerado y malvado, que la trata como una sirvienta. No será hasta el final del serial, cuando el joven esté en su lecho de muerte cuando descubra que Ama Rosa es en realidad su madre.



¿Se han hecho una idea? Cuando yo era niño, muy niño, pero ya con ciertas entendederas, veía a mi abuela, Catalina, o algún miembro mayor de la familia o amistades pegados a la radio escuchando el serial, solía decir: ¿dándole al culebrón? Pues en ˂esta alba˃ debo rectificar: era una culebrilla, el culebrón es lo que ha endilgado el Sr. Follet, autor -que yo sepa no ha negado su autoría-de Las tinieblas y el alba. No cabe ni un pasaje dramático o trágico más. Si Ama Rosa, en su lecho de muerte, hubiera leído esta historia seguro que moriría en paz y dando gracias por lo feliz que había sido su vida y la buena persona que era su hijo y el buen trato recibido de él.

Para ser justo tengo que destacar dos aspectos positivos en estas tinieblas: el primero es que rebaja la ansiedad de lo leído con el recurso del sexo que, obviamente, va en proporción con la tragedia, por lo que dos de sus personajes hacen el amor cinco veces a lo largo de la noche…si mi amigo Antonio, legionario de los de antes, no hubiera fallecido,  ya no podría presumir de sus tres veces la vez que regresó a casa tras unas largas maniobras en el desierto.

El segundo positivo es que me regalaron el libro…Amiga, gracias, tu no lo sabías. He quitado la hoja en la que pusiste la dedicatoria y, como al descuido, he dejado el resto sobre un banco, no se lo he querido pasar a nadie conocido. Hay gente muy intolerante. Y vengativa.

domingo, 6 de septiembre de 2020

Daños colaterales

 

Daños colaterales

Santos Rejas Rodríguez

Me he levantado a hora temprana. Antes de la habitual. La tarea que tengo por delante requiere tener a la fresca por compañía.

Aspiro el intenso aroma del té Chai y contemplo a mis camisas que desde hace un par de días esperan con paciencia el planchado que les devuelva su tersura. La operación “planchar camisas” la vengo realizando año tras año bien cumplido el mes de diciembre. En este que ahora discurre, por el daño colateral sufrido por el virus de moda y la calorina del cambio climático, me he visto obligado a alterar el hábito.

Son doce las camisas. En correspondencia con los meses del año. A una por mes. No, no es que use una camisa a lo largo de treinta días seguidos. ¡Qué disparate! Las voy alternando de tal modo que siempre hay un intervalo de once días entre la primera y la última y vuelta a empezar. Así de enero a diciembre.


Un día me dije: Una vez al año se lavan todas las camisas y una vez al año se planchan. Y hasta hoy. Quizás podría haber esperado a octubre, pero hace unas semanas, y pese a la ducha diaria y el unte de crema antitranspirante, me advirtió me hijo que iba dejando tras de mi un aroma apreciable y/o indefinible. ¡Será porque sopla el aire de cara! Respondí, por decir algo.

Pero el comentario, unido a la observación de que los cerquillos de color hueso amarillo han incrementado su tonalidad sea por el virus, por el calor o por defecto de fabricación actual pues a las camisas de antes, las que utilizaba en casa de mi madre, no les ocurría, ha hecho ponerme manos a la plancha a la vez que me digo: ¡ánimo, que solo ha sido un adelanto de cuatro meses sobre el calendario establecido!

El vapor, sin duda alguna, despierta a la vocecilla interior, analítica y cabrona, que cáusticamente, y como al descuido, susurra: de cuatro meses, nada. No has tenido en cuenta en el cálculo los meses de aislamiento en los que no has utilizado camisa. Dicho lo cual, y podría jurar que, descojonándose de risa, añade: fuiste todo el tiempo con la camiseta de tirantes… ¡hasta en el aplauso diario!

Snif, snif…

 

(Pd: otra tarde de domingo que languidece)

martes, 1 de septiembre de 2020

De colores

 

De colores

Santos Rejas Rodríguez

¿Eres capaz de ver al ser humano que hay tras la distinta tonalidad que tiene su piel?

No recuerdo donde escuché o leí la siguiente anécdota: Preguntan a un niño si en su colegio hay compañeros de distinto color al suyo. Sin pensarlo, encogiéndose de hombros, responde: ˂en mi cole solo hay niños˃.

Una sonrisa, una mirada, una caricia de mano o de ojos ¿tiene diferente matiz cuando el color de la piel que reviste a quien la emite, o recibe, es más clara u oscura?

¿El cariño de padres a hijos, y también viceversa, es de distinta intensidad según sea la coloración? ¿Un “te quiero”, susurrado, surgida de la boca tintada de alguno de los colores de que se compone el arco iris de la humanidad expresa diferentes estadios de amor? ¿El sentimiento es mayor o menor?


¿El hambre, la sed, la enfermedad, la soledad…, es más llevadera dependiendo del colorante pincelado en el ser que la sufre?

¿Y la muerte?

¿Alguno de los seres teñidos es inmune a ella? ¿El atributo ˂color determinado˃ es salvoconducto para vivir eternamente?

Pues eso…

domingo, 9 de agosto de 2020

Pulgar

 Ese dedo pulgar

Santos Rejas Rodríguez

Es un dedo que no apunta ni señala, como su vecino índice; ni presume de su utilidad ni asume protagonismo. No lleva anillos como su compañero anular, ni horada la cavidad auditiva para atemperar picores, como el meñique ni, mucho menos, se denomina ˂˂corazón˃˃. Es un dedo escondido, a tras mano.

No hace sombra a sus compañeros de mano pese a su utilidad innegable: hace pinza con el índice para asir el útil con el que ahora escribo, para apresar a la aceituna que, solitaria en el platillo, se resiste a ser atrapada o para calibrar la pizca de sal que dará el toque de sabor al guiso…También para alzar la copa y brindar por el mejor invento existencial: la vida.

Un dedo que ha servido, y sigue sirviendo, como seña de identidad de quien no sabía o sabe refrendarla de otro modo, estampándolo en documento público o misiva llegada a un cuartel de los de antes…


Es el dedo que en el caminar de vida, asidas las manos, se hace presente cuando con la suavidad que le caracteriza, para no molestar, acaricia con dulzura el dorso de la mano que a la suya hace compañía…

Su ausencia en el envés de la otra mano, el abandono de su besar sin labios puede llagar de dolor los hondones del alma. O lo que haya por los adentros. 

martes, 4 de agosto de 2020

Cosas que yo escribí

AMORES DE VERANO

SANTOS REJAS RODRÍGUEZ

 

               Traspasar la barrera de la visibilidad tiene su aquel. Al principio no se es consciente de la transmutación. Al sentarte a una mesa de terraza, en la insoportable arena de la playa o en cualquier otro lugar piensas que todo el mundo te ignora porque cada peña va a lo suyo; que las conversaciones no se detienen por suponerte desconocedor del idioma, o simplemente, por la distracción que sufre la gente. 

Pero no, ha ocurrido, sin saber exactamente cuando, que te has vuelto invisible. Utilizando término al uso – más vulgar que cruel, diría- que ya no estás en el mercado del sexo complementario. Y hay casos que ni en el propio. La desazón es inevitable vistas como vistas el tránsito. Pero quien no positiviza estados irreparables e irreversibles es porque no puede. ¡Y mira que es fácil en verano! Basta con recorrer con la mirada cualquiera de los escenarios en los que ya eres mero espectador, para hacerte cargo de los sufrimientos en ciernes de muchos de los protagonistas. 


Por ejemplo: en este instante, a orillas del río Guadalquivir y la Torre de Oro como fondo, un nutrido grupo de ellos y ellas, comienzan a inspirar el engañoso aroma del jazmín que, al filo de la madrugada confundirán con la llegada del amor. Con ¡esta vez sí, te lo juro! ¡Que es de verdad, el que siempre soñé: ¡El amor de mi vida…! 

Y desde ese amanecer, a sufrir. A sumergirse en las aguas del temor a la pérdida de lo recién adquirido; a la insoportable espera de la siguiente cita, al retorno a la angustia inconmensurable de la adolescencia ya superada con más o menos éxito; a la caída en el vacío existencial del bien lleno de muchos males. 

Pues todo eso se evita al pasar a la clandestinidad del mundo visible… y otrora tangible, pérdida esta más sentida. Y te añades, consuelo final, que peor hubiera sido convertirse en la mujer barbuda o el hombre elefante. Pues eso.


sábado, 18 de abril de 2020

Nuestros muertos


Nuestros muertos

Santos Rejas Rodríguez


No entiendo, o quizás no quiera entender, el porqué de la disparidad de criterio en el conteo de muertos en la guerra que se está librando. Como en toda guerra hay, al menos, dos bandos y, como en toda contienda, se producen muertes en uno y otro. Es tradicional, aunque ahora mismo ignoro si hay excepciones, que a más muertes en un lado mayor victoria en el otro…

¿Es la razón de la sinrazón de lo que está pasando? ¿El conteo de muertos es mera estadística victoriosa? ¿Para quién? ¿Depende el número de muertos de la ‘ganancia’ política o económica de quienes aumenten o disminuyan el número de vencidos? ¿Se persiguen réditos políticos presentes y futuros?

Si así fuera, que me resisto a creerlo, diría que cuando se olvida el sentido humano, se ignora el dolor de la pérdida de vidas y los muertos se convierten en estadísticas, en armas arrojadizas, los que vamos superviviendo a esta guerra somos un conjunto de desalmados, en su acepción de sin alma, que merecemos ser parte de la estadística, de los que han muerto.



Tengo, como no, mi particular conteo de muertos. Los que en estos días mueren rodeados de sus seres queridos, cogidos de la mano, acompañados hasta su lugar de descanso eterno  e iniciado el duelo de la pérdida…y el resto. Ese resto que no ha tenido despedida y que estarán a la espera de que la guerra finalice para ser acompañados y llorados para su descanso y el de sus seres queridos supervivientes. Y no hay más bandos. Ni estadísticas. Ni desalmados.

Sí, ya he oído que hay instrucciones de organismos internacionales para contar a los muertos por el virus…pues que con ese criterio cuenten a sus muertos. Nosotros, a nuestros muertos, los contaremos como nos venga en gana, o sea, con humanidad.

lunes, 27 de enero de 2020

Correos


Correos: Aviso a usuarios… ordinarios

Santos Rejas Rodríguez


Hace pocos días leí que Correos vuelve a los beneficios, «el principal motor de crecimiento es la paquetería», asegura Manuel Serrano, presidente de Correos. Me alegra que una empresa tenga beneficios. Por el bien de quienes la conforman – en este caso de los empleados de correos- y siempre que redunde en los usuarios pero… en todos, no únicamente en aquellos que utilicen la paquetería.

Hace hoy trece días un residente en Zaragoza envió una  carta «ordinaria» a otro de Madrid. No ha llegado a su destino. El punto de origen aconsejó acercarse a la oficina del distrito de Madrid para preguntar: « Imposible buscar, rastrear, reclamar indemnizar…con una carta ordinaria no se puede hacer ninguna gestión», «Puede haberse perdido en algún punto del trayecto y sería como buscar una aguja en una pajar» y la guinda: « ¿sabe que hay miles de cartas ordinarias perdidas?».

Eso sí, la persona del envío, con más de ochenta años vividos, recibió un trato exquisito, fue provista de sobre adecuado (previo pago, por supuesto), consignada la dirección de destino e informada que tardaría cuatro día en llegar a su destino.

La oficina del previsible destino pleno de amabilidad, delicadeza y consejos: «los envíos mejor certificados, por paquete exprés…».
Siempre he asociado «ordinario» a orden…parece que la asociación no era correcta. Por cierto, el envío tuvo un costo de 5,50 euros, sobre aparte…





¿Soluciones?

Correos tendrá que buscar la que sea necesaria para« poner orden en lo ordinario»…incluso suprimir una modalidad de servicio que produce «miles de envíos perdidos». En el siglo XXI, que todo y todos, está bajo control, no puede andar por libre una carta que, para mayor inri, es «ordinaria».

El usuario afectado ya buscó la suya: Compró un nuevo libro (38 euros)  en sustitución del extraviado por el servicio de correos y lo recibió en casa al día siguiente...y sin gastos de envío. Por Amazon, claro.

domingo, 15 de diciembre de 2019

Agua fría


Agua fría

Santos Rejas Rodríguez


Cuando un recuerdo brota de improviso y te pilla con la guardia baja, -o sin guardia alguna, lo que es peor- se humedecen los hondones y empapa hasta el alma.

Días pasados al abrir una caja que, en teoría, custodiaba negativos de fotografías de mis padres, escaparon de ella como si fuera la de Pandora, unos estuches de película rotulados «Santi Rejas», con mi letra de cuando yo era «Santi». Los acontecimientos suelen arracimarse. Casualidades, dirían hombres, y mujeres, de poca fe. Poco tiempo anterior a este acontecimiento un entrañable amigo me había «represtado» un escáner. Y sí, lo han adivinado: positivé los negativos.

Y allí estaba yo, en compañía de un amor que no ha tenido fecha de caducidad porque se trasmutó en imposible…



Vivir en el pasado, alimentarse de recuerdos, tiene tanto riesgo como el de aproximarse a un agujero negro: te engulle e impide continuar caminando la vida, aunque a veces lo sea a trompicones.

Salir de compras es el bálsamo de Fierabrás  de la sociedad de consumo que nos consume. Atempera soledades, reduce la ansiedad y mitiga penas. En falso, claro. Pero con un efecto inmediato salvífico. Desfibrilador.

No sé si por pulsión interna desconocida o porque mis hermanos están pateando el glaciar de Perito Moreno me decido a comprar una bufanda. Y con dos de ellas entre mis manos escuché la voz: «—Muy bonitas». La mujer me mira y sonríe. — ¿Cuál de ellas?, pregunto. «— ¿Para ti?». —Sí. 
Se acerca, dobla una y otra, las va poniendo bajo mi barbilla, mira…«—Esta me gusta más y te queda mejor». Y me explica, en español italianizado, la calidad del tejido y me encomienda que al lavarla lo haga a mano y con agua fría.

Me encamino hacia la Caja mientras ella, en unión de su pareja, continua las compras. Y pienso: ¿Porqué cuando una persona agradable, mujer, se cruza en el camino, y tiene unos ojos tan negros y profundos que si te adentras en ellos no podrías salir, siempre está acompañada? 

Pregunta retórica, claro, pero que me habría vuelto a conducir a un laberinto con salida en  nuevas compras de no ser porque, al girarme, la mujer de ojos negros y sonrisa contagiosa, al tiempo que dice adiós con su mano libre me recuerda: ¡Con agua fría, no te olvides!

Remedio que despierta un sonreír de adentro  y hace hueco para lo porvenir…

domingo, 17 de noviembre de 2019

De besos


De besos

Santos Rejas Rodríguez


Sus labios huérfanos de besos llamaron mi atención. Si la mirada hacia aquél rostro hubiera sido fugaz, al paso, la intranquilidad revestida de interrogaciones habría inundado la mañana y, a buen seguro, buena parte de esta tarde de domingo. Me preguntaría: ¿Serán labios no besados? ¿Nunca labios ajenos los han recorrido, aprisionado, acariciado? ¿Habrán sido sembrados con la semilla de la ternura? ¿Alimentados de amor?

Interrogantes que no tuvieron oportunidad de brotar porque, tras la barra circular de la cafetería que nos separaba, frente por frente, hallé respuestas. Su mirar a ninguna parte, quizás a su interior, permitió que la mía no fuera impertinente para escrutar su rostro con detenimiento.



Unas comisuras sin asomo de rictus ni amargura delimitaban su boca; el entrecejo carente de interrogantes y las mandíbulas relajadas evidenciaban la ausencia de desesperos inútiles. Y el «gracias», acompañado del destello de ojos, hicieron que sus labios esbozaran una sonrisa huérfana de besos del pasado...pero abiertos de esperanzas a los por venir.

Despejados mis interrogantes, apuré el vino de la copa y salí a caminar el frío de la mañana para rentabilizar la vacuna de la gripe.

martes, 15 de octubre de 2019

Acontecimientos encadenados


Acontecimientos encadenados


Santos Rejas Rodríguez


Hace años escribí por vez primera que hay acontecimientos que en ocasiones se arraciman. Un «no hay dos sin tres», o algo parecido. Surgen a capricho. Si los esperas al aguardo, como el cazador a su presa, se ocultan en sus madrigueras y pierdes lastimosamente el procesionar del día. Cuando menos lo esperas, como ha sucedido hoy, dos hechos sorprendentes se han concatenado y eclosionado a la par.

Al cortar el pan, una rebanada se ha caído al suelo. De modo mecánico la he recogido, besado e introducido en el tostador. Sin darme tiempo a procesar el hecho de haber besado al pan, rito olvidado desde la adolescencia, y como trueno que sigue al relámpago, mi voz principal interna, clara y alta, ha sentenciado: «en la vida tenías que haber sido gallero profesional», refiriéndose, sin duda, a mí mismo.

Si en mi formación académica  no hubiera estado incluido el estudio de las técnicas psicodinámicas, a buen seguro de que aquí hubiera finalizado el asunto. Pero los conocimientos que se adquieren no pueden obviarse. Así que, mientras mordisqueaba la tostada me pregunté: ¿habrá un mecanismo interno que explique estos aconteceres? ¿Una causa de las causas? ¿Un trauma de la infancia no resuelto?


Ignoro si el aroma del pan recién tostado o el del café recién hecho obraron de llave maestra. Lo cierto es que recordé que días antes se me metió en la cabeza, como mantra pegajoso, la canción de María Dolores Pradera en la que es protagonista don Luis Macarena, el coco (aunque trastoqué coco por cojo, sin ánimo de ofender). Resuelto el primer acertijo. El de gallero profesional, o sea…

Pero ¿y el beso al pan? Aquí debo de confesar que si no hubo intercesión divina estuvo al pie. Mis ojos se posaron en el taco del calendario que pende en la cocina, arranqué la hoja del día anterior y ¡eureka!, la respuesta: Santa Teresa. El santo que padres y hermanos celebrábamos como acontecimiento singular. El santo de Teresa, mi madre, la que siempre que se caía el pan, lo recogía y besaba. Rito que mantuvo mientras vivió.

Mientras depositaba los útiles del desayuno en el fregadero, decía: «madre, esto es lo que hay,  o sea, que te seguimos queriendo con la locura de siempre…y puede que yo no sea el peor». 

Y una lagrimilla se mezcló con la sonrisa del recuerdo.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

De olivos, sus aceitunas y otros frutos


De olivos, sus aceitunas y otros frutos

Santos Rejas Rodríguez

«Caminante no hay camino, se hace camino al andar», dice una letra antigua, anterior a las calzadas que pusieron los romanos ya que desde ese momento hicieron posible transitar menos penosamente.

Cuestión aparte es el transcurso del tiempo. Ese sí que lleva a vivir lo novedoso, emocionante, insospechado y…equivocado. Hay momentos en el caminar la vida, corte sincrónico lo llaman los lingüistas o historiadores, que lo vivido te parece correcto, ético, ajustado al sentir social y moralmente no reprochable. La equivocación te la ponen de relieve más adelante, en otro corte de vida. Y entonces, despiadadamente, aquellos que han sido iluminados por la verdad, te lo restriegan por la propia cara estando tu presente y te hacen ver lo inadecuado de la conducta de antaño…que, incluso, rozaba lo criminal.

Y voy al ejemplo del hecho que me aqueja. Siendo yo niño, mi padre, para hacerme vivir la dureza de las labores del campo, me llevó a la recogida de aceituna. Allí, mezclado con los olivareros y él mismo, fui testigo del vareo, meneo y ordeño de los olivos con el fin de despojarlos del fruto de sus preñadas ramas. Participé, lo confieso, en algún vapuleo y ordeño. Con desgana, sí, pero fui connivente.



Entonces no era consciente, ni quizás lo fueran quienes acolitaba, que estaba violentando a unos organismos vivos, sufrientes y sufridos. Yo era un niño de los de entonces, si hubiera sido de los de ahora habría dicho que fuera a la recogida de aceitunas su puñetera madre, y no solo por la violencia ejercida, sino por aquellos fríos de las madrugadas de noviembre que te congelaban desde las manos hasta el forro de los huevos, con perdón.

Me arrepiento, con contrición, o sea con el propósito, firme, de que en adelante las aceitunas, sevillanas o aragonesas, en el plato, con un buen vino fino o del Vero…y donadas voluntariamente por sus progenitores. Los olivos.

Tibi gratias ago Deo por hacer consciente mi inconsciencia de aquellos tiempos o, como leí no sé dónde: «El tiempo pone a cada bala en su sien».

Pd. Una curiosidad, aceituneros altivos, ¿De quienes son los olivos? ¿Y las aceitunas?

sábado, 27 de julio de 2019

Tarde de verano


Tarde de verano

Santos Rejas Rodríguez


¿Los adolescentes de hoy se ponen nerviosos y expectantes cuando tienen una cita? ¿La ansiedad invade su espacio mental sin piedad ni tregua? ¿La impaciencia va conquistando terreno poquito a poco  como un Napoleón invasor? Me refiero, claro está, a  un encuentro con quien ha despertado un interés especial que hace única a la persona de la cita.

El recuerdo de las horas que mediaban hasta  culminar mi cita quinceañera aun levantan ampollas…virtuales ahora, sí, pero no por eso dejo de sentir un estremecer agridulce en los hondones, reflejo de la carne viva de entonces. ¡Ay, adolescencia! Me refiero a aquella. Ahora no lo sé, y de ahí mis interrogantes iniciales.




¿Se pierde la capacidad de soñar tras la adolescencia? ¿Se adormecen ilusiones cuando se crece en años? ¿Es el resultado por haber dejado de alimentar al alma, o como se llame el órgano del sentir,  con sueños e ilusiones?

Puede, me digo,  que sin una ilusión, sin un «pellizco» en los interiores, sin ingenuas mariposas revoloteando por espacios indetectable a resonancias ni rayos x, se puede vivir pero ¿existir?

…Pues eso, que el largo y cálido verano, como en aquellos entonces, puede que siga abriendo puertas a encuentros que hacen olvidar los calores del día y soñar amaneceres.

lunes, 18 de febrero de 2019

Caducidad

Caducidad

Santos Rejas Rodríguez


El aroma de vela apagada al soplo llega hasta mí.

Tras un largo periodo de ausencia, y motivado sin duda por el anuncio de inminentes lluvias, me he decidido a ocupar una mesa soleada. La terraza, semivacía a esta hora, se extiende bajo unos pinos centenarios cuyas copas atenúan los rayos solares al tiempo que dan refugio a aves cagonas que pueden arruinar la placidez del momento. Es el precio a pagar, y lo asumo.
En este escenario suelo aislarme del entorno ensimismado en un no sé qué interno pese a que en lo externo me ocupo de una lectura sobre Praga y sus lobos de allá por los albores de la guerra de los treinta años. En un momento inconcreto,  como al descuido, se cuela hasta mí «el aroma de vela apagada al soplo».
Llevo la copa hasta los labios para, escudado tras ella, mirar en rededor. Una mujer ha ocupado la mesa próxima. Demoro el beber para hacer durar el mirar. ¿Será ella quien desprende el olor a cera quemada? Sin darme tiempo a responder, pese a estar tan próximo a mí mismo, me llega la frase que ella acaba de musitar a su teléfono móvil, muro de lamentaciones universal: «Me ha dejado de querer. Y se ha ido…».


 Abandono la terraza. No tengo la menor duda de que la mujer es la vela que desprende el aroma a pabilo humeante, a candela apagada al soplo de aire frío.

El amor, el querer ¿tiene fecha de caducidad?  ¿Genérica o individual? ¿Se deja de querer, de amar, para siempre? ¿Puede repararse?  Y en ese caso ¿Será muy costosa la reparación? ¿O queda inservible como un microondas o una nevera? ¿Y el dejado de querer,  puede seguir viviendo sin ser querido?
Al llegar a casa me doy cuenta que con tanto interrogante he olvidado comprar el pan. Sniff.

viernes, 8 de febrero de 2019

Decisiones


Decisiones de amor…

Santos Rejas Rodríguez


Hace unos días, y contra todo pronóstico, murió Isabel. Y escribo contra todo pronóstico porque se hizo merecedora de la inmortalidad tras hacer frente a una viudedad temprana y el cargo de una prole numerosa a la que fue sacando,  sin descanso ni desfallecimiento, a dentelladas en ocasiones, a todos y cada uno de sus componentes de la nada al esplendor de la vida.

En la puerta hacia la eternidad, en la soledad del habitáculo aséptico, haciendo gala una vez más de su entrañable tozudez, de no doblegarse a voluntades ajenas, hurtó sus últimos alientos a aquellos que dijeron saber el día y hora del apagón de la pila de su vida.

Porque ella había decidido que el suspiro final fuera coincidente con el parir, años atrás, a una de sus hijas, a Maribel, mi hermana del alma, para que así guardara el recuerdo de que su madre la acompañó en ese día, y ya por siempre, en esa fecha señalada de amor, de protección y porque no decirlo, de supervisión, estaría presente.

La vida, ese parir lleno de amor y esperanza de que se siga insuflando y extendiendo hasta el infinito… y más allá.




Adiós Isabel, hasta el reencuentro en la eternidad de la que procedemos y a la que retornamos tras caminar la vida, a la carrera unas veces, a trompicones otras y, en ocasiones,  como si no hubiera un mañana…que lo hay.

martes, 25 de diciembre de 2018

Ausencias


Ausencias…

Santos Rejas Rodríguez


No echo de menos nada en concreto, sino tu compañía.
La de cualquier momento que tenga tu presencia.
No reconozco otra. Ninguna otra voz me aturde ni me sobrecoge.
Echo de menos tu mano, la calidez de esa mano que aprisiona mis dedos.
A ti, que eres el artífice de mi emoción.
Esta mente vacía que ahora escribe, que no reconoce el rumbo sino el del sentimiento, no habla ni aprisiona palabras porque solo razona con el fulgor del beso.
Te echo de menos.
Intensamente.
 Como si sin ti no fuera nadie o fuera poca cosa.
Te echo de menos.
Amablemente se suceden las cosas que recuerdo de tu cercanía y tiemblo tan solo al pensar en el roce de tu mano.
Quiero tu querer.
Quiero esa muerte dulce en la que caía al coger entre tus manos mi cara.
¿Qué más esclavitud? ¿Qué hechizo?
Estoy rodeado de tu halo y no sé vivir sin ti, (El sol no brilla…).


Ya no sé si sé caminar solo; voy cogido de tu mano en todas partes.
Deseo tu mano.
Tu mano me agarra y me posee.
De ella voy tranquilo.
(Navidad… ¡Me cuesta tanto olvidarte!)

viernes, 14 de diciembre de 2018

La carne, el espíritu y los renos


La carne, el espíritu y los renos

Santos Rejas Rodríguez


«—Generosidad, porfa, que siempre sueles ganar tú» es el ruego con el que el espíritu acaba por ganar la partida a la carne, me hace embutir las zapatillas en los pies y marchar al gimnasio.

La cena de la noche precedente ha estado cuajada de risas liberadoras de congojas contenidas y de sentires solidarios con dolores y miedos ajenos. Ha cumplido, pues, su fin terapéutico. Ahora es preciso purificar la carne, el cuerpo, de los excesos del comer y beber. El ejercicio moderado se impone.

Caminar a ninguna parte en la cinta sin fin, constreñir y dilatar abductores, elevar pesas sin conocimiento y empecinarse en hacer flexiones hasta balbucear a duras penas «—la madre que me parió…no puedo más» van expulsando los azúcares, grasas, hidratos, alcoholes…de aquellas chistorras, carrilleras, bacalaos, vinos, fantas y…aquí mi componente carnal se planta: — ¡el vodka ni tocarlo! ¡Se queda de recuerdo! Y se quedó.

El sol brilla a la salida. Las hojas se arremolinan y festejan con revoloteo alegre su liberación del árbol que, bajo el pretexto de alimentarlas, las ha tenido cautivas…—Ves, ha merecido la pena, musita el espíritu. —Calla, calla, son las endorfinas quienes hablan por mí. —Ya verás, continúa inmisericorde la carne, —cómo un patinete, invisible y cabrón, arruina el esfuerzo o una inocente criatura, zapateando un charco, te pone de agua hasta los sobacos y…

Haciendo oídos sordos a la confrontación entre carne y espíritu, como si presidente de gobierno fuera, pongo ante mí un té rojo y comienzo a repasar los titulares de las noticias de la semana pasada que, como suelen ser negativas pero pasadas, no me intranquilizan.


 Y de repente, leo: «una maestra es despedida por revelar a sus alumnos de seis años quien es de verdad Papá Noel» que arrasa la cosecha de neurotransmisores. No da más pistas ni añade otros datos que me lleve a saber: — ¿y quién es él? ¿Y dónde vive? Para poder preguntarle: ¿Por qué nunca me trajiste lo que pedía? ¿Por qué se meaban tus renos en el árbol? Interrogantes que me tienen en un sin vivir y me cuestan una pasta en interminable psicoanálisis.

Un: — ¡Te lo dije! resuena en lo interno. —Haber dejado el cuerpo en la cama y al espíritu vagando sueños! ¡So pringao! 

Pues eso…

(Cena navideña IOB 2018)